“La imposibilidad de leer a Kafka”, o la posibilidad de la anécdota

Literatura & Cómics
Oct, 2016
Artículo por Guillermo Gomezjurado Q
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Fuente: www.britannica.com / Franz Kafka

Borges promovió frecuentemente la difícil práctica del juego. Un ánimo lúdico permea, por ejemplo, sus diferentes entrevistas e intervenciones donde se puede ver cuánto disfrutaba de contraponer la afabilidad del erudito a la impostura del show mediático: puro performance, ironía en estado puro: Borges se burlaba del medio tomando voluntariamente el papel del desorientado, del anacrónico, del perdido. A un juego, entonces, sólo se le responde con otro juego: si uno toma esto como una conclusión parcial y la convierte, a su vez, en sentencia, obtiene un mandamiento amigable, una sabiduría pequeña.

 

No dejan de ser curiosas entonces tanto la facilidad con la que se olvida la razón lúdica de ciertos de textos (la intervención, la conferencia) como la forma un tanto abrupta con la que se nos recuerda que el juego, cuando el escritor se sale de su zona –y es, por ejemplo, hacedor de homenajes– no es más que eso: juego. Pongo a consideración un ejemplo. El caso que imagino es el de un lector al que se lo invita a participar en uno de esos homenajes que organizan las instituciones culturales en torno a escritores o artistas célebres. En esta ocasión, digamos, se trata de Kafka, y para ello se le encarga a dicho lector un pequeño texto que le rinda homenaje. Alguna cosa sobre el autor de La metamorfosis, piden, y Lector, ante tal gesto de amabilidad, echa como posibles algunos temas: La metamorfosis actualizada por Philip Roth (en El pecho), la lectura que hace Alan Pauls (en El pudor del pornógrafo) de la propuesta que, a su vez, hace Deleuze del uso desviado, perverso que Kafka hace de las cartas…

 

Como puede verse, por los temas que echa al mesón, Lector se ha puesto serio, rebuscado, solemne: se ve que detrás del anhelo de novedad se esconde ya la imposibilidad misma de hablar con novedad del tema. ¿Qué decir de Kafka?, ¿qué comentar sobre la transformación de Samsa?, etcétera. Lector, hay que decirlo, es joven pero no le gusta serlo demasiado como para engañarse y amagar con partir de cero. Tampoco es lo suficientemente viejo como para contentarse con la panorámica anecdótica, la reseñita informativa. Prefiere, ante tales posibilidades, el pie en falso, la posibilidad de que nadie lo entienda.

 

Pasan los días, y no empieza; por suerte no empieza; es más, gracias a Dios que no lo hace y ahorra fuerzas. Un hecho azaroso, un compromiso ganado con antelación se le adelanta y tiene que llamar a justificarse: no irá por tal razón, mil disculpas, una pena. A los dos días, sin embargo, salen estas palabras en estilo indirecto, que no son suyas, como suyas, en la prensa: Lector «se refiere a la obra La metamorfosis, un relato de Kafka publicado en 1915, y que, según dice, está lleno de temas y arquetipos sobre la alienación, la brutalidad física y psicológica, los conflictos entre padres e hijos, personajes en aventuras terroríficas, laberintos de burocracia, y transformaciones místicas»[1].

 

La prensa, además, dice que Lector participará ese día, ya no con un pequeño texto-ensayo sino con una conferencia. No le molesta, sin embargo, que la nota mienta al insistir que él va a presentarse al homenaje cuando antes se ha escusado con los organizadores del evento: sabe que nadie va a los eventos culturales, ni lee las exiguas y mal escritas páginas dedicadas a los hechos culturales en los periódicos, y esa es la razón por la que casi enseguida se niega también a escribir una carta pidiendo rectificación al diario. Esa dignidad de la protesta altiva, de la cartita de reclamo al editor, le parece, quedó en la Edad Media. Lo único que le incomoda es ver, parafraseadas como si fueran suyas, esas tres frasecitas que bien pudieron haber sido tomadas de Wikipedia; que debieron haber sido tomadas de Wikipedia.

 

Cuando está a punto de liquidar el asunto, dejándolo, como anécdota privada y simple constancia de la mediocridad de prensa, recuerda, como por milagro, las entrevistas falsas que Vila-Matas improvisaba cuando joven, a modo de supervivencia. Y se le da por pensar, finalmente, a través de contrastes. ¿Qué es lo que diferencia a esta minúscula notita de prensa, en la que falsamente se le han adjudicado tres clisés odiosos, de esas notoriamente creativas en las que Vila-Matas se inventaba, de la A a la Z, las respuestas posibles de Patti Smith?

 

Todo: la forma, el fondo, la fidelidad, el tipo de entrevistador y el nivel del entrevistado. Lo que le interesa a Lector, sin embargo, es pensar en lo que guarda el gesto; en lo que evidencian las entrevistas imaginarias de Vila-Matas, por un lado, y en lo que deja entrever esas tres líneas que le han tocado “decir” a él, un lector “joven”, pero que bien pudieron haberle sido concedidas a cualquier autor novel, de esos que pululan por ahí, quizá con excesiva frecuencia. La diferencia que lo fastidia, piensa Lector, más allá del ingenio o la pericia formal –que, como se ha visto por lo escrito, en el periodista brillan por su ausencia–, está en el origen, en la raíz misma de los ejercicios.

 

Así, si Vila-Matas logra con sus entrevistas un acto creativo, “fiel” a sus entrevistados, es porque las suyas intentan ser empresas originales para personas singulares; independientemente de que sus “entrevistados” lleguen a ser rock stars, lo que hace el escritor español, en esencia, es imaginar la respuesta personal de quien tiene sus ideas propias, que pueden o no estar bien justificadas, que pueden coincidir o parecerse a las de los demás, pero que difícilmente serán idénticas a las de los otros.

 

Esta autonomía, de tener ideas personales respecto a cierto tema (que ciertamente no es patrimonio excluyente de un rock star, sino de quien tenga la posibilidad de un mínimo de raciocinio, y lo ejerza), era, a la postre, la característica que el periodista me negaba, en cuanto Lector, con su nota de prensa, como si uno estuviera obligado, al improvisar una lectura de Kafka, a hablar en torno a los «arquetipos sobre la alienación, la brutalidad física y psicológica, los conflictos entre padres e hijos»; es decir, a repetir el viejo y gastado casette que se ha institucionalizado alrededor de Kafka.

 

El “lector joven”, dicho en pocas palabras, como la posibilidad del asentimiento pasivo; como la pieza de actualización negativa, por copy paste, de lo dicho por otro; como el chivo expiatorio de cualquier cosa: esto es, para mí, lo que esconde, en tanto gesto, la nota de prensa inventada por el periodista, y ese gesto, como se sabe, dice más del periodista, que del Lector, que, hasta ahora, no ha dicho absolutamente nada sobre Kafka.

 

Ahora bien, hecho esto, sacado el diablo de la botella de Lector que demasiado a menudo pierde la paciencia cuando lo confunden con un Autor Joven, y amenazan con asignarle por ende las palabras genéricas, sacadas de Wikipedia, que demasiado a menudo se suelen esperar de tales pandillas en nuestro medio, propongo, mi verdadero y actual homenaje a Kafka: este consistiría en imaginar un uso perverso de la “conferencia”, del “texto-homenaje”: en este, el homenaje se ofrecería como tal desde la primera línea pero a la final no llegaría nunca, o llegaría convertido en otra cosa; por ejemplo: un homenaje que amanece convertido en una queja.


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