Elucubraciones de una actriz en desplazamiento

Literatura & Cómics
Abr, 2019
Artículo por Tatiana Ugalde
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Mi relación con la escritura ha estado siempre en la esfera de lo íntimo, como parte de procesos de creación o como un ejercicio personal y privado. En esta ocasión, me lanzo a la aventura de compartir en este texto mis malestares, mis inquietudes e inconformidades en torno la presencia de las mujeres en el teatro desde el único lugar en el que puedo hacerlo: mi experiencia como actriz.

Antes de iniciar la escritura, emerge cada vez la inquietud por encontrar un camino que me permita organizar los pensamientos de manera que no se desdibujen tanto en el camino que recorren hasta llegar al texto; más aún en un momento en el que a muchas personas les produce urticaria cualquier manifestación de alguien que se declara feminista. No obstante, solo puedo hablar desde mi propio recorrido atravesado por los desplazamientos que he decidido hacer en mi vida y que hace poco me trajeron de vuelta al punto de origen.

Hace poco más de un año regresé a Cuenca, mi ciudad natal. El reto de enseñar una asignatura completamente nueva, me obligó a preguntarme qué era lo que podía compartir en ese espacio. Mi práctica ha estado enfocada siempre en el trabajo actoral, es decir, desde la mirada de quien activa la escena, no de quien la orquesta. Cuando empecé a involucrarme en el teatro, sabía claramente que ese era el lugar y había dedicado mi vida a trabajar por ello. Sin embargo, aquel reto al que la docencia me enfrentó, me obligó a desplazar la mirada hacia una orilla distinta: la dramaturgia.

De esta manera, surgió la necesidad de indagar en las experiencias de aquellos quienes habían transitado largamente por este camino. Entre otros hallazgos, llegué a reconocer algo en lo que nunca antes había reparado y que me agitó sobremanera: en efecto, los materiales sobre, desde y para el teatro habían sido producidos por ellos; quienes se habían dedicado a reflexionar y construir pensamiento y quienes habían logrado estructurar y compartir sus saberes, habían sido siempre ellos.

En este punto, entran a escena los enardecidos ellos, a quienes les resulta impensable moverse de su zona de confort y poner en duda el origen de sus privilegios, para vociferar su respetable opinión, apuntando firmemente con el dedo índice.

 Ellos: Peeero, hace tiempo que las mujeres han empezado a publicar, chiquilla ignorante. Son numerosos los textos y obras publicadas por ellas.

La autora del texto, una potencial ella, con una cortés sonrisa, responde.

 Ella: Efectivamente, hace unas décadas que algunas mujeres empezaron a publicar porque probablemente decidieron ocuparse de hacer visible su trabajo, abriéndose espacio en esferas que antes les eran negadas.

 Ellos replican, porque jamás admiten que alguien les deje con la espuma en la boca, alegando que a los hombres también los pegan y no los publican fácilmente, mientras que Ella, en un intento de contener las ganas de golpearlos para que la llamen feminazi con argumentos irrefutables, respira profundo y se retira de la discusión.

 

FIN

Ahora propongo a las y los lectores un simple ejercicio: en la próxima visita a la librería de su preferencia, diríjase a la sección «Teatro» (a efectos del ejercicio, es muy conveniente que dicha sección siempre sea de las más pequeñas de toda librería). Una vez ahí, enumere cuántos textos de los que están exhibidos fueron escritos por mujeres. Anótelo en un papelito para que no se le olvide. Luego, enumere los escritos por hombres. Anótelo en el mismo papelito y verifique los resultados.

Aunque quizás no lo crea —y tampoco es relevante que lo haga—, también hice el ejercicio. Los resultados no me sorprendieron, pero me confirmaron aquello que había reconocido antes: la innegable ausencia de las voces femeninas en el teatro.

Esta anécdota me hizo regresar a indagar en las referencias que, en una u otra medida, han marcado mi recorrido por el teatro: Konstantín Stanislavski, Mijaíl Chéjov, Bertolt Brecht, Jerzy Grotowski, William Layton, Santiago García, Arístides Vargas, Santiago Roldós, José Antonio Sánchez, Emilio García Wehbi. Todos hombres. Entonces, me preguntaba, ellas dónde están , por qué no podemos acceder a sus voces y sus pensamientos, o ¿es que acaso las mujeres en el teatro no han tenido nada que decir durante tanto tiempo?

Este reconocimiento me llevó a hacer una revisión un tanto más profunda de mi propia práctica y me encontré con que han sido siempre mujeres las que me guiaron y acompañaron en mis procesos, desde distintas esferas, pero con una incidencia directa en mi práctica. Sin embargo, sus nombres, al igual que el de muchas mujeres que se dedican a este oficio, no aparecen en la reducida sección de Teatro.

Viene a mi memoria una de las últimas obras del grupo Malayerba que pude presenciar: La República Análoga, dirigida por Arístides Vargas. En ella, un grupo de brillantes intelectuales se reúnen con el fin de fundar una nueva república, aquella con la que siempre soñaron. Entre los personajes, aparece uno que nada tiene que ver con ellos, tan común y cercano que resulta imposible no reconocerlo: la madre, cuya presencia genera una irrupción en la escena y marca una clara diferencia entre estos dos universos.

En cierto momento, este personaje interviene para poner en cuestión las nobles pretensiones de los demás, que se desvanecen fácilmente al enfrentarse a la realidad. Para que estos puedan darse el lujo de generar un espacio de reflexión y debate, acorde a semejante proyecto, necesitan que alguien se ocupe de las actividades menores que, aparentemente, no son propias de gente de grandes espíritus y mentes brillantes, como las labores domésticas. Es esta figura femenina la que se atreve a cuestionarlos, a confrontarlos con lo evidente: la desconexión latente entre sus ideales y la realidad. ¿Qué sería de aquellos y sus teorías sin estos personajes femeninos que resuelven las pequeñeces de lo terrenal, de lo doméstico?

Al realizar una panorámica por los referentes teatrales locales y nacionales, encuentro una situación que se repite con frecuencia: las mujeres nos dedicamos sobre todo al trabajo práctico, específicamente a la actuación, dirección de actores o al training, mientras que los hombres asumen la dirección escénica, la dramaturgia o a la reflexión teórica. Este hecho me despertó una enorme pregunta acerca de las maneras en que nuestros cuerpos han sido construidos, determinados por los roles de género que nos fueron impuestos desde muy temprana edad y su posible repercusión en las decisiones sobre nuestras profesiones.

Gran parte de las mujeres del teatro local y nacional, nos adaptamos con mayor facilidad a roles que implican el cuidado y la organización, tareas en las que desde niñas se nos adiestra y que pertenecen a la esfera de lo material; mientras que los hombres se dedican al trabajo intelectual, es decir, a la esfera de lo inmaterial. Esta idea me permite responder mi inquietud acerca de los motivos por los que contamos con escasas producciones de autoría de mujeres en el escenario local y nacional, y da pie para ampliar el debate hacia nuestros modos de producción y las relaciones implícitas en ellos.

Estas elucubraciones me han llevado a reconocer en mí la necesidad que tengo de asumir, cuando menos, la inquietud permanente de hacer algo al respecto y, desde entonces, he venido cuestionándome por mi resistencia a asumir otros roles dentro de mis procesos creativos, y que demandan nuevos desplazamientos. En cierta medida, este texto parte de ese deseo, que en este momento ha despertado mi interés por la dramaturgia y que pongo a disposición aquí, a manera de provocación para otras mujeres, con el anhelo de que sigamos atreviéndonos a abrir y ocupar espacios en los que hasta ahora nuestras voces siguen siendo minoría.

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