Cachivaches, la ventana indiscreta hacia la intimidad de Diegumberrto

Literatura & Cómics
Abr, 2019
Artículo por Camila Corral Escudero
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  • Fuente: Diegumberrto

    Como ese abuelito que se sienta en el jardín todas las mañanas con sus cachivaches y su taza de café en la mano y pasa ávidamente las páginas del periódico hasta llegar a los avisos necrológicos para saber a cuál de sus amigos de la infancia ha sobrevivido y luego, con esa mezcla de regocijo y pena que da la supervivencia, continúa a los Sucesos Internacionales; igual que el pasajero que estira el cuello para leer la conversación amorosa de Whatsapp de la chica que está a su lado y así sobrellevar incólume el sopor de un viaje en bus al mediodía; de la misma manera que el transeúnte que se detiene en la calle al ver una multitud y pregunta qué pasa, aun sabiendo que ya llega tarde al trabajo; como aquel padre que, consciente del peligro al que se atiene, entra a la habitación de su hijo sin golpear la puerta; con una excitación similar a la de la chica fascinada por los paisajes cotidianos de sus vecinos a los que examina diariamente desde la soledad de su ventana…  

    Como un animalito curioso y alegre que se cuela por los intersticios de la cotidianidad para examinar la realidad y la cultura popular de los Andes ecuatorianos con su lupa creativa, así esDiego Molina, el artista gráfico que hace de la emoción de mirar y del placer de saberse observado las materias primas de su indagación artística.

    Lo que empezó hace más de cinco años como un ejercicio íntimo de autoexploración y documentación de su rutina en diarios personales, devino en un rico universo de seres, historias y experimentos visuales y literarios recuperados por la mirada atenta de Diegumberrto que merecía sacarse a la luz, aunque eso significase exhibir procesos e interrogantes que cualquier persona cauta escondería a los demás.

    Casi cien de sus cuadernos de artista fueron expuestos en dos ocasiones en 2017 en galerías y museos de la ciudad de Cuenca y despertaron al voyeur interno de los asistentes que forzaban la vista para vencer la limitación de la vitrina. Ahora, como ventana indiscreta —y a manera de invitación para desacralizar, de una vez por todas, su privacidad y recrear en el lector la comezón placentera y el subidón de dopamina propios del fisgoneo—, aparece el libro Cachivaches, una selección de los diarios que el autor produjo desde el 2014 hasta el 2018, y que fue ganadora de la Convocatoria para Publicaciones 2018 – 2019 de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Núcleo del Azuay.

                Garabatos, collages, dibujos, poemas, escritura automática, binomios fantásticos y apropiación de imágenes, entre otros cachivaches, le sirven a Diego como recursos para construir un lenguaje con el que colecciona recuerdos, reinterpreta el mundo con humor y reflexiona con espontaneidad y ludismo sobre la identidad, para luego llenar las páginas de sus diarios, objetos de arte encuadernados, asimismo, por él.

                En épocas de libidos visuales hiperestimuladas por smartphones, tablets y televisores, los cachivaches de Diego Molina vienen para recordarnos el placer único de dejarse conducir por la curiosidad. Masticar con detenimiento sus palabras e imágenes promete hacer que recobremos la fe en nuestra mirada como la mejor herramienta para construir una realidad de verdad estimulante y entretenida.


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