Poesía quemada

Literatura & Cómics
Sep, 2018
Artículo por Catalina Sojos
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…/Y te quemaré en mí, Poesía!…/

César Dávila Andrade

Así con el fragor de una batalla, con el estrépito de la metáfora, con el «dolor más antiguo de la tierra» el poeta yace en sus textos.

«Luego, vendrá el sol y te extraerá con los colmillos!»

Esos colmillos del sol que hicieron un festín con la obra de Dávila Andrade; mordedura que llega hasta hoy y devora los ojos y la raíz de todo lo que toca, lectura que se cubre a dentelladas en cada verso, en cada bocanada de poesía quemada por el tiempo y la distancia;textos que aún aúllan con «la convulsión de la cacería».

Esa cacería interminable de la palabra que el escriba afirma«Entre las obras puras, nada que hacer. Tampoco entre las Ánimas o las Ruinas»

He aquí la poesía pura, esa que no desea nada más que su propia consumición y consunción.

«El Poema debe ser extraviado totalmente/ en el centro del juego, como la convulsión de una cacería/ en el fondo de una víscera/ Y, reír de sí mismo/ con el costillar del ventisquero»

Huesos, dientes, mordeduras. Fuego, chisporroteo, estrépito de imágenes desbocadas para siempre. Surrealismo y disquisiciones simbólicas.

Es decir, poesía deslumbrante, cegadora, quemada por sus propias silabas y que destella más allá de todo lo pautado por la crítica y el devenir histórico de nuestra literatura contemporánea.

Poesía extraviada en el ojo del huracán y que llega con su costillar hasta nuestros ojos y divide en tres tajadas la carne del poema.

Aquella etapa juvenil en la que el color se hace presente y que forma parte de sus primeros textos publicados «Espacio me has vencido» en 1947; otra experimental en la que habla con las voces de la tierra, con un lenguaje universal y la última hermética, que no deja una hendidura por donde vislumbrar su luz y que, sin embargo destella.

«¡Ah!, decía el Maestro Efraín Jara Idrovo, si las palabras sólo resplandecieran». Dávila Andrade logra su cometido y acepta su oficio en esta labor en la que separa las brasas sílabas para lograr un corpus terminado y lo convierte en su arspoetica.

«Desde el fondo de mi alma me llama una carreta/ que baja hasta la sombra de mi memoria en calma. / Allí quedará ella con sus frutos extraños/ para que un niño ciego pueda encontrar mis pasos»*

En efecto, son esos frutos extraños a los cuales regresamos, una y otra vez, niños cegados por el esplendor de su poética y que continúan recién nacidos a pesar del tiempo y los cien años de su nacimiento.

Es, precisamente, en esta etapa cuando surgen textos plenos de lirismo y, sin embargo, ya acusan esa actitud vital que construirá la imagen daviliana.

Las formas expresivas que utiliza Dávila en esta etapa rozan el posmodernismo y se constituyen en las primeras aproximaciones a un yo íntimo y casi coloquial como su «Carta a la madre» o Canción a Teresita” sin embargo, debemos insistir en su elaboración de filigrana con recursos lingüísticos y conceptuales a los que debemos regresar una y otra vez en su lectura.

No podemos dejar de mencionar su «Oda al Arquitecto» texto inaugural de aquello que se constituirá en identificación singular de su poesía: el suprarrealismo «cada palabra puede alojar un ángel»*

En esta mirada a «vuelo de pájaro» a la poética de Dávila, debemos planear sobre aquella segunda etapa que desemboca en lo terrígeno, y que inaugura cada pieza como andamiaje de esa gran «Catedral Salvaje» y que aúlla desde ese «Boletín y elegía de las mitas»textos nacidos en la década de los cincuenta.

Esa «cuarta comarca de la Tierra» donde el tiempo no acude, y la poesía repleta sus metáforas, imágenes descuartizadas en las que cada sílaba arde en las manos, quema y enceguece.

Imposible para el lector amante, no dejarse llevar en ese torbellino, poesía quemada que crepita y deja surcos de lava en el corazón. La hipérbole, la desmesura invaden en una visión apocalíptica y provocan la catarsis con esa voz plagada de todas las voces de la tierra.

Esa voz poética-profética que continúa resonando a través de los tiempos, más allá de la muerte:

«Arrimada a su paño de llorar,/ venía la Nodriza,/ […] / Yo le besé en la piel los labios más profundos de su cuerpo,/ y desperté en el fondo de su vientre,/ al Niño sucesivo que no muere».

