Mamá no quiero ser princesa

Literatura & Cómics
Mar, 2017
Artículo por Andrea Rojas Vásquez
Este artículo tuvo: 271 visitas, compártelo !
Compartir por Facebook Compartir por Twitter Compartir por mail

Artículos que te podría interesar

Caperucita fue mi primer amor.
Tenía la sensación de que,
si me hubiera casado con Caperucita Roja,
habría conocido la felicidad completa.»
Dickens

Vertiendo el presente al cosmos de la memoria, el primer pensamiento nos conduce a la infancia y como nexo inevitable accedemos al recuerdo de los de cuentos de hadas. Siendo numerosos los títulos y las versiones re-vivificadas en el discurrir de los tiempos, nos remitimos a Perrault y los hermanos Grimm como los primeros narradores. Este es un dato curioso si se ha nacido después de los noventa, simultáneo con las entregas de Disney de personajes que, sin importar si se les incendia la casa o se les cae el mundo encima, exhiben una perfecta y traslúcida sonrisa. O la invención de la princesa cuya hermosura y grácil delicadeza la torna indefensa; siempre casta y reservada en un estado casi monástico a la espera de un príncipe rubio, guapo y escandinavo que combata dragones al estilo épico de 300.

 

Todo va aparentemente bien al consumir estos contenidos siendo pequeños, hasta que llega el día en donde las hormonas hacen lo suyo y viene la pubertad, la adolescencia, el camino a la adultez del que, sin lugar a duda, emergemos como gatos en celo, magullados. Y apuntamos con el dedo acusador: esto es un engaño. Besamos varios tipos, con o sin mucha pinta pero con labia de sapos, y ninguno se ha transformado. De esta forma ocurre el desencanto.

 

Sin embargo, apartándonos de las versiones embellecidas para proporcionar entretenimiento, encontramos que existe una funcionalidad real en los cuentos de hadas. Es errático pedir a un/a niño/a comprender lo que llamamos vida desde la mirada adulta. No se puede decir, por ejemplo: crecerás, romperás un par de corazones y te romperán el corazón, pero tu dolor emocional pasará a segundo plano cuando tus egresos sean más grandes que tus ingresos y además tengas que pagar la hipoteca de tu casa. ¡No! No podemos decir eso. Y, aunque lo expresáramos con tal crudeza, tampoco acertaríamos, pues es entregar al o la niño/a una perspectiva personal y unilateral cuando el encuentro con la realidad consiste en mirar como en un calidoscopio; multiplicidad de contrastes y ángulos.

 

Se dice que la escritura toma cuerpo sólo al ser leída, pues cada lector interpreta el texto y lo vivifica. Pero, en el caso de los cuentos de hadas, es necesario proceder bajo la directriz de los símbolos. Cuando me relataron Caperucita – la historia de la inocente nenita de capa roja que se introduce en el verdor del bosque cumpliendo un mandado de su madre y que, al llegar a su destino, encuentra las fauces de un lobo travesti en lugar de abuela- comprendí, únicamente, que no debía distraerme en los encargos. Lo que desconocía es que el cuento hablaba al inconsciente.

 

Bruno Bettelheim, psicoanalista y psicólogo austriaco, en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, sostiene que los cuentos de hadas enfrentan debidamente al niño con conflictos humanos básicos. “Queremos que nuestros hijos crean que los hombres son buenos por naturaleza. Pero los niños saben que ellos no siempre son buenos; y, a menudo, cuando lo son, preferirían no serlo. Esto contradice lo que sus padres afirman, y por esta razón el niño se ve a sí mismo como un monstruo.”

 

 

Dado que la visión del niño es dicotómica se plantea la idea del bien enfrentado contra el mal, se esboza personajes con problemas existenciales, empáticos como la envidia en la belleza en la bruja de Blanca Nieves o la competitividad entre hermanos en Los Tres Cerditos y propone herramientas para actuar en casos catastróficos como la muerte.

