César Dávila Andrade

Literatura & Cómics
Sep, 2018
Artículo por Felipe Aguilar Aguilar
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Fuente: Enciclopedia del Ecuador

Hace algún tiempo, para la Biblioteca de Autores Ecuatorianos, BAE, de la Universidad Particular de Loja, escribimos una reseña biográfica de César Dávila Andrade, quien, sin mayores discusiones, suele ser considerado uno de los tres grandes poetas de la Patria y uno de sus mayores cuentistas. Hoy, con motivo de que se cumple un centenario de su nacimiento, lo actualizamos.

César Dávila nació en Cuenca en el año 1918. La muy precaria situación económica de su familia―A esta hora ya habrás cenado / ese pan tan delgado, que al mirarlo, / produce una sonrisa y una lágrima. / Y pensar que yo nunca sentí tu hambre / que te robé un árbol azul y dos arbustos blancos…― le impidió continuar estudios regulares en el Colegio Manuel J. Calle y tuvo que buscar, desde muy joven, tareas y ocupaciones que estaban en las antípodas de sus capacidades y de su sensibilidad: fue empleado en una pasamanería, en un almacén de venta de vehículos, guardián de una cárcel, auxiliar en una comisaría municipal, amanuense-portero en la Corte de Justicia e incluso, durante una corta etapa que vivió en Guayaquil, fue valet en la casa de Carlos Alberto Arroyo del Río.

Al abandonar su ciudad natal que siempre fue ingrata, injusta y cicatera con el mayor de sus poetas, pasó a residir en Quito en donde fue generosamente acogido y protegido por intelectuales como Galo René Pérez y Benjamín Carrión que incluso le ofrecieron, en la casa de la Cultura, una plaza supuesta, para que el poeta ocupe su tiempo y traté de evadir, el triste cielo del alcohol y la desesperanza.

Pero, sobre todo, se dedique a la creación poética, lo único que podía y sabía hacer. Es que, Dávila Andrade era un individuo totalmente inútil para el desempeño de las actividades más simples y elementales de la existencia cotidiana y se había hecho un ser solitario, tímido, introvertido ―Dime sinceramente que piensas de este hijo. / Te salió tan extraño, / Renunció todo aquello que los otros ansiaban, / y se hundió en sí, tanto, que quizás no es el mismo…/―.

Durante su estancia en Quito, deambuló y mantuvo relación amistosa con algunos poetas del grupo Madrugada, pero, en realidad, jamás perteneció a él, prefería la compañía de los «libros raros» pues se refugió en los conocimientos esotéricos y experimentó una auténtica devoción por las ciencias ocultas: alquimia, filosofía indostánica, rosacrucismo, espiritismo, yoga, budismo zen, etc.

Todo esto, unido a su apariencia física frágil, casi etérea, ya que parecía respirar un aire lleno de alas, como decía su coterráneo el poeta Hugo Salazar Tamariz, determinó que se comience a llamarle Fakir, sobrenombre que al escritor le agradaba y aceptaba con entusiasmo. Su súbito matrimonio con Isabel Córdova, dama mayor a él, significó un cambio radical en su vida.

En un vano intento de rescatarlo de su dipsomanía, la pareja se trasladó a vivir en Caracas en donde, durante algún tiempo, escribió en revistas culturales y su poesía era reconocida como de muy altas calidades. Sin embargo, los dados del destino fatalmente ya habían marcado su fin. El 2 de mayo de 1967, inmerso en una profunda crisis existencial y en estado postalcohólico se cortó la yugular.

Al morir el mayor poeta de la Patria, su obra quedaba sujeta a estudios sesudos, análisis rigurosos e interpretaciones audaces e infructuosas, como aquello de reducir sus textos a diagramas o contar laboriosamente las ocasiones en las que empleaba determinados adjetivos o clasificarlos en impertinentes, ocioso, redundantes, etc. En todo caso, un gran escritor y una gran obra siempre exigen nuevas lecturas.

En efecto, los más importantes críticos de nuestra literatura ―Rodríguez Castelo, Jorge E. Adoum, Diego Araujo, Raúl Serrano, María Augusta Vintimilla, María Rosa Crespo― lo han estudiado en profundidad.

En la evolución de la poesía del autor de Boletín y Elegía de las Mitas, su sobrino, el también escritor, Jorge Dávila Vázquez, distingue tres etapas:

Neoromanticismo y neosurrealismo que irían desde sus primeros versos hasta los treinta años de edad. Sus características externas ―que no conceptuales ya que, en esencia, la obra poética del autor y del hombre llamado César Dávila fue la búsqueda incesante del Absoluto―son de signo modernista: cierta preferencia por el verso alejandrino, un ritmo portentoso, empleo de sinestesias y una adjetivación de gran sonoridad y colorido: Tú en los arcos profundos de las aguas genésicas / que labraron un tímpano para las caracolas / Tú en el espacio eterno, veloz e inamovible / ausente en la profunda delicia del secreto / Irreal y perenne. Altísimo e intimo / Arquitecto sagrado, de las gaseosas manos. También tiene importancia en esta etapa, la integración, por primera vez en la poesía ecuatoriana, del coloquialismo y las frases comunes: Y ahora, yo quisiera decirte que te amo / pero de una manera que tú no sospechaste. / Verás. Ahora te amo en todas las mujeres, / te amo en todas las madres, te amo en todas las lágrimas. / Tú dirás “Esas cosas que tiene…”/No sé qué me ha pasado, tal vez esté enfermo. / Tal vez los libros raros…

Periodo experimental-telúrico. A esta etapa corresponden los dos más grandes ―por extensión y grandeza artística―poemas del Fakir: «Catedral Salvaje» y «Boletín y elegía de las mitas». En el primero―el poema, en principio, se llamaba «El Hombre Total»― la voz del poeta eclosiona poderosa, audaz, dominadora, con una excepcional riqueza de imágenes, con metáforas espléndidas, con fuerza cósmica para buscar el Absoluto, aquí en la Tierra, en las maravillas de la naturaleza, en las fortalezas y debilidades de su habitante; simultáneamente, su intensa búsqueda descubre a su América y a su Patria: Oh dulce patria caminada a soga / entre huellas de mulos y de esclavos! / La soga descendía de la Cruz. Unía el purgatorio de altos trigos rojos / con la silvestre tumba del peón.

