Siberia: Un cuerpo, un relato, un corte

Literatura & Cómics
Feb, 2019
Artículo por Bertha Díaz
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  • Un paisaje doliente y gozoso

     

    Terminé el libro de Daniela Alcívar y un largo silencio me abrazó unos días.

    Silencio en el vientre,

    en el centro del pecho.

    Silencio en mis extremidades, en mi sexo.

    Como dice Pascal Quignard en sus pequeños tratados, «toda obra escrita, verdaderamente escrita, es un silencio que habla». Este silencio parlante me atravesó profundamente, furiosamente. Y continúa, mientras van reacomodándose las imágenes que me invitan a pensar en mí misma, en mi propia vida y, desde ahí, a reflexionar sobre el acto per se de la escritura hasta rebotar sobre la existencia.

    En medio de este proceso se me aparece la pregunta sobre el inicio; sobre dónde comienzan los relatos, nuestras historias. La pregunta que surge como una hierba mala que insiste en el pavimento es ¿en qué momento se inaugura la vida, nuestra vida? ¿En qué momento de nuestros trayectos aparece un paisaje tan extraño, desolador y abierto como el de Siberia, que da nombre a esta novela y disloca el territorio que conocemos y en el que estamos inscritos; los caminos que nos llevan de un lugar a otro; lo físico, y lo subjetivo? ¿En qué instante, como en el libro de Daniela, se dibuja una Siberia que enrarece todo y la ruta por la que viajamos repentinamente muestra una curva que nos arroja en ese algo sin límites que, al mismo tiempo, tiene una frontera con la realidad?

    Después no hay.

    No hay después claramente.

    Entonces todo se queda suspendido en el presente puro. Balbuceo. No hay articulación del habla. Despertar y ver el pasado aminorado, reducido a unas anécdotas. Y el futuro, como una palabra sin alguna espesura.

    ***

    Hablo en primera persona. No puedo hacer una escisión entre lo leído y lo que vivo. Me siento totalmente dentro. Quizás, porque el libro de Daniela está escrito con el cuerpo, con la carne. La carne siempre llama a la carne. No hay más. Siento el deseo violento que camina por el libro, la brutalidad de los amores torpes, imposibles, inconsistentes, todo aquello a lo que se vuelve, lo que enciende, aquello en lo que se insiste y las repeticiones absurdas en todos los ámbitos que traman la novela.

    Paseo por Guayaquil, por Chipipe, por Quito, por el Quinche, por Puembo, por Buenos Aires, por Chivilcoy a través de ella. Entro de una habitación a otra. Toco los libros. Cambio los nombres de sus amantes por los míos. Me inquieto por la escena familiar jodida, lastimada. Pienso, mientras repaso en mi memoria el libro, que todas las vidas, observadas con detenimiento, son lugares y vectores de intensidad. Si la escritura permite renarrar la vida, dar cuenta de ella y dislocarla, y la vida es un lugar de intensidad, la escritura tiene la tarea de montarse en esa premisa, insistirla y repasar sobre ella, hasta romper la página sobre la que se inscribe, ser su reflejo hasta estallarlo.

    La narradora dice casi al final del libro:

    La vida es un poder tan equívoco. Tan benévolo y cruel, y no se sabe cuándo qué. Cuándo quiere azotarme, dejarme abierta toda la carne, los ojos como dos pelotas rojas y duras que no se abren, toda deforme la cara, la nariz colorada, la frente montañosa, la boca seca y los dientes fríos y resquebrajados, pero sobre todo los ojos inyectados, adoloridos y palpitantes. (143)

    ***

    Veo los paisajes, me sorprende la capacidad de dibujarlos de la narradora. Soy alguien a quien le han sido prestados los ojos de esta escritora. La vida pasa por las páginas con una fuerza arrolladora. Muchas formas con las que se manifiesta el bios están activadas en esta novela: la montaña, el mar, la inconmensurabilidad andina, las plantas, lo agreste del campo, los perros, los gatos. Todo me habla de todos los devenires que podemos tener. De cómo todas esas formas de expresión de la vida contienen la fuerza de todos los elementos de la naturaleza, de cómo todo se manifiesta en cada ser y cada ser en todo. Y está la narradora ahí; estoy ahí como lectora contenida y expandida.

    Siento, también inscrito en mí, el peso de los desconciertos. El rumor de las oquedades. Mi habla es tomada por la voz sorda de las partes sin sentido que desvían la historia y que la narradora combate con la dificultad de enunciarlas. Pero también por las partes sin sentido del cuerpo de la protagonista: un cuerpo sensible y permanentemente reflexivo producto de la exultación de vivir, que repentinamente se corta, se quiebra y es arrebatado por la extrañeza de embarazarse, parir, ser madre y fracturarse ante el horror de la pérdida de su hijo, un cuerpo que vive otro tiempo en el que se encuentran la brevedad, lo inaprehensible del tiempo y el eco amplificado de lo breve, en una especie de infinito.

    ***

    En la novela la narradora nos conduce por una suerte de pasaje. Nos va mostrando lo que observa. Se reescribe. Va del arrebato de la primera juventud, casi adolescente, a indagar en las heridas de infancia. Hace profundas descripciones locales, culturales, que van mutando, contaminándose entre sí. Me gustan los espasmos, los toques, las marcas en el cuerpo que revela y el ruido de las cosas que rodean: todo suena, chilla, se degusta, se traga, deja marcas, colores. Pura impronta física. El efecto del clima sobre el cuerpo, hay algo deliciosamente narrado que me atrapa como lectora de estas páginas.

