Intuir la necedad. Conjurar la diferencia

Literatura & Cómics
Jul, 2019
Artículo por Daniel Félix
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  • Un acercamiento a la Conjura de los Necios, de J.K. Toole

    Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar, y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez…

    J.K. Toole

     

    Intuir

    ¿Con qué vara medimos e intuimos las diferencias, secreta, visceralmente, y accedemos al entendimiento que se esconde en lo que ignoramos? Eso que tememos, que desconocemos; aquello que no es igual a nosotros mismos; lo que queda por fuera, excluido, censurado de nuestra razón. El absurdo.

     

    Se puede pensar, con todo derecho, que el humano y la especie se construyen de manera liminal, es decir, marcando los límites de lo que no es dado pensar, sentir, actuar, de acuerdo con los contextos de los que formamos parte. La psicología, por ejemplo, que se encarga científicamente de normar el comportamiento. Las cartografías del alma que nos tallan, nos forman y deforman. Las redes que nos atrapan sin darnos cuenta y nos hablan secretamente de una moral determinada, entredicha, indiscutible. Y a todo lo demás, se lo denomina: el absurdo.

     

    John Kennedy Toole escribe La conjura de los necios (A Confederancy of Dunces) y después de ser rechazada para su publicación, se mata conectando una manguera al tubo de escape de su automóvil. En el epígrafe de la novela, Swift sentencia: «cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él». La genialidad como estigma. La muerte como receta, en el caso del autor. El absurdo como motivo, en el caso de la novela. El vínculo entre ambas cosas, en el caso de lo que se plantea en este texto. Todo apoyado a exceder la racionalidad del lenguaje y de la lectura de esta novela norteamericana, publicada en 1980 (diez años después del suicidio de su autor), y galardonada con el Pulitzer en 1981.

     

    Esta línea que nos proponemos transitar tiene por eje a Ignatius Reilly, personaje central de La Conjura…, cuya pantagruélica figura sirve de herramienta para criticar distintos ámbitos de la sociedad representada. Ignatius es un medievalista, un sujeto que defiende el régimen monárquico, que busca en cada uno de sus actos la «geometría y teología adecuadas»; un gentilhombre, un alma buena, extraviado en el espacio narrativo (Nueva Orleans, s. XX); un obeso ilustrado, en contra de todas las igualdades, que descarga su descontento, sino resentimiento, en cuadernillos llenos de vehementes planes para deslindarse del mundo que lo rodea. Y muchas flatulencias.

     

    No es el desencanto del mundo, pero sí una vigorosa sátira, lo que pone en marcha la serie de aventuras a las que a Ignatius se ve empujado por la trama. Por ejemplo, cuando intenta conformar un partido político de homosexuales para alcanzar la paz mundial. Nuestro primer paso será elegir a uno de ellos para un cargo muy elevado: la Presidencia, si fortuna nos es propicia. Luego habrán de infiltrarse entre los militares. Como soldados, estarán todos tan continuamente consagrados a confraternizar entre sí, confeccionándose los uniformes de modo que ajusten como tripas de salchicha, inventando trajes de combate nuevos, dando fiestas y cocteles, etc., que no tendrán tiempo de combatir. Una suerte de humor que se intuye sombrío, que podría ofender, que conmociona en su disparate, que hiere en lugares moralmente sensibles. Lo cierto es que hay trasfondos, temáticas, que no pueden ser tratados directamente. Por eso el lenguaje literario: para decir cosas que de otra manera no podrían darse a entender. El humor apela a la razón, ciertamente, pero también la excede y deforma. La vehemencia como una promesa de días futuros.

