Poe en Cortázar, Joyce en Borges, Whitman en Lorca

Literatura & Cómics
Dic, 2017
Artículo por Matías González
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Edgar Allan Poe
Fuente: Franklin Mendes

Releyendo a varios maestros de juventud uno encuentra conexiones imprescindibles. Borges, por ejemplo, tan aburrido para muchos pero igual de sorpresivo e importante, habló de James Joyce con mucha admiración y hasta fervor.

Le dedicó incluso un poema (invocación a Joyce: «Ceniza, la labor de nuestras manos», que a propósito bien podría ser una digna dedicatoria para el autor de Elogio de la sombra por parte de cualquier fan) y varias sílabas de su voz. Llegó también a decir que algunas páginas del Ulises eran tan «altas» como cualquier obra de Shakespeare.

El tiempo para Borges, ya se sabe, era más que una cifra o una manera de ordenar la realidad. Creo que a consecuencia de leer el Ulises o Finnegan’s Wake (para Ricardo Piglia, el final de la Novela como la conocemos, por intraducible), Borges se dio cuenta quizá que ya no se podía hacer nada o muy poco, para el bien de la roman o para su evolución, por lo que decidió perfeccionar la narrativa breve.

En su conferencia sobre James Joyce (La Plata, 1960), Borges analiza meticulosamente los rasgos del escritor irlandés, sus influencias y sus obras más conocidas. En primer lugar, comienza evocando el estudio del Naturalismo y del Simbolismo («limitaciones de la crítica literaria») por parte de Joyce, lo cual lo lleva a leer e imbuirse de W. B. Yeats (autor que también arremetió con inmenso influjo en la vida literaria de Borges quien lo cita como epígrafe de algunos de sus cuentos: «Tema del traidor y del héroe», «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz»), Zola, Rimbaud, Baudelaire y Mallarmé.

En su discurso, Borges aprovecha para hablar de las diferentes corrientes literarias que primaban en el siglo XIX, la transcripción de la realidad y la importancia de los símbolos partiendo del hecho de que nada puede expresarse y se debe proceder por sugestión, esto es, la metáfora. Las imágenes más felices son las que no declaran, sino sugieren, dice Borges.

«No se puede transcribir la realidad, ya que esta es visual, táctil, gustativa; la realidad es memoria y es pasión, así que no es posible transcribirla; no es sólo verbal sino muchas cosas más (voluntad, sonido)».

El escritor argentino aprovecha para citar a Virginia Woolf, quien dijo que el Ulises y Finnegan’s Wake eran terribles y gloriosas derrotas de la literatura. En el Ulises , obra publicada en 1922 –Borges tenía 23 años–, el tiempo de todo un día es la analogía del viaje de Odiseo, casi veinte años y de su lucha y su retorno a Ítaca.

Joyce ensayó en ese libro todas las técnicas literarias, sin convencerle ninguna. Para Borges, estas no tienen mayor mérito; a él le interesa el esquema que motivó a Joyce a seguir escribiendo la novela (cada capítulo, según el argentino, alude a un color, a un órgano del cuerpo). A más de veinte años de la publicación de Ulysses, en París, ve la luz un cuento del escritor bonaerense: «El milagro secreto».

Allí, el protagonista es testigo del detenimiento del río del tiempo que le da lugar para cumplir su último deseo antes de ser asesinado por la Gestapo. Ambos personajes principales (Leopold Bloom, en Ulysses, y Jaromir Hladík, en «El milagro secreto») tienen vínculos que los unen al Judaísmo. Ambas tramas, se ha dicho, incurren en la «prosa poética» o en la «lírica prosaica».

A pesar de esto, las buenas lenguas continúan comentando que aquello del transcurso temporal es fundamental para una novela y para toda obra literaria por las mismas razones que lo es, intuyo, para muchos de sus lectores y autores. ¿Hubiera podido elaborar Borges este milagro narrativo sin la ayuda del autor de Dublineses? Quizá. ¿Acaso no logró Carlos Fuentes realizar La muerte de Artemio Cruz –con un método similar del discurso temporal, en este caso, alargado– sin también haber leído al irlandés?

Dejemos las incógnitas para concentrarnos en otros clásicos. Cortázar tradujo a Poe –y lo leyó tempranamente– como un encargo de la Universidad de Puerto Rico. Es imposible no encontrar a Edgar Allan Poe en relatos como «Casa tomada» o «La puerta condenada».

