Nubes Doradas

Literatura & Cómics
Oct, 2015
Artículo por Diana Polo
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La escritura es un proceso y, como todo proceso, tiene que nacer. Así como el fruto aparece de repente en el árbol desnudo, la escritura aparece en la vida del indivi-duo una tarde a las seis, o una madrugada a eso de las tres y se convierte en texto o en poema. Así como el fruto es juzgado por quién lo consume, el poeta o escritor es considerado, o no, valioso por quienes lo leen. Pero lo escrito, a diferencia del fruto a pesar de ser devorado, nunca muere; sin embargo es necesario alimentar al árbol y no existe mejor manera de hacerlo que viajar.

 

En mi caso particular, me gusta viajar al Norte, porque además de preferir el frío de la montaña al calor insoportable y húmedo, este punto cardinal siempre me ha traído agradables compañías y recuerdos. Cuando viajo, me gusta tomar un autobús en la noche y perderme en la neblina de las afueras de Cuenca; me coloco los audífonos y observo las luces que se transforman en una sinfonía de colores. La noche avanza poco a poco entre un blues y un folk y los ojos se entrecierran. Después de un tiempo, y seguramente de algún ruido o el encender de alguna luz, vuelven a abrirse para no descansar.

 

Después de unos minutos se visualiza el inmenso azul marino del cielo que se abre a las ventanas. Si uno pone verdadera atención a este cielo, verá cómo, progresiva-mente, de este se desprende una variedad de grises. Y cuando pasan borrosas las horas, se dibujan las primeras nubes como si fueran tinta disolviéndose en un vaso de agua, en cámara lenta. Poco después esta tinta se solidifica y se tatúan en el cielo algunas nubes: grandes, rosas, malvas, violetas, amarillas… y, sin darnos cuenta, son las seis de la mañana y todos duermen.

 

El chofer anuncia la llegada a Nayón y empieza el espectáculo: nubes doradas (sí, doradas) se disponen anárquicamente en el cielo para quienes quieren verlas. Pe-dacitos de sol desperdigados como picadillo que alguien hubiera lanzado sutilmen-te a mis ojos, pero se quedaron suspendidos en el aire y en el tiempo. De repente, una frase conocida: “Servidos, señores” me aparta de este estado y es entonces cuando comprendo que he llegado a mi destino.

 

Una vez que bajo del autobús, mis sentidos descubren un mundo ajeno. No sé qué aventuras me depara la ciudad, que me recibe con sol y viento; en ese momento, una caricia me recubre y siento que en cuanto pise la baldosa empezará el recuento de momentos, imágenes, experiencias y personas memorables.


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