Shirley Jackson, casas embrujadas y mujeres malas

Literatura & Cómics
Mar, 2019
Artículo por Natalia García
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Fuente: Shirley Jackson with her children, North Bennington, Vermont, 1956

La marca de la maldad

Todas las casas están embrujadas, pero solo las mejores están pobladas con fantasmas, duendes, apariciones y cocos.

Las demás, las realmente terroríficas, solo tienen familias.

Shirley Jackson hizo de esta idea el centro de su literatura. Su casa embrujada más popular, La maldición de Hill House, hoy famosa por la adaptación de la serie en Netflix, es conocida por ser la protagonista de uno de los mejores libros de terror jamás escritos. En él no son los fantasmas los que dan miedo, la casa misma se revela como metáfora de lo siniestro:

En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los candados aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminase allí dentro, caminaba solo. (La Maldiciónd de Hill House)

Dentro de esa casa, la protagonista, Eleanor Vance, una joven insegura, sometida al horror de su propia mente, prefiere el terror de la mansión a la madre muerta y la hermana que odia que la esperan de regreso en su verdadera casa. Gran parte de las historias de Jackson exploran este horror doméstico, la barbarie íntima; la casa, aparente lugar de seguridad y refugio, que de repente se convierte en el núcleo de lo perverso.

Y no podría ser de otra manera. Shirley Jackson no solo era la maestra del terror gótico estadounidense, autora del cuento por el que el New Yorker recibió la mayor cantidad de cartas de rechazo por una obra de ficción (La Lotería), maestra de Stephen King o Joyce Carol Oates era también una mujer llena de inseguridades, perseguida por la sombra de su madre que jamás estuvo contenta con lo que era y que le enviaba cartas criticando sus «ficciones repetitivas y su aspecto»; encontraba tiempo para escribir dejando papeles por toda la casa con sus ideas de cuentos, mientras intentaba mantener a sus cuatro hijos y a su esposo infiel la mar de contentos.

Shirley Jackson era también una mujer que en sus últimos años, fue incapaz de salir de su habitación por una agorafobia extrema y que murió a los 49 a causa de la adicción a las anfetaminas que tomaba para adelgazar, el alcoholismo y la obesidad mórbida. Jamás encontró un hogar que no le hiciera daño, y sin embargo, tampoco podía escapar de él.

Cuando su marido declaró a la prensa, en tono de broma, que se había casado «con una bruja». Ella respondió: «llevo la maldad como una marca». Y es quizá eso lo que Shirley Jackson hizo por todas, nos dejó la maldad. Creó personajes femeninos capaces de la intriga, la conspiración, el rencor y la perversidad.

Y eso no es poco.

Angela Carter, escritora británica, en el prólogo de la antología de cuentos Niñas Malas, Mujeres Perversas dejó claro por qué es tan difícil encontrar mujeres malas, de verdad malas, en la literatura:

En términos generales, para la mujer, la moralidad no tiene nada que ver con la ética; significa moralidad sexual, y nada más que moralidad sexual. Ser una niña mala se suele asociar con tener relaciones prematrimoniales; ser una mujer perversa tiene que ver con el adulterio. Esto significa que para una mujer es mucho más fácil llevar una vida intachable que para un hombre: lo único que tiene que hacer es evitar las relaciones sexuales como si se tratase de la peste. ¡Qué hipocresía!

Shirley Jackson creó uno de los personajes femeninos más complejos: infantil, perverso e inolvidable, Merricat Blackwood, la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo, un cuento de hadas de terror, donde Merricat, esta niña ambigua salvaje y graciosa, nos habla casi al oído de forma inteligente y muchas veces aterradora:

Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto. (Siempre hemos vivido en el castillo)

La protagonista de esta historia haría cualquier cosa por mantener la vida aislada que lleva con su hermana lejos de los habitantes del pueblo a los que detesta y teme en la misma proporción y de cualquier otra persona que pudiera arrebatarle a Constance de su vida. Merricat practica ritos y sortilegios, su vida está llena de brujería que la protege contra el mundo al que ella tanto teme y del que vive distanciada en su gran mansión, donde años atrás uno de los tres personajes que permanecen ahí, Blakcwood, mató a toda la familia.

La misma Shirley Jackson reconocía que estaba obsesionada con la brujería y los ritos paganos, interpretaba el tarot, vivía rodeada de amuletos y talismanes y tenía una gran biblioteca de libros de ocultismo. Jackson decía que le interesaba la brujería sobre todo como una forma de abrazar y canalizar el poder femenino en un momento en que las mujeres en Estados Unidos tenían poco poder sobre sus vidas. Le interesaban los elementos sobrenaturales como una forma para explorar el daño psíquico al que los seres humanos, las mujeres especialmente, son propensas.

Elementos sobrenaturales, niñas malas y salvajes, casas embrujadas, monstruos, mujeres perversas. ¿Sorprende que una mujer como Jackson creara obras de terror capaces de salirse del género y regar un miedo primitivo en los lectores? ¿No fue una mujer la creadora de Frankestein: esa criatura inmortal y monstruosa, un arquetipo en sí mismo donde se conjuga el horror, el miedo y la soledad? Sin ir mucho más lejos, María Fernanda Ampuero, autora ecuatoriana, ha escrito un libro de cuentos preciosos y terroríficos, considerado como uno de los mejores libros del año quizá por esa capacidad de dar un golpe en el estómago, llenarte de escalofríos y darte ganas de correr a esconderte, pero en dónde, si todas las casas están embrujadas.

No sorprende que Shirley Jackson, como las otras autoras, haya sabido saltarse las cercas del género de terror con elegancia, delicadeza y muy malas intenciones y hayan logrado darles formas tan magistrales a la maldad, a la soledad y al horror cotidiano. Ya lo dijo ella misma: llevamos la marca de la maldad. Hemos convivido por siglos puerta a puerta con el miedo y quizá por eso hemos poblado la literatura de historias genuinamente terroríficas.

Ese escalofrío que sentíamos de pequeñas al cruzar el pasillo de nuestra casa, a oscuras, nunca, o casi nunca, fue originado por un fantasma.

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Fuente: Shirley Jackson


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