Las huellas de lo andado

Literatura & Cómics
Jun, 2019
Artículo por Galo Vélez Sacoto
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  • El lenguaje está condenado a pasar encima de la realidad, moldeando una idea vaporosa en el pensamiento, cuyo material toma forma en las manos de algún alfarero…, hecho aquel material gracias a una hábil lingüística, ha venido a denominarse “cultura”. En este contexto, se reconoce a Ecuador como un país multicultural donde se revela la inclusión de más de una vertiente literaria, por lo que sería un desafuero el no considerar el legado artístico de toda una sociedad.

    La concepción de lo literario dentro de la cultura ecuatoriana se ha caracterizado por su matiz costumbrista, ligada a lo histórico como un tejido determinante entre la producción oral y escrita ─escritos antes de la llegada de los españoles como la Elegía a la muerte de Atahualpa, el romanticismo de la poetisa Dolores Veintimilla en su célebre poema Quejas, el modernismo de Medardo Ángel Silva, un poeta fino cuyas palabras evocaban ese misticismo segregado por Baudelaire y Verlaine en su prosa maldita; el realismo del Grupo de Guayaquil, inmiscuidos en temas sociales, decididos a mostrar la realidad tal y como era, con jergas populares y escenas grosas, propias de su idiosincrasia─.

    Sin intención peyorativa, la literatura ecuatoriana decae en el siglo XX; no obstante, vuelve a tomar fuerza en las décadas de los setenta con novelas emblemáticas como Entre Marx y una mujer desnuda, con su crítica social y política, del escritor Jorge Enrique Adoum. En los años recientes, la narrativa de Ecuador se ha visto despuntar a nivel internacional con rasgos abyectos y oscuros en la naturaleza social del ser humano, como Mandíbula, de la escritora Mónica Ojeda ─obra que será protagonista en este escrito─.

    Mandíbula es una novela que reafirma lo espeluznante y hace alusión a lo impropio y disonante en la consciencia ─como una mandíbula que mastica un hueso roído por una muela humana; cruje y cruje…─. En su estilo se puede evidenciar un suspenso que desentierra a viejos maestros del thriller psicológico, como Roman Polanski, Lovecraft, Bram Stoker, Edgar Allan Poe y Mary Shelley; pero lo que hace especial a Ojeda son las connotaciones Freudianas y Lacanianas en sus líneas.

    La historia, para resumirla ─no con la intención de hacer spoiler se centra en un grupo de amigas adolescentes del Colegio Bilingüe Delta, High School for Girls que descubre un edificio, al parecer, abandonado. Una de estas niñas está obsesionada con los creepypastas y quiere experimentar un terror hasta hacerse de las consecuencias. A su vez, una nueva profesora de literatura llega al colegio después de haber vivido un secuestro con otras alumnas, curioso, ¿no?

    Los significantes de la obra están bajo la tela y el tedio de las relaciones simbióticas-materno-filiales en la violencia y en el sexo. Ojeda lo hace sirviéndose de las conversaciones de Annelise con Miss Clara ─Flashback del secuestro─, y de las de Fernanda y el discurso de su psicoanalista.

    Los sucesos que se van presentando en la novela son apenas una ceremonia negra de un entramado psicológico complejo en el que Mónica Ojeda hace que su literatura brille como un puñal. 

    «No deberíamos hacer cosas tan peligrosas, Dijo Natalia al ver a Fernanda con los pies colgados en el aire, sentada al filo de la ventana, tarareando megustalosavionesme-gustatú, con su falda abriéndose como un pétalo poco antes de secarse. No se hagan las que no saben que esto les gusta, dijo Annelisse una tarde en la que Analía se asustó mucho porque Fernanda se desmayó durante el juego del estrangulamiento. Solo si es peligroso tiene sentido, les dijo. Solo si es peligroso es divertido…».