    Repentinamente, en la trama, la narradora se queda embarazada. Pare. Y su hijo muere. En la historia no hay preparación para lo que vendrá. No hay edulcoramiento. La historia no es condescendiente con el dolor, solo existe el acontecimiento, y como tal, corta todo. La escritura actúa en el mismo movimiento de la vida.

    Mientras que en la primera parte del libro pareciese que lo narrado, aunque profundamente íntimo, va hacia fuera, a buscarnos, en el momento en el que el evento capital se produce, el diario personal queda abierto para nosotros, lectores, la escritura toma otro cariz. Repentinamente, la voz viva hacia el exterior, con la que casi puede frotarse el arrebato que va produciéndose en uno, se mete en el interior de un cuerpo. Las palabras miran desde dentro, desde las zonas cóncavas de un cuerpo que ha incubado y se ha vaciado, que ha perdido, que extraña. Las palabras hacen un puente. Habilitan la vida ahí donde esta parece haberse agotado. Nombran el espanto, lo incomprensible.

    Llevo en el vientre una herida y por dentro el útero hendido. Lo siento en el ombligo, y desde el ombligo en línea recta vertical hasta la vagina. La línea horizontal que bordea como una aureola mi pubis me recuerda implacable, cruel, que me sacaron del vientre a mi pequeño hijo, que lo vi a penas un segundo y lo escuché gemir. Luego olor de cauterización, conversaciones sobre sangrado, los ojos del anestesista entre el gorro y el barbijo diciéndome que todo terminaría. (58-59)

     Lo que viene luego es el ensayo-error de la recomposición de la historia, idas y vueltas sobre anécdotas; la vida intentando recomponer su flujo mientras la memoria de lo devastador corta repentinamente y los tiempos se superponen. Lo que se intenta recolocar es alterado por una urgencia que se niega al orden. La escritura, asimismo, muta, se arrebata, se acurruca como un animal mimado entre las anécdotas bellas y breves y luego salta, como si le hubieran arrancado los ojos en un bosque oscuro.

    La dramaturga y escritora Angélica Lidell, en su libro El sacrificio como acto poético, cita a Hermann Broch: «Ninguna guerra puede apartar al obrero de su sudor». Y añade ella: «nada puede apartarnos de nuestro propio cuerpo, nada puede apartarnos. […] El cuerpo supera a nuestro pensamiento del mismo modo que la guerra supera a la voluntad humana […] La palabra interviene en el cuerpo como una cuchilla, como una hoja de afeitar, como un bisturí, esos son los objetos que la palabra utiliza para oficiar su sangriento ritual sobre el cuerpo»[1].

    Recurro a esta frase porque siento que tal como dice Broch, la voz narrativa que alza estas páginas no puede apartarse de su propio sudor, la lucha no está afuera, sino en el combate del cuerpo, con el cuerpo, desde el cuerpo, que es más amplio que todo, que supera todo, que «contiene lo infinito, que no es alma ni espíritu, sino el desenvolvimiento del cuerpo»[2]. Y la palabra interviene poderosa para autodiseccionarse y también para inventar la realidad de otro modo o, por lo menos, para volverla visible y con eso aprehensible, transitable, aunque sea un campo fangoso.

    No puedo acabar esta pequeña lectura sin detenerme en dos cosas breves, profundamente personales, con lo que estoy siendo probablemente infidente, pero de las que no puedo prescindir por su profundidad. La primera, es que este libro es autobiográfico; y la segunda es que en la dedicatoria que me hizo al entregarme su novela, Danela puso lo siguiente: Te dedico esta parte de mi cuerpo, este pedazo doliente y gozoso (qué extraña es esta vida) de lo que soy.

    Y digo esto porque no puedo más que sentir que este libro es eso, una parte del ensamblaje de su vida, y que la escritura, el arte en general, el ejercicio extraño de pensar inquietante, cruelmente, por fuera del orden, me confirman que es lo único que permite que la vida sea reoperada. Este libro no logra reparar la pérdida de una vida, que ahueca otra, pero sí permite la agitación del eros. Eros es dios de la fertilidad y era conocido como Eleuterio, el libertador, al igual que Dionisio. Ahí está la escritura liberando la vida, ahí donde esta ha sido apresada, ahí donde parecía agotada.

     

    Ficha técnica

    Género: Novela

    Título de la obra: Siberia

    Autora: Daniela Alcívar (Guayaquil, 1982).

    Editorial: Campaña Nacional de Lectura Eugenio Espejo. Ecuador.

    Premios: Mención de Honor en Premio de Novela La Linares, de la Campaña Nacional de Lectura Eugenio Espejo y Premio Joaquín Gallegos Lara, a la mejor novela publicada en 2018.

     

    [1] Lidell, Angélica. El sacrificio como acto poético. Madrid: Continta me tienes. 2015; pág. 23

    [2] Jean Luc Nancy. 58 indicios sobre el cuerpo, Extensión del alma. Buenos Aires: La Cebra. 2007.


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