Catedral del canto: Antología poética de César Andrade y Cordero

Literatura & Cómics
Nov, 2015
Artículo por Jorge Dávila Vázquez
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ARCHIVO: César Andrade y Cordero. Cuenca, 31 de octubre de 1982.

Esta recopilación de lo más representativo de la poesía de Andrade y Cordero, publicada este año 2015, por la Fundación Cultural Banco del Austro, dentro de su serie La Lira Ediciones, lleva el nombre que, en 1942, dio el poeta a una sección de su poemario Ventana al horizonte. Eso justifica que las distintas partes del libro lleven títulos que tienen que ver con la música, como “Obertura”, “Las primeras canciones”, “Caminos de la melodía”, “Madurez de armonía”, o “Catedral del canto”.

A medida que avanza su desarrollo, se da la consolidación de su lenguaje poético, levantado sobre el fuerte y alto basamento de la metáfora. La fraternidad literaria de Andrade y Cordero con Carrera Andrade, una de las cumbres de nuestras letras, es evidente, en el amor, empeño y cuidado que ponen ambos en la construcción metafórica. Los dos son parte de nuestro gran Posmodernismo.

He aquí algunos temas preferidos de Andrade:

La niñez. El poeta desarrolla repetidamente este motivo, pero es en verdad admirable en los dos poemas dedicados a Esperanza Andrade Corral. En “Pasión de la niña infinita y mía”, el eje es la metáfora, esa sustitución lírica de un elemento por otro. La hija lo es todo, como vemos en este verso magnífico:

“Estrella, nieve y pétalo, costa, cielo, isla de oro…”

Y en “Mi niña busando a Dios”, se mezcla el intenso amor paterno con lo religioso, para pintarnos en un blanco que recuerda los cuadros del impresionista español Joaquín Sorolla, a la pequeña en su traje de primera comunión:

“Breve inquilina del cielo/ Con alas de nardo y trance”.

La naturaleza en la poesía de Andrade y Cordero va de lo próximo y familiar a la maravilla del cosmos.

Nada más íntimo que el cercano jardín de “Loor de las plácidas doncellas”, y, sin embargo, todo se eleva hacia lo alto del firmamento:

“Castas, blancas, ingrávidas,/ Mascullan oraciones y conversan/ Entre un olor de azahares y petunias/ Y alcanfores translúcidos y almendras; /Y sus jaculatorias, sobre el pino/ Hasta las nubes vuelan”.

De todos los elementos naturales, el que más le llega es el agua, como lo muestra en su soberbio “Canto al Tomebamba”, poblado de metáforas que se refieren al “Padre río”: “Ave de oro, cruzada punta a punta del viento”, “varón ancho”, “alazán encrinado”, “caballero de vidrio”.

Y el mar es su fascinación absoluta. Se extasía contemplando el “deslumbrante cobalto de las olas”; se entusiasma ante la poderosa masa de agua, vuelta lluvia de incomparables metáforas “prisma de mugido ancho”; “huerto de monstruos laxos, latitud del gemido! Cristal. Cristal borrado. Cristal torcido en hebras”.

La mujer, es tema capital de esta poesía, quizás porque a más de una pudo decirle “el breve farol de tu sonrisa/ Despertó los claveles dormidos sobre el viento/ Y algo que muerde adentro me hizo llamarte mía…”

Por su lírica desfilan innumerables figuras femeninas. De la mayoría de ellas puedo decir lo que de la irreal Sonia de su poesía final: “Y nos basta saber que es perdurable…/ Río de amor que va robando estrellas”.

A veces, la mujer es también motivo de su honda compasión humana, como en “La loca de los nardos” o en “Funeral para Dorothy”.

El arte, predominio de la música. El poeta posee un profundo sentido estético, revelado en las continuas alusiones al arte que pueblan su obra.

Su amor por la danza, por ejemplo, se manifiesta en el extraordinario poema dedicado a la bailarina Osmara de León, que apareció originalmente con el nombre de “Estirpe de la danza”.

La música halla su mejor expresión en los poemas sobre grandes compositores, muchas veces solo pretexto para un despliegue rítmico impresionante.

De toda su admirable producción lírica ligada a lo musical, el poema más excelso es “La catedral sumergida”, sobre una composición de Debussy. En él se funden dos grandes pasiones del escritor: su veneración por el arte musical y su continuo enamoramiento del mar, transformado en la mayor metáfora de toda su escritura: una catedral perdida en el abismo.

Así usa el apóstrofe —dirigiendo la palabra, líricamente, a un fenómeno natural, como lo hace a veces a seres lejanos, imaginarios, abstractos, difuntos—, el océano: “Surge y muestra en el hondo reflejo de tus voces/ Tu vastedad inmensa de roca y vaticinio…/ Y embébete en la mueca de los arcos torales/ Y late todo el atrio y enciende todo el friso,/ Y haz la campana aguda con el hilo del fuego/ Y haz la campana ronca con el lodo del grito”.

No hay nada parecido en toda la gran poesía paisajista del Ecuador.

El discurso lírico. Son continuas las alusiones al canto, al verso en esta poesía llena del milagro del arte, porque Andrade y Cordero sabía que su misión en el mundo era escribir, por eso en “Oculto signo” invocaba, en precioso apóstrofe: “Dame tu rosa náutica, palabra alucinante / Palabra de mi verso…”. Pidiendo al verbo viniese con su brújula a orientar su creación.

En varios otros textos aparece explícitamente la escritura poética como proceso humano. En “Quietud” afirma: “Doy la miel del poema como la abeja negra”; subyace la noción de trabajo, elaboración, pero también la de generosa entrega.

“El alma vuelta verso, Verlaine, se hace sonora”, dice, hermanándose en la noción de la escritura poética con el gran autor francés, para el que música era sinónimo de poesía.

En ocasiones escritura es igual a sentimiento amoroso: “Mariposa nocturna que se posa en las sienes,/ Tu recuerdo es el dulce poema con que vienes”.

Digamos al final de estas líneas, que aun los elementos naturales son poesía: “Y el jazminero edita un poema inacabable”.


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