La Vida Exterior

Literatura & Cómics
Ene, 2017
Artículo por Luis Felipe Aguilar
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Fuente: facebook

No sé si ustedes lo han sentido o lo saben, pero entre escritores, algunas veces, hay cierto aire que evoca a la envidia. Una línea por ahí, un párrafo, o una página sobre todo en los días de juventud hacen que uno mire con cierto anhelo a la escritura ajena, en especial si se conoce al autor. Luego, cuando vienen los días en los que trabajos ajenos a la literatura, dígase lo sencillamente cotidiano, lo que suele calificarse como “otras responsabilidades” nos distrae de las preocupaciones poéticas que nos poseen, es cuando entonces miramos a aquel que tiene más horas para escribir, para leer, para asistir a todos los días a la feria del libro, al encuentro, al taller etc, etc, ahí sí, con total, no hay de otra, purísima envidia. Y a pesar de eso todo se mantiene dentro de lo que entendemos por normal. Uno entrega las horas que se pueden dar, con procrastinación y todo, a escribir, porque al fin y al cabo los escritores se hacen escribiendo y leyendo, no mirando al otro, si no admirándolo. Pero cla-ro, la cosa no termina ahí, es que la vida en algún momento entre copa y página nos pone al frente, dolorosamente para el humilde ser que cuenta las horas del fin de semana, a aquel que no sabemos bien por qué tiene como adicción universal – y la palabra no es exagerada – a la literatura.

 

A tal punto llega ésta que sus vicios, gustos comunes, prosaicos, sublimes o excéntricos serpentean alrededor de eso ­– la literatura ­–, que ya en boca de él suena a clonación o como él posiblemente diría “a un disfraz de la aliteración”. Es que semejante personaje es el mejor candidato para decir las palabras de su agonía con perfecta gramática y elegante estilo. Y entonces la envidia resulta poca. Y disculpen, quiero tratar de ser claro, lo insospechado sucede cuando este personaje que uno intuye que existe, se materializa. Me refiero a aquel que podemos llamar como “el hechizado”, el que con o sin tiempo, trabajo mundano o no, respira letras, poemas, novelas, cuentos. Es aquel que cuando gira su taza de café seguramente imagina las palabras que describen al protagonista de su cuento cuando este sostiene una taza del café en medio de la feroz tormenta, él que posiblemente mientras desviste a su amante recuerda algún poema, y si no lo hace cae por defecto en el trópico de cáncer de Henry Miller o tiene infinitas ganas de tener una conversación al estilo de la filosofía del tocador del marqués de Sade.

 

Bueno, y si no se han topado con semejante ser, permítanme presentarlo. Carlos Vásconez es uno de esos hechizados, y en su nueva novela “La vida exterior” consta por protagonista, y aquí está la justificación de mis palabras previas, otro hechizado, nada más y nada menos que el estrafalario Belmondo McGuffin.

 

No entraré a contarles con pleno detalle los pormenores de la vida de Belmondo, diré tan solo como abre boca que ese no es su verdadero nombre y que las similitudes con el autor si bien son varias se ven como excepciones si contamos las diferencias. Primero, porque esta novela y sus personajes son producto del hechizo que posee a Carlos Vásconez, hablo de ese impulso que lo ha llevado, en este punto, sí, tal como hace Belmondo, a asistir las tardes a la universidad para leer entre sus jardines. Y segundo, porque esta novela, contada en clave de diario, se encuentra redactada en unas pocas páginas la autografía de Belmondo, que se aleja mucho de la cuencana vida de Carlos.

 

Permítanme por lo tanto leer unos pocos extractos de la entrada del diario del domingo 16 de marzo, que corresponden a la autobiografía de Belmondo McGuffin.

 

Primer extracto:

“Cuento con 41 primaveras en un lugar donde no hay distingo entre primavera o invierno. En mis ojos, violencia inútil. Tengo un problema en el ojo izquierdo que hace que vea las cosas un tanto nebulosas y que me opongo a consultar con un especialista.”

 

Segundo extracto:

“Aprendí a escribir copiando. Copié por doquier cual obseso. Siempre oí con atención los cuentos de la gente. Sus murmullos. Luego sucedió lo mismo con los libros que leía. A mitad del Quijote imaginé a un Sancho asesino que guiaba a su señor al paredón. Es entonces cuando aprendí a leer con lentitud, a imaginar el porvenir de los personajes, darles “mis propios destinos”.

 

Tercer extracto:

“Me negué a los títulos académicos, aunque me empeciné en asistir a la universidad a leer en sus jardines. Podría catalogarme a mí mismo como un infiltrado: no me inscribía pero por ahí andaba, persiguiendo con la mirada a las muchachas que, sumergidas en sus vastedades, no me veían”

 

Cuarto extracto:

“Tengo la entera convicción de que hay que alistarse muy prestamente para beber, los pantalones deben estar ajustados y ser a la medida para que no estorben por el tiempo de sendentarismo que demanda la buena práctica espirituosa”

 

Y Quinto y último extracto:

“Cuando duermo, sueño en escribir”

¿No es definitivamente este personaje, como les decía, uno de los hechizados?

