Crónicas de Murakami en Quito (sin Murakami)

Literatura & Cómics
Dic, 2018
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  • Fuente: Ana Cristina Franco Varea

    Día 1

    Saber que Murakami está, en este instante, en la misma ciudad que yo me provoca mucha ansiedad. Decido vestirme de detective e ir a buscarlo en su hotel. Sobretodo verde, gafas Ray-Ban, cámara de fotos y Kafka en la orilla en el bolso, como si fuera un revolver.

    Camino despacio, tomo agua mineral y miro el cielo. Cuando bajo del taxi, nada me parece real. El aire parece tener otra textura, una parecida a la de los sueños. Al llegar a las afueras de su hotel, imagino/siento que soy algo así como una agente privada; me siento exactamente como si estuviera dentro de una novela suya. Entro al bar del hotel, temo que no me dejen pasar, tal vez se den cuenta de que soy sospechosa. «Estoy esperando a alguien», digo al pasar, como defendiéndome. Pido la carta fingiendo seguridad, pero en realidad, tengo miedo, estoy nerviosísima. Me siento una especie de espía o un gánster. Miro alrededor, no debo ser descubierta.

    Los precios del menú superan los veinte dólares. Recuerdo mis 13 años, mis primeras salidas sola, es decir, sin adultos; el vértigo que me provocaba ir a espacios que no sentía míos con la sensación de hacer algo peligroso o de estar infiltrada en un lugar extraño intentando hacer todo lo posible para que no descubrieran que yo no era como los demás. Desde este lugar de voyeur que es como un balcón secreto del que se mira el abismo, bebo el agua mineral más cara del mundo. Miro de reojo hacia las otras mesas.

    Unos gringos. Una familia. Empresarios. Ninguno es Murakami. Aunque es obvio que nadie me mira, insisto en pasar desapercibida y reviso el celular. ¿Y si viene? Me entra el clásico miedo de pasar como una vulgar grupi, cuando en realidad me siento como una detective metafísica.

    Porque no he ido hasta allí por una foto, ni por una firma, menos aún, a darle un ridículo texto mío como he escuchado se acostumbra por aquí con escritores famosos, con la esperanza de que «descubran su talento» (¿eso es verdad?, ¿hay escritores que en vez de pedir un humilde autógrafo ofrecen sus propios textos para que los escritores invitados los revisen?… qué cosas, qué vergüenza). Entonces, ¿qué espero? No lo sé, supongo que algo así como una señal, encontrar la clave para pasar a una realidad paralela, qué sé yo.

    Recuerdo que en un texto que escribí sobre él hablé sobre la flor azul de Novalis, el símbolo de la unión del mundo real y el de los sueños. Me levanto y pago la cuenta. Decido revelar mi secreto y preguntar por él. El recepcionista, cauteloso, me dice que sí, que, en efecto, se hospeda en aquel hotel, que es una persona «bastante tranquila», que debe llegar pasadas las cinco. Pero ya no puedo esperar más.

    Pienso en dejarle algo en recepción (¿por qué siempre pedir algo, en vez de dejar algo?). ¿Una pequeña nota de agradecimiento por sus libros?, pero ¿le llegaría?, ¿la leería?, ¿acabaría en la basura?, y más que eso: ¿tiene sentido? No lo creo… No. Tal vez esta experiencia deba ser así, secreta, absurda y secreta.

    Me retiro, es lo mejor. Afuera, todavía me siento parte de una de sus novelas. Nada de lo que pasa me parece real, cada persona es alucinante. Sobre todo, me llama la atención un vagabundo de esos con la cara llena de tiempo, lleva un terno elegante y va bien peinado. Sostiene un ramo de rosas. Le pido que me deje tomarle una foto. Después me regala una flor. Le doy una moneda y me voy.

    En el taxi, saco del fondo de mi cartera el libro, después miro la flor que me ha regalado el vagabundo. Parece de otro planeta, es azul. Azul. Entonces lo entiendo: tengo la flor azul en mis manos. He venido a buscar a Murakami y sí que lo he encontrado un poco. Quería dejarle una pista, pero el que me ha dejado la pista ha sido él: ahí está la flor azul, en mis manos. Releo las últimas páginas de Kafka en la orilla y pienso que nadie, nunca, ha narrado tan maravillosamente la experiencia dolorosa y bella de atravesar una crisis.

