Juana Estrella – Treinta años en las tablas.

Entrevistas
Jul, 2016
Artículo por República Sur
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Fuente: Fotografía Luis Eduardo Arbito – BUCLE / Juana Estrella

Me llamo Juana Marcela Estrella Aguilar, nací de Fernando y Gloria un 20 de agosto de 1967, en la parroquia El Sagrario, en pleno centro, una cuadra y media más arriba del parque Calderón. Soy la menor de dos hermanas, en el zodíaco leo y cabra en el chino.

 

Desde niña amé el teatro, lo hacía en casa para la familia y en el colegio, mis compañeras fueron mi primer público. Estuve en todos las actividades artísticas del colegio, teatro, música, etc.

Luego ingresé a la Escuela de Letras en la Universidad de Cuenca y, al mismo tiempo, empecé a estudiar teatro. Fui una autodidacta, lo estudié por aquí y por allá. Mis primeros talleres formales de teatro los recibí del Departamento de difusión cultural del Banco Central, en esa época (años 80) eran organizados por Pablo Aguirre y posteriormente por Jorge Dávila Vázquez. Mis maestros fueron Christoph Baumann, Guido Navarro, Vinicio Jáuregui, José Vacas, Pepe Morán, Carlos Michelena, Iván Morales, Arístides Vargas, Marcelo Gaete, Felipe Serrano Vivar, entre otros.

Formé parte de varios grupos en mi ciudad y posteriormente en la ciudad Quito, pero básicamente soy una actriz en solitario y eso me permite trabajar con varios grupos y colegas.

He realizado muchas obras de teatro en estos 30 años que estoy cumpliendo como actriz, y desde hace 12 años me he dedicado a hacer monólogos o unipersonales. Mis obras hablan desde mi feminidad y desde mi sentido del humor, la comedia es la forma más seria que tengo para contar historias.

He participado en muchos festivales de teatro a nivel nacional e internacional. He hecho películas y varias series para la televisión y la web, pero amo por sobre todo el teatro, ese es mi oficio y mi nave nodriza.

Soy mamá, esposa, hermana, hija, amiga. Me gusta leer, tejer y tomar té, y me encanta ser cuencana y saber que cuento con este maravilloso público, ese es mi mayor regalo.

Juana Estrella

 

¿Dónde, cuándo y cómo surgió tu vocación por el teatro?

Bueno, soy hija de una generación muy especial, por ahí quiero comenzar. Esa década mía de los 80, esos padres sesenteros tenían la cabeza más abierta… siempre estuve rodeada de arte, por suerte. Tengo muchos familiares escritores, reconocidos además, entonces para mí el arte es como respirar. Tengo también un tío en el teatro, el gran Paco Estrella, famoso en la década de los 50, un comediante nato. Yo desde niña estaba metida en todos los grupos de teatro, surgió de una manera muy natural en mí, pero la decisión de hacerlo como oficio la tomé en mi adolescencia, en esa época revolucionaria. Yo era izquierdista, roja, hippie de alma toda la vida.

Estudié Literatura porque no existía aún Arte Dramático en Cuenca. En la Universidad tuve una serie de profesores locos que metieron la semilla del teatro en mí: el Cuchucho Jara, Jorge Dávila Vázquez, Felipe Aguilar, espectaculares maestros, y como ya amaba las tablas me dije: “voy a dedicarme, a ser autodidacta”. Empecé a viajar a Quito a formarme en talleres, en paralelo, mezclando mi carrera de Letras con el teatro. Comencé a actuar de manera profesionalmente desde la primera obra: me subí a actuar en un teatro y empecé a cobrar entrada

 

Esa fue una época revolucionaria de las artes en América Latina en general, ¿cómo era el teatro en Ecuador?

Obviamente era un teatro comprometido, aquí estuvieron los “duros” de América Latina: el teatro libre de Córdoba, María Escudero, que tenía un teatro con mensaje, también Marcelo Gaeza y Arístides Vargas. Tengo la gran fortuna de haber pertenecido a esa generación, soy su resultado. El teatro se formaba en esas trincheras del movimiento de la izquierda, de estar en grupos culturales o del teatro universitario. Lo nuestro era un teatro de barricada, me gusta hablar de eso porque ya se acabó, ahora los lenguajes son otros, la comunicación y lo mensajes también.

