Novelas sin acción

Literatura & Cómics
Abr, 2019
Artículo por Josué Durán Hermida
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  • Si no quisiera explicar lo que voy a decir, sino, más bien, ocultarlo, empezaría escribiendo una novela:

    El protagonista se llamaría Luciano Zamora, sería descendiente de una familia de intelectuales venida a menos e hijo de un comerciante —importador de papel— que iría a estudiar Literatura en Barcelona. Allí, trabajaría en un medio digital —una imitación burda de la ultramarina Playground o la local Gkillcityy la escueta fama que adquiriría y el dinero que le pagarían le permitiría ciertos placeres: una adicción al éxtasis o al MD, un noviazgo con una estudiante mexicana de la ESCAC, juergas con amigos ricachones… Detrás de estos «deslices» habríamos de entender un debilitamiento «moral», un distanciamiento de sus «objetivos primigenios» a favor de aquello que sus equívocos consejeros le fueran sugiriendo. La contraparte, digamos «filosófica», serían ciertos episodios en los que Luciano vagabundería pensando en la novela que está tratando de escribir, sobre un joven que intenta evadirse en las ficciones que escribe para no confrontar una realidad decadente. Anticlimáticamente, el final llegaría sin resolución, como una sucesión de decepciones: el despido de Luciano causado por su creciente apatía, una enfermedad extraña y repentina que acabaría con su enamorada, no sin que antes Luciano haya pagado con la tarjeta de crédito de su padre unas cuentas exorbitantes en una clínica privada, y el rechazo de su novela en diversas editoriales bajo el pretexto de que «le falta acción». Apocado, vencido, Luciano emprendería el camino de regreso a casa… para encontrarse en el asiento de avión a un comerciante extranjero que le convencería de trabajar con él en una empresa «redentora». Luciano terminaría de este modo como animador en un crucero para turistas eslavos.

    Con estilo floreado, buscando la «redondez» de los personajes, llenándolo todo de rocambolescas situaciones, intentaría posicionar esta novela contra la «absurda falacia» en la que el pobre Luciano estaría encaramado, a la cual, para que mi tesis se volviera inconfundible, llamaría sucesivamente «autorretrato», «ficción intimista» e incluso «confesión de borrachera». Acaso, podría agregar una narración paralela, que iría intercalando —¡vaya afán posmoderno!— con la otra, buscando sostener entre las dos lo que no podría sostener solamente con una: el interés del lector.

    David Castanier, el «amigo del alma» de Luciano, se quedaría en su Cuenca natal, se casaría con la hermana del segundo, fundaría un gimnasio o una pista de motocross y conseguiría fraguar una fortuna utilizando un nuevo método de marketing. El conflicto de esta parte sería la lucha de Castanier con sus competidores, su afán por conseguir nuevas técnicas de promoción, su pasión por el branding y por los nuevos eventos y slogans. Así, David iría imaginando un plan de negocios para un polideportivo, con el cual pretendería convertirse finalmente en millonario. El clímax, sería causado indirectamente, al llegar la cuenta de la tarjeta de crédito de Luciano. Castanier, entonces, tendría que vender su plan de negocios a sus competidores para evitar que su suegro acabe en bancarrota. No obstante, el amor lo salvaría: junto con su esposa, utilizarían una fracción del dinero de la venta para comprar una pequeña casa cerca de El Descanso, donde David acabaría sus días como un hacendado apacible, jinete e incluso ocasional aficionado al motocross.

    La novela se llamaría, obviamente, Las ilusiones perdidas de Balzac.

    Pensar, empezar a pensar. Alguna vez escribió Aristóteles que la unidad de acción tenía que ver con una acción principal o, anacrónicamente, una trama que debía seguirse durante la obra entera, para así acabar construyendo su sentido. No obstante, vanidad del tiempo, se sabe que lo que tiene historia no tiene definición.

    Unidad de acción: cuando, en una película de miedo, no puedes quedarte tranquilo porque, apenas hayas bajado la guardia, saltarás de tu asiento por la presencia brusca del monstruo.

    Unidad de acción: ese espectro imaginario —el futuro— que flota alrededor de una obra de ciencia ficción. La facultad de hacernos preguntar «¿y si el mundo fuera de otra manera?».

    Unida de acción: cuando, al escalar una pared, sabes que si te caes…

    Novelar sin ficción. Leía recientemente en Evasión de César Aira que los escritores actuales han olvidado la función primordial que movió alguna vez a los grandes novelistas del siglo XIX: la necesidad de evasión.

    «Subsidiados, psicoanalizados, viajados y digitalizados, los novelistas viven vidas de cuento de hadas, y aun así escriben novelas (y no cuentos de hadas, lo que sería más honesto). La Historia les jugó una mala pasada al despojarlos de conflictos. Ni siquiera el problema sexual les dejó. Y como si hubiera un especial ensañamiento, la Historia de la Literatura colaboró, haciendo muchísimo más fácil que antes escribir una novela. Como una novela no puede escribirse sin conflicto, los nuevos novelistas, que no lo tienen, deben inventarlo. Es lo único que no debían inventar, y es lo único que inventan. Porque al inventar el conflicto queda obstruida la genuina invención novelesca, la maquinaria imaginaria, el submarino del capitán Nemo o la locura de Don Quijote, que era lo que se inventaba, para huir del conflicto. Es decir, para evadirse.»

    Un diagnóstico cabal: la autoficción, las novelas de formación, el diario de viajes, las esperpénticas autobiografías disfrazadas de relato, el reportaje o crónica en primera persona, la poesía del yo… habrase visto géneros más contagiosos. Pero a su vez contagiados de ofuscación.

    Mas donde Aira veía un hecho lamentable, yo encuentro una oportunidad.

    Antaño, la necesidad de evasión operaba en el novelista como prescriptiva: la verosimilitud, la causalidad, el ritmo. Hoy reúnen todos esos atributos los muros de Twitter, los feeds de Instagram. Para evasión, parece, bástannos esas ensoñaciones cotidianas, engánchenos la aprobación social, cólmennos los memes, báñennos nuestras fantasías redentoras —el progreso, la utopía social—… ¿No nos evaden ya nuestros intercambios cotidianos?, ¿no nos despega la promesa arribista de un salario?, ¿no nos «transportan» nuestros consumos, nuestras proyecciones de consumos, nuestros créditos —también los universitarios—, nuestros emprendimientos, nuestro incesante deseo de viajar?

    Sedantes. Sedantes insuficientes. Las novelas que, además de evadirnos, tendrían que hacernos reflexionar lo han hecho solamente a costa de que ese pensamiento venga en la forma de otro no-pensar: se lee una novela para no tener que pensar en la vida, se escribe una novela para no tener que pensar en la literatura, se traslada la propia vida a la forma de la novela para no tener que pensar en nada más. Sublimada, convertida en forma, prestigiosa vida de quien se ha visto a sí mismo reflejado, cerrada, estratificada, la novela clausura a la imaginación que ya no ve sentido en imaginar, o más bien, en cuestionar por qué David Castanier no toma una pistola y le vuela los sesos a sus competidores. Una novela… quiero decir un modelo a imitar hace que uno no empiece a preguntarse qué habría de malo en animar un crucero vacacional. Una novela hace que uno no pregunte cuál es el valor de novelar. Y César Aira lo sabe, pero es que sus ensayos venden tan poco y, en cambio, sus novelas… por algo habrá escrito más de un centenar.

    A nosotros hoy nos moralizan por todos lados. Complacidos, gratificados, es decir, momificados, repletos de promesas y expectativas…. Acaso ahora debemos «afrontar» el conflicto.  


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