«Boletín y elegía de las mitas» es el poema épico-lírico de mayor impacto y trascendencia en toda la literatura ecuatoriana y que incluso ha pasado a otras actividades artísticas como la música y el teatro. Supone también un cambio en el léxico y los recursos expresivos pues incluye desviaciones sintácticas, gerundios, onomatopeyas, arcaísmos, quichuismos, apócopes, coloquialismos, estribillos, enumeraciones y frases hechas: Y a un Cristo, adrede, tamtrujeron / entre lanzas, banderas y caballos./ Y a su nombre, hiciéronme agradecer el hambre, / la sed, los azotes diarios, los servicios de iglesia, / la muerte y la desrrazade mi raza, / (Así avisa al mundo, Amigo de mi angustia, / Así , avisa. Di. Da diciendo. Dios te pague). Lo admirable es que Dávila haya presentado el itinerario del exterminio de una raza y la utopía de su resurrección en un poema desnudo de metáforas y que haya calado, con precisión, en las formas idiomáticas con las que el indígena se queja, se redime y se rebela.

La etapa hermética se inicia con Arco de Instantes en 1959y se intensifica hasta llegar a lo críptico e inaccesible en sus últimos libros. De esta época oscura, lo único que se puede asegurares que la angustia, la soledad, la incertidumbre, tienen un enorme poder creador. Es cierto que en sus profundos y también desconcertantes ensayos de extraños títulos de los últimos años de su vida:«Jerarquía planetaria de la luz», «Primera incursión en el sol morado», «Conciencia y futuro», algo se puede avizorar sobre su concepción de la tarea poética, pero también es verdad que el contenido de esos significantes que golpean sin tregua al lector, se escapan en forma definitiva. No se puede ni se debe, en consecuencia, establecer juicios de valor y decir que el Dávila de la etapa final es «una cumbre apagada». Más allá de todo esto y de las evidentes influencias, de los modernistas y Vallejo, Dávila es una voz muy alta y solitaria, que rechaza los ismos y resulta difícil encasillarla en determinada corriente, en suma, su poesía desborda todos los cánones.

La grandeza y luminosidad de la poesía de César Dávila ha dejado en la penumbra sus relatos y ensayos, pero, indudablemente, integra, con José de la Cuadra y Pablo Palacio, la trilogía de los maestros del cuento ecuatoriano. Los cuentos de aparente realismo están llenos de simbolismos y profundas indagaciones en el mundo interior del hombre, en lo extraño y en lo perturbador de lo cotidiano, y exploran territorios y dimensiones inéditos: lo metafísico, lo mágico, lo religioso; es decir, trasuntan, su obsesión por perseguir un conocimiento que, al mismo tiempo, lo iluminaba y lo cegaba, como dice Juan Liscano.

De la muy rica gama de personajes creados por la capacidad fabuladora de César Dávila: mendigos, empleados, aristócratas decadentes, niñas, vagabundos, comisarios, sacerdotes, etc, se destaca, por poética, y por profética y simbólica, la imagen del cóndor suicida de «El cóndor ciego».

Dávila es también, sin ninguna duda, uno de nuestros mejores estilistas, sus ensayos ―«El combatiente sedentario» y «Descripción del río Paute», entre los más conocidos― son admirables por la riqueza de contenidos, sus impactantes imágenes, la tersura y eficacia de la adjetivación que va de lo radiante a lo lóbrego y por el manejo impecable y muy personal de la sintaxis, hasta el punto de que, en la mayoría de los casos, se puede admitir que son espléndidas prosas poéticas.

En definitiva, en Dávila, la Palabra―así con mayúscula― como él la buscaba, supera y desborda las contingencias de su ser. Y, por ello, permanece. Este año se cumple el centenario de su nacimiento, Cuenca que, ya lo hemos dicho, ha tratado muy mal al poeta, incluso su busto, pues estuvo olvidado largo tiempo en las bodegas de la Casa de la Cultura y luego fue colocado junto al Padrón, en una zona que era mingitorio de los ebrios, hasta que al fin, la Facultad de Filosofía solicitó que se lo sitúe dentro de los predios universitarios, junto al salón auditorio que lleva su nombre, tiene que acatar el imperativo ético de gratitud de reivindicar su obra y su memoria.

Se debe, por ejemplo, hacer una edición crítica de sus obras completas ―existe una pésima que, con buena voluntad, no más, hizo la Pontificia Universidad Católica, actual UDA―, difundir su poesía amorosa entre los jóvenes, crear cátedras específicas para el estudio y valoración de sus textos, convocar concursos de documentales y ensayos biográficos. En fin, lo que interesa es que las nuevas generaciones sepan quién fue César Dávila Andrade y alimenten su espíritu con la luminosidad de su legado.

Publicado en la Revista El Observador. (Diciembre de 2017, edición 102)

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