La otra protagonista, que en realidad es la única protagonista de la novela, es Adriana. Y sostengo que Adriana es la única protagonista porque ella es el diario de Belmondo, o lo que es lo mismo el diario de Belmondo habla de Adriana, y este diario constituye la novela: “La vida exterior”, pero en realidad quien escribe el diario es ella. ¿Les parece complicado? No lo es. Es hermoso. O como lo escribió Carlos en la página en que revela que quien manuscribe el diario es Adriana:

“Escribe en mi nombre para ser tan buena escritora como yo, y la historia, que es bien escrita por los monstruos, se le enreda entre los dedos como un hilo mal enhebrado, como mi cabello luego de releer un par de buenos libros”

¿Qué tenemos aquí? Una mujer, que parecería ser amada por el escritor, que escribe sobre ella misma como lo debería hacer él. ¿Y Quién es esa mujer?

En la entrada del diario del viernes 14 de marzo consta la biografía de Adriana, que esta vez revelaré a través de las siguientes sentencias:

No. 1: “La biografía de Adriana es harto sencilla. Niña bien. Metro sesenta y cinco.”

No. 2: “Hay gente magnética. Adriana es una de ellas. Gente que atrae a los verdugos”

No. 3: “Odia la palabra meliflua”

No. 4: “Tiene muy mala letra y adora a la Pizarnik”

No. 5: “El resto de su biografía soy yo”.

 

Pero vamos con otros datos de “La vida exterior”. La primera entrada del diario corresponde al miércoles 5 de marzo, la última al domingo 30 de marzo. La conjunción de los días de la semana con el mes de marzo nos da la pista que el año mas reciente en donde puede haber sido escrito el diario es el año 2014. Asunto, casi sin importancia que fue obviado expresamente por Carlos pero que junto con otras pistas, como la contemporaneidad, nos brinda la época en la que ocurre. Tenemos también el lugar, recordemos es un sitio en donde entre primavera y verano no hay distingo, y al que podemos añadir al menos la sierra andina, porque se nos dice en la novela que en una iglesia de los andes se casaron los padres de Adriana. Lo que no tenemos de forma expresa es el motivo. Es que no sabemos por qué Adriana decide ponerse en los zapatos de Belmondo y escribir lo que supone sería el diario del escritor para referirse en él a sí misma.

 

Pero es un misterio que debe permanecer, porque de esa forma nos permite imaginarnos el destino de Belmondo y Adriana que nosotros queramos, y porque además el elucubrar sobre el mismo tan solo nos da sosiego respecto al porqué del apellido de Belmondo McGuffin. Recuerden ustedes que un Mcguffin según lo explicó Hitchock es un elemento de misterio, que no necesariamente se resuelve, pero que permite que los personajes transiten por la trama. El circulo entonces se cierra, Belmondo es el Mcguffin de la vida exterior, o lo que es casi igual el pretexto de Adriana para transitar por la novela convertida en la amada y musa del escritor que tanto admira.

 

Quién sabe siguiendo esa línea se podría hasta sostener que cualquier escritor, como misterio que brinda vida a sus personajes es en si mismo un Mcguffin.

 

Dos cosas más, primero del libro como objeto. Aquí hay mano de editor en todos los detalles, gran trabajo. Noten por ejemplo por favor en la última página impresa una de las frases que ahí constan “Generar el roce, porque un roce– el de dos piedras- fue en algún tiempo lo que dio origen al mundo y a la cultura tal como la conocemos.” Que son suscritas modestamente sólo por las iniciales “GG”. Y segundo, aunque ya es evidente mi respuesta, no les he dicho todavía si la novela es buena o es mala. La verdad tengo el reparo de uno o dos verbos, no por mal usados, sino por tratarse de arcaísmos los cuales en todo caso le caen bien a la personalidad de Belmondo, por otra parte tal vez en algún punto podría afirmar que existe exageración en las referencias a los escritores que Belmondo y Carlos, no tengo la menor duda, admiran, pero eso no disminuye su calidad.

 

Esta novela es buena, debe satisfacer a Carlos que a fuerza de constancia, lectura y su propio talento, ha llegado en una suerte de escamoteo a materializar parte de los sueños que lo poseen. La prosa es exacta, el adjetivo el preciso, la historia aunque lenta en un inicio te engancha, tiene sorpresa y ritmo.

 

Bien logrado Carlos. Sí, definitivamente sí, la novela es buena.

No tengo más que decir que despierta, como bien lo decía al inicio, un poquito de envidia.


Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. Lola dice:

    Ups, saben estos señores que la francesa Annie Ernaux tiene un libro del 93 con el mismo nombre?

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