     

    Así las cosas. Con La Conjura… John Kennedy Toole fracasaba por segunda ocasión. El primer fracaso: un libro llamado La Biblia de Neón, que había presentado en un concurso y había perdido. Una temporada en el ejército, entretanto, trabajando como profesor de inglés para reclutas hispanos. El retorno a su ciudad natal, Nueva Orleans, a la casa de su madre, quien jugaría un papel fundamental en la publicación póstuma de La Conjura… La vida de la ciudad cumple un rol en la construcción de los escenarios de la novela. Bares empolvados, bailarinas con animales exóticos, marineritos de plaza, fábricas de ropa, secretarias seniles. La representación de un universo incontenible a través de personajes y situaciones humorísticas, paródicas. Las aventuras de Ignatius Reilly por Nueva Orleans se disparatan urdiendo tramas sobre su gorda imagen, entre eructos, diálogos y monólogos, develando detrás de los argumentos un aislamiento voluntario y obligado, una doble vía de separación entre el personaje y el mundo que lo rodea.

     

     

    Conjura

    Hay una estética que trasciende la forma. En esta premisa se sostiene todo arte moderno, en la separación de lo bueno y lo bello. La idea es esta: lo que acontece es percibido antes su racionalización. Se intuyen las cosas de este mundo, antes de saber de ellas. Es a través de la intuición del mundo (previa a su entendimiento) que el ser humano se puede aproximar a la belleza de las cosas. Intuimos la belleza en lo abyecto, por ejemplo, en aquellas cosas que a la luz de la razón podemos considerar negativas, miserables, malas. Y así con las historias propias de la modernidad, con el antihéroe, con el absurdo como género que trasciende la comedia y la tragedia, que conecta la risa y el terror, que ilumina sobre lugares desconocidos las necedades del tiempo.

     

    La culpa la tiene nuestra sociedad. Los jóvenes, enloquecidos por sugestivos programas de televisión y publicaciones lascivas se han dedicado, al parecer, a asociarse con ciertas adolescentes más bien convencionales que se niegan a participar en sus imaginativos programas sexuales. Sus deseos físicos insatisfechos han de buscar, en consecuencia, una sublimación en la comida. Yo, por desgracia, fui la víctima de todo esto. Podemos dar gracias a Dios de que el muchacho haya recurrido a la comida como vía de desahogo. Si no, podría haberme violado allí mismo en plena calle.

     

    Esa pulsión básica que nos une y separa; que agrupa y aparta. Esos mecanismos de exclusión que apuntan al fortalecimiento de la masa. El número que vence al individuo. Un conjuro en el sentido de una maldición, de una conspiración, destinada a sostenerse de manera maquinal. Una fuerza igualadora que habita en nosotros, que delimita nuestros territorios. El espíritu de la venganza que niega las diferencias y el espíritu de la risa que las contiene.

     

    La Conjura… atraviesa, sino alborota, de forma crítica todos los aspectos de la sociedad norteamericana de su época. En boca de Ignatius y otros personajes, Toole se burla de la cultura moderna del consumo y sus mecanismos de marginalidad, para donar una obra de una sensibilidad singular. Hay una extraña fusión entre el autor y la novela que dialogan y construyen una transtextualidad fatal. Esa vara que aísla, que divide los que somos de los que no seremos. Esa maquinaria sin rostro que mueve a la gente, la condiciona y entristece, cuyos únicos escapes posible aparentemente son la muerte o la locura.

     

    Es posible evocar, hasta habitar a Ignatius. El editor que publicó la novela diez años después del suicidio de Toole, Walker Percy, lo describe así:

     

    «He aquí a Ignatius Reilly, sin progenitor en ninguna literatura que yo conozca (un tipo raro, una especie de Oliver Hardy [el gordo del Gordo y el Flaco] delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno), en violenta rebeldía contra toda la edad moderna, tumbado en la cama con su camisón de franela, en el dormitorio de su hogar de la Calle Constantinopla de Nueva Orleans, llenando cuadernos y cuadernos de vituperios entre gigantescos accesos de flato y eructos.»

     

    Y exhorta a leer la obra. Algo que se hace también en este texto. La vida del autor, es sabido, no es lo que interesa. La Conjura de los Necios deviene asombro, estremecimiento, broma y lamento a la vez, en verdad, detrás de los ingenios de Ignatius Reylli, su madre y los pintorescos personajes que la habitan. Se intuye la belleza. Se conjura la sombra.

     

     

    Daniel Félix


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