El trato del silencio, la arquitectura del lugar, la omisión. Más nos vale que Julio Cotázar lo admitió hasta el fin. En «Diario para un cuento», uno de sus últimos relatos, lo recuerda y lo nombra como si leyese sus poemas por primera vez. Qué decir del papel en primera persona que juega el personaje de «Una flor amarilla», por ejemplo, el cual nos arroja directamente a cuentos tan disímiles como «Morella» o «Ligeia», de Poe.

Cómo no redactar un paréntesis para recordar a Sabato y a su segunda novela, Sobre héroes y tumbas, en cuyas páginas podemos recordar cómo abordó el tema de la originalidad en la literatura de manera exitosa. «¿Acaso Faulkner hubiera sido el mismo sin haber leído a Joyce?», se pregunta.

Podemos agregar: ¿acaso Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo o Mario Vargas Llosa hubieran sido los mismos sin Faulkner? –algunos dicen que al escritor lo hacen sus lecturas–; se propondría que también a las obras del escritor las hacen sus lecturas. Sin duda, Edgar Allan Poe aportó con grandeza a la obra de Julio Cortázar (cf. Bestiario [1951], Final del Juego [1956], «Deshoras» [1982]). Tristemente nadie se ha atrevido a recordar a Alfred Jarry en sus Historias de Cronopios y de Famas.

Al parecer, el complejo de originalidad existe, pero su causa se ausenta irremediablemente. Atrevámonos a postular que es algo más complejo y cómodo que un encadenamiento singular: Camus y Dostoievsky, Sabato y Dostoievsky, Camus y Sabato, Tolstoy y Gandhi.

Volvamos a los hechos. Walt Whitman asistió a la Guerra de Secesión o Guerra Civil estadounidense en 1862 como enfermero voluntario. Federico García Lorca fue asesinado en los albores de la Guerra Civil española por disidente voluntario. Ambos escribieron y publicaron antes de los conflictos.

La primera edición de Hojas de Hierba, de Whitman fue publicada en 1855, más de cinco años antes de la guerra. Romancero gitano y Poeta en Nueva York, fueron escritos antes de que estallara la Guerra civil en España pero sólo el último libro de poemas fue publicado póstumamente. Ambos escritores pisaron el suelo de Manhattan y anduvieron sus calles.

El primero, oriundo de West Hills, Nueva York, viajero e itinerante, y el segundo, «cambiando de vida» y visitando la academia. Ambos (quiero creer) conocieron sus tumbas, aunque la muerte del primero imposibilita, al menos, la presencia física. Los dos se leyeron, si es que eso fuera posible, y escribieron el uno para el otro.

Oda a Walt Whitman es quizá una de las más grandes odas de García Lorca: «Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,/ he dejado de ver tu barba llena de mariposas,/ ni tus hombros de pana gastados por la luna,/ ni tus muslos de Apolo virginal,/ ni tu voz como una columna de ceniza[…]».

Ya que nos sobra aliento, palabra, y un poco de espacio, por qué no interpolar/introducir aquí algunas líneas que validen nuestra «tesis».

El canto de las cosas sencillas, las cosas simples en el canto: «Las verdades están latentes en las cosas, / no apresuran su propio nacimiento ni lo retardan/Para mí lo insignificante es tan grande como cualquier otra cosa/ (¿Qué puede ser ni más ni menos que un contacto?)/ […] Sólo vale aquello que prueba su validez a todo hombre y a toda mujer, / sólo tiene valor aquello que nadie niega)// Un mundo y una gota que brota de mi ser sosiegan mi cerebro, / creo que los trozos húmedos se convertirán en amantes/ y en ojos, / Y es un compendio de compendios el alimento del hombre o de la mujer, / Y es una cumbre y una flor el sentimiento mutuo que los une… » (Whitman, Canto de mí mismo,1855); Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,/con el bozo y lirio agudo de sus montañas/invisibles// acabó con los más leves tallitos del canto/ y se fue al diluvio empaquetado de la savia,/ a través del descanso de los últimos desfiles,/ levantando con el rabo pedazos de espejos (Lorca, Poeta en Nueva York, 1940); «Del poema viviente en los ojos, en las manos, en las caderas y los pechos» (Whitman, Hijos de Adán,1860).

