El amor desenterrado de Jorge Enrique Adoum

Literatura & Cómics
Nov, 2016
Artículo por Camila Corral Escudero
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Fuente: www.jorgenriqueadoum.com / El amor desenterrado y otros poemas de Jorge Enrique Adoum

Hay textos que por su compleja belleza y sobrecogedora calidad estética resultan abrumadores para la sensibilidad del lector, quien dificultosamente logra resistir la tentación de instalarse en el impacto inicial que causan, sin importar la cantidad de veces que sean leídos. Es así que generar un análisis más sesudo que impresionista y subjetivo de ellos resulta una empresa extremadamente difícil, e incluso, me atrevería a decir, dolorosa.

 

Con estos antecedentes, propongo a continuación una reseña en la que se encuentra impresa una mirada personal que no ha podido desapegarse de la admiración que produce una de las obras fundamentales del escritor ambateño Jorge Enrique Adoum (1926-2009) y del quehacer literario ecuatoriano: El amor desenterrado. Este poema, publicado en el año de 1993, tiene como motivo el hallazgo arqueológico del entierro de los Amantes de Sumpa: dos esqueletos en posición amatoria que fueron sepultados en un cementerio paleoindio ubicado en la península de Santa Elena, Ecuador: «El hombre con su mano derecha sobre la cintura de la mujer y con la pierna derecha sobre la pelvis de ella. La mujer, por su parte, se encuentra en posición flexionada, con un brazo sobre su cabeza» (Avilés, Enciclopedia del Ecuador).

 

A partir de este hecho, el autor crea un texto cargado de erotismo y, sobre todo, reflexiones sobre la paradoja entre lo efímero y perenne del amor. Desmenuzar los elementos que han logrado la grandeza expresiva de la obra resulta complicado, puesto que existe una comunión profunda entre ellos, pero se pueden rastrear tres de los ejes temáticos que atraviesan el poema y la poética entera de Adoum: el amor, el lenguaje y la ironía.

 

Es vital para la construcción del texto el empleo de una voz poética que mira absorta a los amantes desde un presente revestido de historia y desprovisto de toda sacralidad e inocencia y deja entrever, a través de sus reflexiones, la conflictividad interior, la insatisfacción y la carencia de orden emocional que aquejan al hombre contemporáneo. Solo a partir de esta visión histórica desencantada del mundo y las relaciones sociales e interpersonales, es posible la aparición de la noción de eros, esa instancia primigenia o «inmemorial amarra» que corresponde al tiempo cósmico.

 

Al desenterrar a los cuerpos que se han mantenido unidos, el sujeto lírico se enfrenta a todas las posibilidades de desnudez que le ofrecen los amantes: su desvestimiento espiritual, su honestidad y autenticidad a los que no ha alcanzado el efecto corrosivo del tiempo, ya que al encontrarles la muerte en medio del placer, lograron alcanzar la eternidad y perpetuarse en el tiempo. Por eso, el hombre moderno solo tiene permitida la contemplación distante, pues, al desacoplarse después de cada acto de amor, no ha tenido más remedio que regresar al tiempo histórico que nos ha hecho olvidar y desaprender «¿era ya el amor que desaprendimos con el tiempo y que hoy ya no es o no es todavía?/¿qué pasó entre el amor y nosotros, qué río agrio o fuego frío» (15), «porque cómo se hace –avisen, habría que decírselo a todos/para morir juntos sin desclavarse,/ interminable hazaña nupcial no repetida/ porque desde entonces ya no supimos cómo» (18).

 

Es precisamente esta ruptura la que deviene en la culpa, el dolor y la vergüenza que demuestra la voz narrativa que sufre por la constatación del eros violentado por la historia: «nos hundimos el corazón para que no se avergüence/frente a ese amor que existe todavía» (11). Esta culpa —artificialmente construida e impuesta— vuelve a aparecer y es entonces cuando se manifiesta el compromiso político e ideológico del autor que, a través de su característica ironía, hace una crítica a una sociedad paradójica cuyo sistema de valores ha corrompido al ser humano y lo ha alejado de lo que se supone inherente a él, como el amor y el erotismo. Por esto, el poema se convierte en invitación a regresar a la pureza del estado inicial propio del ser humano:

 

Qué ganas de empezar de nuevo, de volver a la inicial de la ter/nura,/ diciéndonos tal vez otra vez inocentes,/otra vez humanos, capaces de inventar cada vez la caricia/ primera,/ y hay ganas de convocar a las madres también para que aprendan/aunque sea a deshora/ (a las nuestras, las pobres, que tuvieron solamente marido,/que se confesaban, como una culpa, haberse afiebrado por la/ noche con el grito vaginal de la vecina,/ aquellas a las que cónyuge y cura convencieron de que ellas/eran abertura sólo para que de allí saliera el hijo/lo que en la otra era grieta en que bebía el caminante (29)

 

Es necesario que el ser humano se reinvente y logre acabar con esta época «de píldoras para dormir y adelgazar, para/ tranquilizarse y morir a domicilio,/ de plásticos y de pieles, de corbatas y conservas/y de una basura mundial que vaga de ola en ola errante,/época en la que se puede morir del corazón sin haber amado/ y en que ya nadie muere amando en la literatura,/ época de maridos como policías, puntuales como cobradores» (33). Aunque su invitación sea fervorosa, prima la actitud pesimista propia del hombre moderno, del voyeur del siglo XX que se siente viejo a cualquier edad. Es así que, a pesar del que el encuentro con los amantes le haya resucitado la ternura, el poema culmina con la triste certeza de que las cosas seguirán el desafortunado rumbo de la historia, justamente por causa de nuestra fugacidad:

 

Pero no hay peligro de que cambiemos:/ los restos de lo que fueron nalgas sagradas y sacrílegas/ están de nuevo sepultados bajo una basura traída por visitantes y curiosos,/ y donde admiramos el antiguo monumento de hueso a la carne/ hay arañas y cucarachas pegajosas […] O sea que mañana volveremos a ser nosotros mismos:/ otra vez ciudadanos,/ contribuyentes, pornográficos, prágmaticos, /escépticos. Difuntos. (35)

 

Por otro lado, es necesario destacar una de las dimensiones más importantes en la poética de Jorge Enrique Adoum: el lenguaje. En el caso de El amor desenterrado, el mismo amor corresponde a un lenguaje, una gramática: «y quisiera escucharle de cuerpo entero esas palabras que en la gramática de la anatomía se dicen desnudos y acostados» (21). De hecho, los mismo cuerpos forman parte de un sistema lingüístico: «con un breve vacío donde estuvo un día el guión varonil (hembra la conjunción copulativa)» (11). Ese estado inicial de inocencia y ternura que se mencionaba anteriormente, es también nombrado por el poeta como un momento en el que no se había degradado el lenguaje todavía. « (Polvo de un lenguaje que vino a dejar aquí sus restos,/ ceremonia ritual de la lengua en el subterráneo sonoro de la nada,/ silencio que sacrílego rompor con esta palabrería» (23).

 

Con esto, solo queda por aclarar que este texto no pretende agotar las posibilidades de El amor desenterrado, sino ser el abreboca que los invite a visitar uno de los mejores poemas de uno de los más prolíficos escritores latinoamericanos.


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