Palabra de río de Andrés de Müller

Literatura & Cómics
Jun, 2018
Artículo por Ana C.Blum
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Fuente: Palabra de Río

He visto crecer Palabra de río de Andrés de Müller (Barcelona). He visto su caudal agrandarse, su flujo elevarse, su fragor hacerse al paso más elocuente y ahora, ya finalizado, lo veo estirarse hacia mí creando un cauce gráfico de ondulaciones y cabales de donde brotan correspondencias lumínicas entre agua y lenguaje.

Son muchos los ríos que ha atravesado la poesía a lo largo de los siglos y los que atravesará, porque el río, con su enriquecido simbolismo, es aliciente para una trayectoria vital que urge consumarse desde el poema. Este libro también ha sido cruzado por los motivos del agua y ya desde sus primeros versos se abre con una metáfora definitoria del peregrinaje que vendrá: «El río es un mapa de circunferencias»; con esta premisa categórica, el lector entra de inmediato en aquel perímetro que contiene un territorio de curvas y serpenteos —tan iguales a la cartografía de la vida—, sucesiones perpetuas, nítidas y borrosas que no pertenecen solo a una historia personal, sino a la de toda la humanidad.

Herman Hesse inquiere en Siddhartha: «¿También has aprendido tú del río el secreto de que no existe el tiempo?». Y es que el río está en todas partes, en todo momento. Zumo de la tierra que anda y penetra en cada cosa y en cada ser: se vuelve mar con el mar, mas sigue siendo río; se hace viento con el viento, mas sigue siendo río; se amalgama al poema, mas sigue siendo río.

Desde su a temporalidad parece decir lo mismo,pero nunca se repite. El río de Heráclito —que también es el de De Müller—, mundo mojado jamás por las mismas ondas, siempre otras, refleja su significancia filosófica en este poemario focalizado sobre el Yanuncay y el Tomebamba, los principales ríos de Cuenca, torrente de la ciudad ecuatoriana Patrimonio Cultural de la Humanidad que recorre a todos, que a todos empapa con su humedad física y alegórica y que, sin embargo, a nadie se somete.

Este afluente al que De Müller se devuelve una y otra vez con tanta efervescencia tiene su propia lengua, una lengua torrencial y sabia que le manifiesta al hablante argumentos esenciales para el camino mientras este insiste en describirlo, hallando poco a poco una alquimia de tinta que lo va tejiendo: «Te digo lo mismo / una y otra vez / para contarte que / en el concepto infinito / no caben las palabras / con que te digo lo mismo / de maneras diferentes, / para hacerte compañía / en la acritud del meandro / y descansar en mi poza/ tus turbaciones…».

Cierto es, Señor Río, que en su infinitud navega el poema que nunca podrá escribirse, que por su vastedad de significados resulta imposible enunciarse y sólo queda aceptar «la pobreza de palabras / para traducir la magnificencia / de la sencillez como espectáculo». Nos encontramos aquí ante las limitaciones del lenguaje frente al poder arrollador del asombro, cuando se quiere cantar pero la boca enmudece, cuando se necesita apuntar pero la mano tiembla.

El ser se sobrecoge, es herido por la naturaleza, por el embargamiento que provoca; se reconoce que no hay versos suficientes para contener la realidad y es preciso dejar que el agua se derrame, que el viento colme, que la nube salte sin la ambición de nombrarla, una ambición constreñida no solo por la lengua, sino por la imposibilidad de abarcar el universo con vocablos.

El hablante, como en un acto vengativo al sentirse hollado por el genio resbaladizo de este río omnipotente, responde a sus sentencias y le hace notar su calidad pasajera, su vulnerabilidad, su cuerpo de burbuja transitoria. Y elabora, acaso para combatirlo, acaso para refutarle la arrogancia de su permanencia, acaso para liberarse y solo después transformarlo en un mínimo bálsamo que le permita el renovado transitar: «Palabras líquidas salen en tromba de tu garganta / ensortijadas en el verbo de la espuma… / Disuelto en tu corriente, / esquivo la rotundidad /de las definiciones. / Enmudezco, me hago gota / y empiezo, por fin, a vivir».

Es un río que compone sus meandros en los sentires y los actos cotidianos, aquellos que en un mismo día pueden fluir y desvanecerse, arrastrar piedras y ensueños, ser cabrilleo o gota diáfana, cielo e infierno en veinticuatro horas de una crónica inalienable y efímera, perdurable por las cicatrices de la espuma dejadas en la huella.

Luego, el diálogo concluye y la voz poética, en un grito de impotencia y desespero ante el inefable manar constante y perturbador, exclama: «¡Cómo quisiera detener el curso del río, / romper su cauce, drenar su orgullo! / De remolino en remolino pruebo /la sed espantosa del ser sumergido, / el agua que, sin mojar, ahoga».

Se expone aquí la realidad que a todos persigue y no es óbice para escapar al derrame de la existencia, fraguado por la fuerza de la corriente que es el tiempo. El río y la vida del poeta se manifiestan en un punto geográfico, en un momento determinado, desde una realidad local con una identidad local; más allá del escenario, se trata de un flujo como cualquier otro, sin nombre, que anda de prisa, destinado a marcharse, a extinguirse.

 La rapidez con la que todo sucede en el mundo fuera del agua y en el de dentro de ella es una constante en este poemario. El agua sustentadora y destructiva. Siempre cambiante, siempre voluble como el corazón y la mente del individuo.«…ni siquiera cabe en la mirada / el más minúsculo de sus tramos, / pues mucho antes de la leve / elipsis del parpadeo / su realidad ya es otra,/ genética mutante / en los contornos de la espuma…».

En la literatura, el agua es representación de sosiegos y exaltaciones, transporte calmo que puede ser ahogamiento feroz, superficie clara e invitadora y, en el centro, entraña que arremolina y hace sucumbir; promesa de fertilidad periódica o condena de aniquilación que la mirada humana no puede atrapar, aunque lo intente.

Esta es la primera publicación poética de Andrés de Müller —y no será la última—, un catalán que se enamoró de Cuenca, quiso matrimoniarse con las alturas andinas, se hizo íntimamente de ellas y hoy nos ofrenda un poemario sensible, una obra madura, un texto conmovedor por su discurso de certezas acuosas; lívido a ratos, oscuro a veces, conjunto que sobrecoge en su aproximación a la realidad de la vida de un hombre y de todos, solos.

Un río que canta a capela y un hombre que recolecta ese canto para incrustarle su música personal, la visión de su ojo, el vigor de su largo aliento. Temas que navegan este conjunto son el éxodo, los extrañamientos, los abismos reales y ficticios, el forzoso discurrir de las edades, la ira y sus fantasmas recurrentes, la tristeza y sus «telarañas metálicas», las «arrugas de infancia» haciendo surcos, la bitácora para enmarcar la búsqueda —también la pérdida—, como una constante y la tierra prometida al otro lado del puente.

Borges viene a mi mente sobre esas dos maneras en las que la humanidad se multiplica, la cópula y los espejos. Yo creo que la humanidad se repite también a través del agua y, gracias a Andrés de Müller, con estas extraordinarias palabras líquidas de Palabra de río nos hemos multiplicado para bien.

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Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. […] impulsar los talentos emergentes de la escena musical académica de Ecuador y, así, permitir el desarrollo de la cultura, con miras en un futuro a largo […]

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