    La obra, en sí, es un canto de amor perverso en el humor y el deseo a la muerte, al hacer surreal el mundo real. Produce un efecto de desviación de la mirada, no para caer en la negación, sino para imaginar más allá del firmamento de las cosas ─el miedo en sus distintas formas─. Sin pretender más que una aproximación psicoanalítica acerca del lenguaje Blanco de María Ojeda, es imposible prescindir de Freud o Lacan.

    Sabemos que para Freud y para Lacan el arte no solo es un adorno o un ornamento, sino que utiliza lo imaginario  para organizar simbólicamente lo real; y hablar del deseo es reconocer una falta que no cesa de insistir lo que no se tiene. El deseo de la muerte es una forma de alivio para lidiar con la energía pulsional, y retomando a Borges en sus escritos, la muerte es el único alivio.

    «Ella, a pesar de conocer la tortura, no sentía su consciencia mutilada ni desmembrada, sino henchida en cada uno de sus órganos. Así caminaba entre los árboles como una ciega, desbordada por un pensamiento físico que no podía ni debía ser articulado y que tenía que ver con ese horror que experimentaba cuando cerraba los ojos y veía trenzas y lunares. Imágenes y no palabras. Sensaciones y no significados…».

    El sadismo y la crueldad que proyectaba Miss Clara hacia su víctima acentuaban la muerte, un cuerpo sufriente ajeno de su propiocepción. La tortura es claramente su paradigma, hay placer en destruir al otro, en devastar toda resistencia subjetiva, en ahogar la voz del pensamiento de Annelise. Desde luego, la voluntad es suministrada para accionar la tortura en Miss Clara.

    La voluntad de goce ─el goce como concepto lacaniano─ de meterse hasta lo más profundo de la consciencia del otro, es quebrantarlo y gozar del mismo. Esto no es con el fin de destruir al yo ─su ideología─, sino de llegar a una intimidad y, a través de ellos, a su identidad ─lo que le hizo la madre de Miss Clara en sus inicios: un vínculo asfixiante, la metáfora de la madre cocodrilo.

    Como conclusión, la novela Mandíbula es deslumbrante. Si eres amante al thriller psicológico por el rigor poético, lo inestable, la rica prosa, profundidad en guiones, paréntesis y contrapuntos; “si Dios está en los detalles”, como leí en alguna de sus citas a lo largo del texto, María Ojeda sin duda escribió para ti.

    Esta es una obra que, a través de su narrativa, ejerce violencia en diferentes estratos ─eróticos, socioeconómicos y ficcionales─; además de lo explícito con que late el psicoanálisis en cada fragmento. Invita a pensar que a veces nuestro discurso está sostenido por el otro ─“el ser humano es lo que es, con lo que hacen con él”, dijo Sartre alguna vez─, lo que se infiere es que el sujeto a veces es tan solo un reflejo del pasado. La obra es una puerta a otra dimensión de lo que somos y lo que podemos llegar a hacer cuando estamos bajo presión y somos víctimas de un evento no resuelto de nuestra crianza.

    Sin alusiones pretenciosas, quizás E. A. Poe lo entendió mejor que nadie sobre la naturaleza de la perversión humana en el siguiente fragmento: 

    «No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre… ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos qué es la Ley?».         

    Por Galo Vélez Sacoto

    Referencias

    Biompiani, V. (1988). Cuentos, de Edgar Allan Poe. Barcelona, España: Hora.

    Foster, D. (1987). Handbook of Latin American Literature . Abingdon, Reino Unido: Routledge.

    Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer, Obras Completas, Tomo XVIII. . Buenos Aires: Amorrortu Editores .

    Lacan, J. (1966). Seminario: El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós.

    Magar, E. (2018). Libros y Literatura. Obtenido de Candaya, Libros de literatura española e Hispanoamericana, Libros de Terror, Mónica Ojeda, Novelas, Reseña.

    Pérez, G. R. (1972). Literatura del Ecuador. Quito, Ecuador: Norma.


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