 

Después de 30 años de trayectoria en el complejo mundo del teatro, ¿cómo ha ido cambiando este mundo en el que te mueves?

Pues aquella era una época de “todos hacemos todo”, no había tanta diferenciación de roles. La creación colectiva para mí es importantísima, los textos colectivos eran generosos, todos aportábamos y nacían obras preciosas. El teatro era un hobby, no un oficio, era más difícil conseguir apoyo y apertura, por ejemplo, casi que teníamos que ir mendingado de imprenta en imprenta por 100 afiches. En aquel momento el afiche era todo.

Te formabas desde abajo, es verdad, incluso pegando los títeres con pegamento. Pero era lindo reunirnos entre todos los colegas a hacer la producción, los títeres, los carteles… era una gran época de la que me hiciste acordar.

 

En este contexto colectivo, ¿cómo fue el hecho de ser mujer?

Nunca sentí discriminación como mujer, por lo menos en el medio en el que he vivido, nunca sentí esa presión sobre mí porque yo no lo permití. Yo hago obras superfemeninas y el primer grupo de teatro formal que tuve estaba conformado por seis hombres y yo, yo era un hombre más y ellos eran 6 mujeres más. Nunca limpié las cosas ni hice la comida, no las ejercí ni de mamá. Era hippie, mi mama decía que hacía lo que me daba la gana.

 

¿En qué momento te independizaste de los grupos y empezaste con los monólogos?

Poco a poco el teatro colectivo se fue mezclando con el actuar en solitario. Este andar sola fue evolucionando hasta que hace 15 años cogí ese camino que me ha hecho sentir el teatro más profundamente, porque yo misma produzco mis obras, es decir, elijo quien escribe, quien me dirije, quien hace el cartel. Cada obra mía es un taller, entro con el director a aprender, a seguir aprendiendo… y aprendo más que los jóvenes porque ellos saben más que yo, ya que no tuve escuela formal. Me falta la bola, pero voy cultivándome cada día.

Así es como este mundo de los monólogos me ha abierto a conocer diferentes personas, experimentar y viajar mucho: el teatro ha sido el más grande pretexto para viajar. Estos unipersonales me han permitido recorrer mucho más que en grupo, mis obras caben en una maleta, no pesan más de 23 kilos porque eso es lo que deben pesar para viajar en un avión.

 

¿Alguna anécdota de esos viajes?

Obvio, por ejemplo la primera vez que me invitaron a Honduras, dentro del hermoso Circuito Lagartija Centroamericano(al que pertenezco). Cuando salí de mi monólogo, la directora del Festival entró al camerino y con un cara muy compungida, me dijo: “De verga”. Yo me quedé encerradita casi llorando sin salir de ese camerino, pensando: “la fregué”. Salgo al rato y otro compañero me dice tambíen “de verga”, ahí empecé a entender que los hondureños manejan la verga de mil maneras y que lo que en realidad me estaban diciendo era que la obra estuvo estupenda. Ellos tienen un abanico de vergas y ahora yo puedo decir que manejo la verga muy bien [risas]. Como esta, mil anécdotas… pero lo de Honduras me enseñó a aprender de mis emociones.

 

¿Hay algún proyecto, algún sueño que te quede por cumplir?

Realmente no, el sueño cumplido es el “Monologo de la Escoba”. Veinte años perseguí ese sueño y él a mí, al final logré esa recopilación de anécdotas cuencanas que tenía pendiente desde que empecé en el teatro.

En estos momentos ya no hago nada que genere en mí conflicto, sufrimiento o relajo interior. Soy una mujer muy cómoda conmigo misma, tengo tres proyectos y van a salir, hago las cosas para disfrutarlas mucho

 

Hablando de géneros, ¿siempre te dedicaste a la comedia?, ¿supiste desde joven que eras una comediante?