 

Otra funcionalidad de las historias mágicas, además de confrontarnos con nuestros temores como en Hansel y Gretel –símbolo de la angustia de ser separados de nuestros padres- es encarnar la realidad de la época. En Hansel y Gretel, la escasez es tan grande que se prefiere abandonar a los hijos en el bosque a verlos morir de hambre.

 

Historias contemporáneas a las de Lewis Carrol en

Alicia en el país de las maravillas, invitan al lector a

 

 

 

sumergirse más allá de la propia fantasía. Los niños del agua, una historia inglesa no tan popular de Charles Kingsley, narra la travesía de un niño deshollinador que al caer por una chimenea se aterroriza por el posible castigo del amo y decide ocultarse en el agua, lugar en donde deberá madurar antes de ascender a la superficie, “denuncia -según el prólogo del mismo- la esclavitud infantil, la mala calidad del sistema educativo, los errores científicos y defiende la evolución de las especies según Darwin».

 

Simbolismos

 

Los cuentos de hadas abordan, igualmente, el tabú de la sexualidad. Si Perrault, apegado a las lecciones de moralidad describe una Caperucita engullida por el lobo sin ayuda a su alcance, dejando como en un creepy pasta que la niña no sólo coma la carne y sangre de la abuela que la bestia ha descuartizado, sino que se desprenda de su vestido -su inocencia- en un acto más que sugerente. Mientras que Los hermanos Grimm despojados de la dureza, trazan la idea de un cazador que desprende a la niña de las entrañas de la criatura.

 

El simbolismo del color rojo envuelve las emociones frenéticas de carácter sexual aprovechadas por un lobo seductor al acecho. “¿Por qué tienes esa boca tan grande abuelita? / Para comerte mejor”, son sin duda metáfora de las tentativas de un hombre, y sus brazos “para abrazarte mejor”, la invitación cálida del deseo.

 

Una historia cinematográfica que personifica bastante bien el clásico de la Caperucita es An Education, sobria cinta británica en donde se relata la historia de una joven estudiante brillante y seducida por un hombre mayor que responde a sus deseos reprimidos.

 

Fuera de lo que es políticamente correcto y de los estereotipos, los cuentos de hadas bien explicados y comprendidos nos ofrecen la esperanza como remo ante las tempestades de la vida. No sorprende hoy ver a una Rapuncel de cabello corto, o una Princesa Valiente más guerrera que princesa, peleando por sí misma.

 

El rol de la imagen de la mujer ha transmutado evidentemente. Si en el pasado nos vendían la imagen de la suave princesa que, contrario a caminar o esforzarse casi levita sobre sí misma, en la actualidad nos dictan ser una especie de octópodos multifunciones: esposa, mamá, amiguis, amante despierta, serpientes y aventureras. ¡A trabajar se ha dicho! Porque somos tan modernas que nos denominamos iguales mientras los hombres van sentados y las mujeres lucen hermosamente erguidas y cansadas con las bolsas de la comida.

 

(Pensándolo bien, mamá, de vez en cuando quiero ser princesa)


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • NUEVOS

    Entrevista a Andrés Zambrano

    Por el estreno de la obra El Público, de Federico García LorcaUna pequeña entrevista al director de la famosa y …

    Leer más

    Poesía y ciudad también se pueden escribir con M

    Una de las características menos laureadas de la poesía y su complejo transitar entre las páginas del tiempo es la …

    Leer más

    Somos escenario del mundo

    Escenarios del Mundo, Festival Internacional de Artes Escénicas de Cuenca se ejecuta del 26 de septiembre al 7 de octubre …

    Leer más

    Cuando las resistencias son (pre)históricas

    Tenemos tan interiorizada la mirada masculina que siguen sorprendiéndonos noticias, artículos o ensayos que cuestionan nuestro enfoque falocéntrico y proponen …

    Leer más

    El Sur Cine Lab o los caballeros de la triste figura

    Como un guerrillero cruzando una montaña echa de harapos, el viento aplastándole la espalda, la sonrisa casi de escarcha vieja, …

    Leer más

  • AGENDA REPÚBLICA SUR
  • ÚLTIMA EDICIÓN