    El bosque y la lluvia no son otra cosa que la metáfora de crecer. Miro la flor azul, pienso en la magia, en la escritura, en la vida. Lloro un poco pensando que esta pequeña/gran experiencia no le importará ni le servirá a nadie más que a mi. Es, de alguna manera, invisible. Y por eso he triunfado en este día con una causa tan inútil. Y sé que al igual que el Joven llamado Cuervo, cuando baje de este taxi, habré pasado a formar parte de un mundo nuevo.

    Día 2

    Sí, es Murakami. Un poco más humano de lo que me imaginaba, es cierto. Sus zapatos de goma con cordones fosforescentes son la prueba de que es él. Pienso que es genial (¿por qué no?) recibir a un escritor como a una estrella de rock. Después de todo, él es una estrella de rock.

    Murakami dice que para escribir, al igual que Torou Okada para entrar al pozo, tiene una rutina. Okada se pone zapatos tenis, agarra un bate de besibol por si acaso deba matar algún monstruo del subconsciente, y desciende en el pozo. Así mismo, Murakami duerme bien, toma un desayuno ligero y atraviesa el umbral.

    Después regresa, (lo importante es regresar, nos advierte) y pasa el día con su esposa, tal vez da un paseo con ella y tal vez sale a correr. Ahora entiendo por qué sus personajes tienen un excelente estado físico, porque se necesita estar en forma para pasar —todos los días— al otro lado y después poder volver (lo importante es saber regresar, nos advierte otra vez).

    Murakami, a diferencia de otros grandes, no escribe bajo sustancias psicotrópicas ni cuando le «asalta» la inspiración. Para él, la inspiración es un viaje hacia otro mundo que hay que hacer todos los días con horario. Y para eso necesita, debe, estar en forma. Porque solo así se puede volver (todos podemos ir a ese otro mundo, nos dice, pero lo importante, sí, insisto, es saber volver).

    Lo puedo ver de pie sobre una cuerda floja que bordea los dos reinos, manteniendo el equilibrio con la sabiduría de un maestro zen. Vibrando entre la vigilia y las tinieblas, su trabajo no es otro que el de reportar y, claro, mantener el equilibrio, siempre. Mitad en los sueños mitad en la tierra. Algo de eso tendría su padre, que nos cuenta, era mitad monje y mitad profesor.

    Tal vez eso tenga que ver con esa «religión subconsciente» de la que habla. Tal vez algo que persista en el fondo del alma sin saberlo. Le preguntan inocentemente si 1Q84 es «ciencia ficción». Contesta que no, que la historia en la que hay dos lunas en el cielo es, por supuesto, completamente real. Y dice algo así como que todos dormimos alrededor de ocho horas al día, es decir, que esas ocho horas vivimos en otro mundo, otro mundo que es totalmente real, después despertamos en este.

    Ya saben, lo importante es saber regresar. Murakami dice sin reparo que la razón de su visita a Ecuador es conocer las islas Galápagos. Lo imagino mirando la arrugada piel de las tortugas gigantes, absorto ante la transformación de la naturaleza en un lugar en el que la evolución sucede en tiempo real, un lugar en el que se puede ver cómo un manglar se aburre de ser árbol y empieza a ser iguana.

    Murakami termina su charla diciendo que le sorprende que en las calles de Quito nadie fuma y las chicas no llevan falda, llevan pantalón. Yo empiezo a sentir una extraña nostalgia de que esto se acabe y sí, de no haberle pedido un autógrafo. «Tranquila», me digo a mi misma, él no es Murakami. ¿Quién pensó que alguien como él vendría a Quito a conversar con el ministro?, ¿alguna idea más absurda? No, él nunca vino. Murakami estará bebiendo whisky en algún hotel de Tokio mientras otro, muy parecido a él, se despide de nosotros en la Casa de la Cultura.

    Día 3

    «¿Es verdad que hoy va a venir Murakami, así, de improviso, a las cuatro de la tarde?», le digo susurrando al librero. Estoy despeinada, tengo ojeras, no precisamente por haberme trasnochado pensando en Murakami como quizá pensarán algunos (incluido el librero), sino por dar la teta a mi hijo que en ese preciso instante se escapa de los brazos de mi prima, Clara Varea, y va haciendo desastres por donde pasa.

    El librero me mira bastante desconcertado. Soy una madre despeinada, trasnochada, que piensa que va a encontrar a un escritor japonés en una librería de un centro comercial. El librero me explica, no sin lástima, que Murakami no vendrá, que de haber sido así, él ya se habría enterado. Luego me mira intentando descifrar de qué loquero me acabo de fugar, y esboza una ligera sonrisa que parece decir, no sin placer, que alguien acaba de tomarme el pelo. Le digo que esperaremos de todas formas.