A mí me dijeron que era comediante, yo no sabía. Lo cierto es que amo el sentido del humor, es muy importante para mí en la vida y mi gente tiene que tenerlo, es uno de los rasgos en los que me fijo. Yo me río todo el tiempo.

Me muevo ya mucho tiempo en ese ámbito, desde mis comienzos me encuentro relacionada con el humor y me encanta, pero sí soy capaz de hacer drama, tragedia y lo he hecho, aunque siempre vengo, voy y vuelvo a la comedia.

 

¿Cómo ves en estos momentos el panorama del teatro en el Ecuador?

El otro día coméntabamos un colega y yo que hay un silencio en el teatro desde el final de los 60 hasta los 80, más de un década. Aunque hubo destellos, el teatro volvió a la palestra con mi generación. Sacamos al teatro de nuevo a la luz, pero sin escuela.

Ahora sí puedes decir, por ejemplo, que en Cuenca hay un movimiento clown que es de los mejores del Ecuador. Esta nueva generación de actores -yo creo que en Cuenca hay más de diez grupos estables- es fuerte, pero aún faltan espacios para la difusión. Hay muchos gestores culturales culturales independientes y ya se van creando espacios interesantes como Sono, el Avispero, República Sur. Eso me encanta.

La formación personal es lo importante ¡y la constancia! Ahora ya tenemos palabras mayores en Cuenca como Mabel Petroff, Monserrath Astudillo o muchas chicas jóvenes que se están ganando su puesto. Lo que hay es mucha competencia en nuestros días, lo que es bueno, pero no tiene que haber esos celos y envidias, que también las hay, ni esa quejadera excesiva sobre la falta de apoyo de las instituciones y el Estado.

 

A propósito de lo que has dicho, ¿qué rol ocupa el Estado en el mundo del teatro?

Las políticas culturales son supercomplejas y todo este entramado de la Ley de cultura que aún no existe. El arte en este país ha tenido huérfanos y es verdad que el teatro siempre ha sido uno de ellos. Hay que decirlo, así de simple, además los actores y los artistas no nos hemos movido bien, andamos peleando a veces por tonteras, “la discusión de la discutidera de que lo que vamos a discutir” no es importante. Hay que estar en las mesas, las asociaciones tenemos que crear leyes que nos amparen y protejan cuando caigamos enfermos o cuando ya seamos viejitos y no podamos trabajar. Esa es la lucha que tenemos que hacer y lo que tenemos que conseguir del Estado, tenemos que agremiarnos.

 

Por último, hablemos de tu festejo de 30 años en las tablas, cuéntanos de que se trató tan magno evento

Se me ocurrió este festejo porque hay que buscar excusas para trabajar, además, ¿si no te festejas vos mismo quién lo hará? Como dijo un amigo, yo no quiero ninguna placa ni espero reconocimiento. Yo ya me siento muy querida por mi público y me siento reconocida porque nunca me falta trabajo.

Este festejo me sirvió también como pretexto para juntar a mis amigos, para juntar mis obras y, sobretodo, para divertirme. Es devolver a mi público cuencano todo lo que me ha dado por puro cariño.

Fueron dos semanas de teatro: una de amigos e invitados como Juan Andrade, Juana Guarderas, Fabián, “el Choquilla” Durán, Lucho Mueckay; y la siguiente semana fueron mis obras: La Loca Juana; Penélope, que es mi homenaje en vida a Jorge Dávila, quien escribió esta obra para mí; el Monólogo de la escoba y Agüita de viejas. Todas las obras sucedieron en la sala Alfonso Carrasco, que es una sala chiquita pero es donde me inicié cuando se llamaba Pájara Pinta y tenía cuatro bancas que se caían. No se me ocurrió mejor forma de celebrar. Por último, cerramos con una banda de rock muy amiga, de mi época, la Super Star band en el centro cultural República Sur.

Fuente: Fotografía Luis Eduardo Arbito – BUCLE / Juana Estrella

Fuente: Fotografía Luis Eduardo Arbito – BUCLE / Juana Estrella

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