Poesía y ciudad también se pueden escribir con M

Literatura & Cómics
Nov, 2018
Artículo por Juan Fernando Bermeo
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Fuente: Issa Aguilar Jara

Una de las características menos laureadas de la poesía y su complejo transitar entre las páginas del tiempo es la vinculación casi innata que tienen los versos del poeta con una suerte de hálito contestatario que viene a defender o posicionar al escritor en su propia opinión, aunque ese no hubiera sido el objetivo pensado originariamente para el texto.

La oposición a la vida «tradicional» de Bukowski, la evocación hacia los sentidos y al ser fuera de la sociedad burguesa de Rimbaud. Pareciese que siempre el poema encuentra la manera de abrirse paso entre las opiniones públicas y ejercer una postura de reacción y contraste.

Por vicisitudes varias que esta vida no deja pasar, llegó un poco tarde a mis manos el poemario Con M de Mote se escribe Mojigata de Issa Aguilar Jara (que tuvo su lanzamiento el 22 de marzo de este año), lo que espero justifique también el anacronismo en el que cae esta pequeña reseña.

El texto, opera prima de la joven autora, aparece en el panorama literario del país como una propuesta fresca y contundente. Un entramado urdido entre la crítica a una Cuenca que muere lentamente ahogada en sus propios estereotipos vetustos y una visión actualizada que rompe esquemas mentales y sociales y habla al lector desde la crítica más íntima y frontal.

La potente voz lírica, construida por la autora, resuena en todo el texto como un eco que se queda impregnado en los oídos mojigatos y tradicionalistas para atormentarlos por siempre: «Los libros son tan costosos en las ciudades pequeñas…».

Las siete Catarsis que conforman este libro, responden a diferentes pensamientos que se articulan como una especie de camino por el que la palabra de inconformidad ante la ciudad enferma ha recorrido sin descanso.

En un perfecto acto de interiorización y posterior exposición, la prosa poética que inunda cada sección demuestra una sobriedad digna de quién ha padecido el desarraigo existencial de verse encerrado entre los muros envejecidos por una religión que todos defienden pero nadie respeta.

Amores, desamores, injusticias y discriminación son temáticas reflejadas, no solo en las páginas del poemario, sino también en una Cuenca que se lee representada, más no caricaturizada.

Algo que se debe reconocer de este trabajo poético es la facilidad con la que Issa Aguilar consigue hablar desde lo más íntimo, desde sus propias vivencias y percepciones, y llegar a conclusiones tan universales que podrían ser palabras propias de cualquiera de los habitantes de las ciudades que aún se encuentran en el oscurantismo del odio y represión de la religión y las supuestas buenas costumbres:

«Todo penetró, menos las miradas. Y el te amo del artículo 14 de la constitución monárquica de las princesas y cholas cuencanas, se vio reemplazado por un contundente ayau que fue lo único que expulsaron mis labios en medio de esas cuatro pálidas paredes».

Hay una elegía constante que resuena como fondo, justo detrás de esa voz que construye cada sección del poemario. La inconformidad no da tregua a la pasividad social, por lo que aparecen constantemente expresiones que dejan clara una postura de rebeldía y una necesidad de cambio urgente en una ciudad que permanece ciega ante las nuevas realidades que van ubicándose como constructos neófitos.

Un discurso que se perfila con una necesidad urgente de permanencia y que, no obstante, se vuelve efímero ante los sordos oídos de una tradición citadina de eclécticos y eclesiásticos:

«Cuna de insectos / de ilustres pensadores / ávidos por conocer el apellido / el estado civil / la preferencia sexual / porque qué ha de ser que fulanita se excite pensando en otra fulanita / eso es pecado, hijo mío».

El libro también coquetea mucho con las obsesiones, que se antojan primordiales ante los ojos del lector y en el contexto de la formación del ser poeta que habita en esta ciudad desdibujada sobre las planas de la poesía. El mismo Oswaldo Encalada —catedrático y experto en lingüística, muy reconocido por estos lares— habla y sentencia a la autora en la crónica anecdótica que aparece, con mucha elegancia, en la Catarsis Última: «“El problema es tuyo, te has obsesionado” volvía a repetirme mientras las neuronas regresaban a la normalidad raspándose las rodillas».

Los amores que no se concretan, los que lo hacen, la ansiedad  y su atormentador tratamiento, el tango —que tanto obsesionaba a Manuel Mejía Vallejo— y los lugares o seres a los que uno siempre vuelve, son obsesiones varias que se cuecen lentamente dentro del concepto hermético de una ciudad que sirve como una olla de barro aislada, próxima a reventarse: «Ciudad río / DIOSA / sin vos no existe poesía.»

Con M de Mote se escribe Mojigata es un libro que nutre a la literatura del país y de la región; dueño de una técnica poética que baila desinteresadamente entre la prosa y el verso, un estilo que se convierte en el sello de Aguilar y que la posiciona como una de las voces femeninas más fuertes de su generación.

Una colección de textos para leerlos con una piedra en una mano y el corazón en la otra, para poder asimilar a una ciudad que, al no poder reinventarse a sí misma, lo ha hecho con sus habitantes, seres epicúreos atrapados en ilógicos cuerpos estoicos, hipócritas y mojigatos.


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