Leer sin prejuicios, leer con felicidad

Literatura & Cómics
Jun, 2016
Artículo por Juan Carlos Moya*
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Fuente: www.eltelegrafo.com.ec / Juan Carlos Moya

Inventemos a Bob: un joven crítico, y digamos que ha nacido recientemente en un pueblito orillado.

Bob no supera las tres décadas de edad. Y recién le ha brotado una leve pelusilla sobre el labio lácteo y pontificado por la universidad.

Es demasiado joven para no entender su adolescencia y anhela algún día ser, él también, un creador, un artista, un escritor.

Es demasiado joven para desmentir su juventud, ignora que ignora.

Es demasiado joven para distanciarse de los compromisos, amistades de su parroquia y de sus propias querencias. No entiende, aún, la palabra distancia, reposo y mesura.

Es demasiado joven y su debilidad son los juguetes y fruslerías del siglo de la internet. El resto, lo que huele a clásico, le parece con una sonrisa ya superado.

A menudo, su corta edad le dicta fiebres continuas de irreverencia, frivolidad, pedantería y prepotencia infantil.

Bob, a quien se le encarga leer libros, aventura sus comentarios y especulaciones, cotejando las obras con los guiones de cine, series de televisión, engranajes fílmicos: vértigo de farándula y cómic.

Todavía no descubre que la literatura es una voz personal y no un coro de sus amigos.

Le tomará algunos años envejecer, y eso se paga con explosiones de adolescencia o sonrisas.

Hay que desmentir la juventud…

Por lo pronto, el joven crítico, apenas dialoga y comprende el embrujo del cinematógrafo y las redacciones irreverentes, prosaicas.

Y más de una vez se ha resistido a visitar el siglo XVIII, el XIX, inicios del XX, Grecia, Roma, La Mancha.

Este joven crítico, Bob, es ciego ante la mano del anciano limpiando el polvo de los días sobre sus mañanas, no comprende la paciencia de un río que se seca y espera el invierno para crecer otra vez, no presta atención al dibujo errático de una abeja sobre una flor y de repente un disparo en el bosque…

Otra voz, quizá equívoca, le dicta al joven crítico mostrarse como un perdonavidas, más inteligente y sensible que el mismo artista, escritor o creador. Y más de una vez la palabra viejo no la emparenta con sabio, sino con obsoleto.

Nótese que es una elección personal.

Juventud, divino tesoro. Bienvenido, Bob.

Dos décadas después, cruzados los cuarenta años, barbado y cascado por una inexplicable fatiga, cuando la vida ha perdido el color, cuando ha hecho las paces con el mundo y sabe que no va a ninguna parte, cuando es arrastrado por una fuerza más poderosa que él y sabe que está yendo para viejo, Bob descubre la obra crítica y morigerada de Rafael Conte, lúcido lector, viejo crítico (ya fallecido) que supo enaltecer su oficio, cultivarlo, prepararse para él, leer con generosidad y severidad, viejo zorro que sabía diferenciar y separar la paja del trigo.

Queda bien cerrar este breve artículo con el nombre de un crítico mayor: Conte a diferencia del joven Bob, fue un lector generoso y solitario, desprejuiciado y atento a la experiencia personal y escrita que expone cada libro. Era, ante todo, como lo dijo el obituario de Juan Cruz en diario El PAÍS: «Un lector feliz».

 

*Juan Carlos Moya

Nació en la provincia de Cotopaxi, y pasó su infancia entre los bosques de El Chasqui y las orillas de Latacunga.

A los 27 años ganó el Premio Nacional de Periodismo Jorge Mantilla Ortega.

A los 28, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano — fundada por Gabriel García Márquez— le hizo merecedor de una beca de estudios con Ryszard Kapuscinski, en Buenos Aires.

En 2014, Editorial Planeta de Colombia seleccionó su novela Caballos en la niebla y la editó bajo el sello Seix Barral.

Sus cuentos constan en antologías de Ecuador, Cuba y España. Fue presentador de un programa de cine para la televisión, y en las noches mantuvo al aire un programa de entrevistas en la radio llamado Moya Nocturno.

Actualmente brinda asesorías de comunicación y escribe su segunda novela.


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