En común también tuvieron la búsqueda de la no distinción entre mujeres y hombres, entre las grandes categorías de lo genérico y lo sexual: «Del dolor de los ríos contenidos, / Del río contenido de mí mismo, sin el cual yo no sería/ nada[…] De mi voz […]/ Que canta el apremio muscular y la fusión, / Que canta el canto del compañero de lecho (¡Oh anhelo irresistible!/ ¡Oh, para todos y cada uno la atracción del cuerpo/ correlativo!/ ¡Oh para ti, quienquiera que seas, tu cuerpo correlativo!…)» (Whitman, Hijos de Adán,1860); «Porque es justo que el hombre no busque su/ deleite/ en la selva de sangre de la mañana próxima. / El cielo tiene playas donde evitar la vida/ y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.// […] Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo/ por vena de coral o celeste desnudo. / Mañana los amores serán rocas y el Tiempo/ una brisa que viene dormida por las ramas.» (Lorca, Poeta en Nueva York, 1940); A la Mujer igual que al Hombre, yo canto» (Canto el Yo); 

Yo soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma, / Y digo que tan admirable es ser mujer como ser hombre, los placeres del cielo están conmigo. Y los dolores del/ infierno están conmigo» (Whitman, Al partir de Paumanok, 1860).

Whitman y Lorca, a su modo, trataron el tema de lo Divino: «Es así, Dios anclado, como quiero tenerte. Panderito de harina para el recién nacido. / Brisa y materia juntas en expresión exacta, /por amor de la carne que no sabe tu nombre» (Lorca, Oda al Santísimo Sacramento del Altar).

En consecuencia, en concordancia, el escritor ecuatoriano Javier Vásconez, en la presentación de su último libro, ha dicho la otra noche en República Sur: «Es un hecho que los libros nunca están solos, los libros han dialogado con otros libros sin importar nacionalidad y lengua […], y es un hecho que hay una serie de elementos, de posibles homenajes a otros escritores, en determinadas obras, particularmente en la mía, a Onetti por ejemplo, a Faulkner…»

Para ya dar fin a este encadenamiento arbitrario, quisiera recalcar que este tema también pudo llamarse: Lorca en Cortázar, Whitman en Borges, Poe en Joyce o Lorca en Neruda, Pound en Bolaño, Joyce en Fuentes, pero ésas son otras cuestiones. A propósito de Neruda, el escritor chileno escribió la famosa Oda a Federico García Lorca, y ésta fue publicada en Odas Elementales (1954): «Federico […]/ ahora, cuando no queda nadie entre las rocas, / hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:/para qué sirven los versos si no es para el rocío?» Él mismo conoció a García Lorca y frecuentó la España de Cernuda, Guillén, Dámaso Alonso, Aleixandre y Rafael Alberti.

Borges dejó escrito en su prólogo a la edición ‘diseccionada’ de Hojas de Hierba: «En cuanto a mi traducción… Paul Valéry ha dejado escrito que nadie como el ejecutor de una obra conoce a fondo sus deficiencias; pese a la superstición comercial de que el traductor más reciente siempre ha dejado muy atrás a sus ineptos predecesores, no me atreveré a declarar que mi traducción aventaje a las otras.

No las he descuidado, por lo demás; he consultado con provecho la de Francisco Alexander (Quito, 1956), que sigue pareciéndome la mejor, aunque suele incurrir en excesos de literalidad, que podemos atribuir a la reverencia o tal vez a un abuso del diccionario inglés – español» (Buenos Aires, 19 de junio de 1969). Ah, Borges hablando de reverencia. El mismo autor que le dedicó más de un elogio al autor de Song of myself en Otras Inquisiciones (1952) y en diversos poemas.

Cortázar recordó vívidamente a García Lorca en una entrevista dada a la Televisión Española (1977). Y lo recordó en referencia a su propia perspectiva de vida y obra con los últimos versos del siguiente párrafo: «¡Oh, voz antigua, quema con tu lengua/ esta voz de hojalata y de talco!/ Quiero llorar porque me da la gana, / como lloran los niños del último banco, / porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, /pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado».

Antes de cualquier fin, siempre me gusta recordar a Jorge Enrique Adoum y a su cita predilecta, hallada en el estudio introductorio de Los que se van (Campaña de Lectura Eugenio Espejo): «Los juicios de valor se basan en el estudio de la literatura, pero el estudio de la literatura no se puede basar en juicios de valor».

Borges
Fuente: Ilustración: Fernando Vicente


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