    El Lucas lanza los libros al piso, les saca las fundas, hace torres con ellos, no compramos ninguno. Es martes 13 y, en efecto, ha sido un día bizarro. Hay una luna maltrecha en el cielo y he visto pasar algunos gatos flacos. Son casi las cinco y nada… Excepto por nosotros y el personal, la librería está vacía. Me empiezo a sentir incómoda; el librero, cada que pasa, evita mirarme, quizá sienta lástima o una especie de vergüenza ajena.

    Yo siento vergüenza propia, así que le digo a mi prima que nos vayamos, que «ya fue». Afuera, pedimos un montón de galletas de almendras y chocolate y dos capuccinos. Pero cuando voy a tomar el primer sorbo, alcanzo a ver que algo sucede por allá. Agarro mis libros y me acerco hacia la puerta.

    Cuando me giro, me lo encuentro, cara a cara. Camina despacio, al lado de su esposa Yoko. Lleva los mismos zapatos con cordones fosforescentes de la otra vez. En la librería no hay nadie más que los vendedores, los extraños funcionarios del ministerio y yo. Es raro, porque, según tenía entendido, él había dicho que quería «caer de sorpresa» a una librería anónima y que estaba dispuesto a firmar autógrafos.

    Esta información había venido acompañada de una advertencia de que no corriera la voz para que no se «acumulara la gente». Pero lo que Murakami no sabía (no tenía por qué saberlo, los que lo saben muy bien son los funcionarios y aún así, no les importó llevar a su invitado a firmar libros al lugar equivocado, a la hora equivocada)  es que en Quito los establecimientos que venden libros son más desiertos que el Sahara; lo que Murakami no sabía, es que Quito (no) lee.

    Murakami entra despacio al lugar en el que hay un afiche con su rostro al lado de García Márquez y Javier Vásconez. Miro al librero, con cara de «¡ah, te gané! ¿eh?». Él sonríe sin poder ocultar su emoción, a pesar de que cuando el japonés se acerca, dice con cierto orgullo y rebeldía: «A mi no me gusta cómo escribe Murakami». Aunque soy la única fan en el lugar, los funcionarios del Ministerio están muy pendientes de que no me acerque «demasiado», como si ellos fueran sus dueños.

    Con ansiedad, pido un esfero. Voy hacia él con vértigo. El funcionario agarra su celular y le dice a ¿su esposa?: «Mija, quieres una foto con el señor Haruki Murakami?» Ella asiente y yo le pregunto si después me puede tomar una a mi, a lo que el muy atrevido responde (después de hacer su selfie, claro): «Es que a él no le gustan las fotos». La señora agrega: «No le hará enojar, después no vaya querer ni firmar». Obedezco.

    Imagino que lo peor que podría pasar es que, en una de esas, Murakami, para quien soy una manchita diminuta, se «enoje» como dice la mujer y esta historia idílica termine con él insultándome en japonés. Sería terrible, me abstengo pensando que por otro lado, esta historia nunca fue de imágenes, sino, más bien, está hecha de esas cosas invisibles. Aprovecho para preguntarle en un pésimo inglés un par de datos geeks: «El Ushikawa de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo está muerto y es su doble, ¿verdad?» A lo que él, muy tranquilamente, pero con una sonrisa contesta «yes».

    No hay más misterio. Su letra es muy particular, parecería que firma con la izquierda. Imagino su firma como un sello de oro o de sangre en mi libro. Somos dos extraños, pero en alguna parte, al mismo tiempo, sí que nos conocemos. Él no sabe quién soy yo (ya lo he dicho, soy invisible) y yo, tal vez, tampoco sepa quién es él; tal vez no lo conozca a él, sino al otro, al de los libros, a ese que no está en la librería sino en el otro lado, a su doble.

    Afuera me espera mi hijo, mi prima, muchas galletas, café, chocolate, risas del Lucas, otras de Clara, felicidad por haber triunfado una vez más, en otra causa inútil. Murakami sale acompañado de su esposa y con una guía de Galápagos en su bolso, los despedimos con Clara y Lucas.

    Estoy feliz de que este japonés con zapatos de goma al fin se regrese a su país y acabe esta aventura imaginaria. Murakami baja las escaleras eléctricas y se pierde para siempre. Y nosotros hacemos lo mejor que podemos hacer: entrar a una juguetería, tenemos toda la tarde libre para perderla o ganarla, jugando…

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    Fuente: Ana Cristina Franco Varea


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