Sobre Madame Ho – escritura de viaje, de Gabriela Ruiz Agila

Literatura & Cómics
Abr, 2017
Artículo por Andrea Crespo Granda
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(La caída editorial; Ecuador, 2017)

La buena escritura, ese oficio de arado en el lenguaje y sus significaciones fallidas, no participa en el binarismo mujer-hombre; su radicalidad se desplaza sobre la hoja desde algo del orden del fuego: capacidad para saber hacer arder un deseo que no se resuelve. Sin embargo, sería necio negar que los lugares de enunciación de quien escribe marcan un trazo trasparente, una mirada oblicua sobre ese nudo escritural. Algo así como ese “Garabateo a puño lo que ahora empezaré a contar” con el que inicia la autora su Escritura de Viaje.

 

El poemario de Gabriela Ruiz presenta una serie de panoramas: compuertas, viajes, terrenos iniciáticos (no por primera experiencia, sino por primera advertencia, asombro del amor como presencia menguada). Es así que, en cada página cada texto está encabezado por un año que en algunos casos se acompaña con un pie de página; estrategia en donde pareciera que la autora busca dar una explicación, una coordenada. Pero, preferiría formular dos premisas al respecto:

a.- El añocita funciona como una cortina desde la cual la voz poética activa un segundo paisaje. El poema no solo nos ubica en un diario de viajero: se convierte así en un telón de fondo para la historia imaginada. El resquicio del azar (licencia de la que disponemos los lectores/as).

b.- El añocita es el verdadero poema -y esta opción es la que conmueve-, pues en esta irrupción cruda, carente de imágenes líricas, se devela la verdadera historia/escritura del viaje (el que se desplaza lo hace porque está habitado por preguntas). Son las dudas no dichas -aquello que merodea y no en-cuentra fonemas- lo que nos deja en situación de péndulo. De esta manera, las preguntas de la autora son reconocimientos y señaléticas en la mitad de una guerra: ¿podemos amar en el horror?, ¿podemos amar en la violencia (del abandono, del deseo extraviado)?

 

Como la opción b.- es lo que me importa, me centraré en ese punto y presento a continuación tres enunciados antojadizos desde los cuales fundo mi abordaje al poemario de G. Ruiz:

 

1.

Pasolini profesaba que todos estábamos en peligro. No se trata del peligro de una guerra explícita, lo que el poeta indicaba es que sobre nosotros/as, cae la sombra de una violencia radical que ahora nos gobierna; conflicto pequeño, diario, acribillándonos con formularios. Cualquiera podría matarnos por un ascenso, tal como ocurre en el poema Cohaulia, 1973, allí “La explosión de las minas carboneras 2 y 3 “Guadalupe” el 31 de marzo de 1969. Coahuila se convirtió en un pueblo de viudas y madres sin hijos.” (pág. 12). Los espacios entre el título, el poema y la nota, bien podrían ser tratados como aperturas de sentidos, donde lo cotidiano es el lugar de la amenaza serena y “abordar el primer autobús” es una táctica contra las ofensivas.

 

2.

Karl Kraus revisaba obsesivamente los diarios para buscar en las erratas de la prensa indicios del arribo del fascismo, pues para él, el lenguaje es evidencia del mal. Y así en el poema La Frontera. Año Nuevo 1953, la voz poética indi-ca: “Estoy en un trance agotador sin sueño, sin el deseo de co-mer, sin el deseo del agua, pensando en esa separación de los hemisferios, de los continentes, de los mares. El ayuno ha plantado un aura de hambre como campo magnético que me tienta.” (SIC)

Poema cuyo corolario radica en la nota al pie de página: “Extraño sabor metálico en el aire” pruebas atómicas en Utah y Nevada, EE.UU. Hallazgos relevantes para descu-brir la estructura del ADN” (pág. 20). El lenguaje como indicador, la cita como un bolsillo secreto en el cual la autora deposita la ausencia de raciocinio –del amor y de la guerra-.

3.

“¿Qué es el amor?

Dar lo que no se tiene ” 1 (a quien no es)

La formulación lacaniana ante la pregunta del amor abre una serie de compuertas. Terminar con la visión del uno completo para abrazar la fragmentaria melancolía. Algo que no tengo (ese no saber hacer) se entrega a Otro (no esperando correspondencias, pero sí mirada); y ese Otro también juega en esta entrega. Tal vez no lo sepa, pero la ausencia depositada en su ser está mediada por la con-fesión: saber amar en confesar nuestras faltas. El poema señala:

 

“Levanto mi mano hacia el infinito sur el chasquido de la celebración se cierne en el sonido marciano de la batería,

 

(((( mi luna )))) su rastro de suertes dispuesta a bailar sobre los anillos de luz ebria en febrero, ima-gen dulce y púrpura, dispuesta a disolver la cura de ese amor en jarabe para la tos para que me vaya dur-miendo. Me iré durmiendo. Así lo espero.”

Un amor menos tonto, es un llamado psi-coanalítico. Entiéndase bien: no se trata de no ceder a sus códigos, el llamado va por la línea de al menos intuir que al amar a Otro/a estamos tratando de descífranos a nosotros mismos.

Fuente: madameho.wordpress.com

 

Invito a leer de forma arbitraria y lateral estos poemas que G. Ruiz reúne en estas escrituras. Al final sin sospecharlo, el lector encontrará algo de sus fallas, de sus guerras en las geografías inmateriales del recuerdo.


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