Con ese viaje que retorna una y otra vez gracias a sus convicciones masónicas.

Y aquí, debemos hacer un alto, y precisar sobre la experiencia social y cultural que significó su «Boletín y Elegía de las mitas»en el contexto del “indigenismo” recién inaugurado por sus contemporáneos. Como una tuerca que revienta y se estrella contra los ojos, así la denuncia social llegó para quedarse en la ciudad pacata y en el país entero. Sin embargo, Dávila Andrade marca un quiebre dentro de esa tendencia porque no deja de surgir, una y otra vez, su poesía. Únicamente aquellos que vivimos esos años, podemos dar fe del impacto de su rima y el dolor con el que el gran público respondía a esa voz que usaba la onomatopeya, la sinalefa, los recursos literarios para agredir desde lo más recóndito del ser al gárrulo y procaz explotador del pueblo.

…/ Yo soy Juan Atampan…/ se inicia el texto, como un tambor que clama…/ nací y agonicé en Chorlaví…/ Nieblí, habla el pingullo entre la niebla…/Oh Pachacámac, Señor del Universo, nunca sentimos más helada tu sonrisa,/ y al páramo subimos desnudos de cabeza, a coronarnos, llorando con tu Sol…/

Esa cabeza desnuda que recibe el sol y el granizo de la poesía.

…/Pero salí. Oh, sol reventado por mi madre!… /Te miré en mis ojos de cautivo. Lloré agua de sol en punta de pestañas. / …/ Pero salí. No reconocía ya mi Patria. Desde la negrura, volví hacia el azul…/

…! Qué cientos de noches cuidé tus acequias, por leguas para moler tu oro, en tu mortero de ocho martillos y tres fuelles./ Oro para ti. Oro para tus mujeres. Oro para tus reyes. Oro para mi muerte. Oro!

La poesía en defensa de la naturaleza hace más de medio siglo. ¡Cuánta proyección social tiene hoy con la minería que destruye Quimsacocha, Rayo Loma allá en nuestro Macizo del Cajas! entre tantos otros proyectos depredadores y realidades nacionales.

Y llegamos a la denominada poesía hermética. Aquella que “como una bellota, aún cálida, respiraba dentro de la caja de un arpa” donde “todo era cruel, y la Poesía, el dolor más antiguo, el que buscaba dioses en las piedras…/ a la cual “nadie podrá mirarte sin recibir un flechazo en los ojos”…/

Palabras que enuncian nuestras lecturas, que escapan a todas las críticas, porque tenemos la certeza de que cada una de ellas es hija de su propia dialéctica e interpretación. Poesía que como un gran mantram cierra las puertas de aproximaciones banales y abre, esas otras a las que volvemos, una y otra vez con las pupilas quemadas.

Inútil hablar de las influencias de Dávila en lo contemporáneo. Importante acudir a los críticos especializados en su obra; urgente y necesario revisitar el libro de tesis de grado de nuestro amigo y compañero Jorge Dávila Vásquez “Combate poético y suicidio” en el que se dilucida minuciosamente esa enorme catedral, absolutamente salvaje desde siempre. Acudir a los especialistas davilianos, porque cito:

“Cualquier aproximación a la obra de este autor, aunque uno haya pasado mucho tiempo en contacto con su producción, como es el caso mío, constituye una revelación, despierta siempre nuevas inquietudes y posibilidades de análisis, Por tanto, ningún ensayo en torno a Dávila se lo puede considerar acabado, definitivo” *

Poesía quemada en el corazón, cuando las calles sólo servían para atravesar sus huellas, poesía aterida de dolor y barroca en su piedra y en su espejo. Con ángeles y demonios, indios y ventisqueros, soles aprisionados entre pajonales y hielo, cada verso nos hunde en ese combate y búsqueda de lo absoluto y que, obviamente se incinera en las brasas de un lenguaje implacable e impecable. Trabajada, tizón a tizón, contra el tiempo los avatares y las relecturas disímiles y permanentes, aun hoy, luego de cien años de su nacimiento podemos afirmar que dentro de esta poesía quemada en cada sílaba, el gran deseo de Jara Idrovo se hace presente… aquí las palabras literalmente resplandecen.

*Espacio me has vencido. 1947 CDA.

* Palabra sola. (Arco de instantes) 1959 CDA

*Dávila Andrade: Combate poético y Suicidio. JDV. 1998.

Texto presentado en la IV FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO 2018. Guayaquil.

 

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