Manuel Vilas: «Al final, somos lo que recordamos»

Entrevistas
Oct, 2019
Artículo por República Sur
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  • Hace poco escuché decir que leer un libro es lo único que en estos tiempos convulsos nos desconecta de todo el ruido general, y no podría estar más de acuerdo. Leer es el último resquicio de la soledad, calma e intimidad necesaria que nos permite encontrarnos con esa voz interior que se silencia por los gritos de la información inmediata y banal que consumimos a cada segundo. Y si el libro es excepcional, ese ritual privado se vuelve sublime: eso es lo que sucedió para mí con Ordesa, el último libro de Manuel Vilas (Huesca, 1962), que fue el más vendido en España en 2018.

    Las ferias de libros, por su parte, son esas pocas fechas del año en que el acto solitario de la lectura se convierte en una fiesta compartida. El pasado sábado 28 de octubre, esta gaceta participó de la celebración que ofreció la Feria Internacional de Guayaquil 2019, en la que tuvimos el privilegio de entrevistar al poeta y narrador español que nos había conmovido recientemente.

    Con varios libros y reconocimientos a su haber, entre los que destacan los poemarios Resurrección (2005, XV Premio Jaime Gil de Biedma); Calor (2008, VI Premio Fray Luis de León); Gran Vilas (2012, XXXIII Premio Ciudad de Melilla); El hundimiento (2015; XVII Premio Internacional de Poesía Generación del 27), y las novelas España (2008), que fue elegida por la revista Quimera como una de las diez novelas más importantes en español de la primera década del siglo XXI; Aire Nuestro (2009, Premio Cálamo); Los inmortales (2012), y El luminoso regalo (2013), no fue sino hasta la publicación de Ordesa que este autor no ha parado de dar vueltas por el globo terráqueo para acercar a sus lectores a una de las obras más bellas, desgarradoras y bien escritas de las letras hispanas.

    La novela, una mezcla entre carta de amor a su padre y a su madre y de libro de memoria, explora los territorios más complejos del ser humano y consigue decir varias verdades universales.

     

    Si bien tienes una trayectoria llena de reconocimiento de la crítica y has incursionado tanto en la poesía y la narrativa, pareciera que Ordesa inaugura un camino para ti que no habías explorado antes y que ha sido un éxito a nivel mundial: el de «el libro de memoria» o autobiográfico

    Así es, en libros anteriores había utilizado mucho el humor y también la autoficción, pero Ordesa es diferente. Yo, como escritor, soy diferente a otros que a lo mejor son poco permeables a su experiencia vital. Mi evolución como ser humano ha influido en mi literatura, entonces todos los episodios autoficcionales de mis obras del pasado son ahora para mí algo lejano, ya no me reconozco en ellas. Si me citas un libro de hace 10 años, tal vez pueda explicarlo, pero ya no me siento muy próximo por una razón: quien yo fui cuando lo escribía, pues ya no lo encuentro en mi cabeza, es como si ese Manuel fuese alguien que ya no forma parte de mí.

    Esta novela está escrita en base de las cosas que yo veía a hacer a mi padre y a mi madre. La manera que yo encontré para reconstruir sus vidas y recordarlas era contando lo que yo les vi hacer. Eso es Ordesa, una novela autobiográfica porque lo que ahí se narra son hechos objetivables, verídicos y creo que si ha tenido tanto éxito es porque trata un tema universal: la relación de padres, madres e hijos.

    Es más o menos común que el lector se deje seducir por un personaje, que se enamore de la ficción que supone su existencia, pero tras Ordesa, que es un libro valientemente confesional, ¿cómo te sientes como autor/narrador al enfrentarte al lector después de haberte exhibido a niveles tan profundos?  

    Más allá de mi exposición, que claro que ha sido dolorosa a la vez que un ejercicio interesante de revisión y exploración de lo que había sido mi pasado, una necesidad casi biológica, tal vez fruto de mi edad, con esta novela ha ocurrido un pacto con lector. Pasa algo peculiar y ese pacto consiste en que el narrador ya no soy yo, sino quien lee. Es tan íntimo lo que ocurre con la lectura de este tipo de libros que tienen que ver con una exploración de la verdad, que la subjetividad —la interpretación de esos hechos que eran los de mi familia—, deja de pertenecer al escritor.

    Nunca pensé que mi familia pudiera ser representativa de nada, cuando escribí la novela ni se me ocurrió pensar que estaba tocando una tecla universal. Me he dado cuenta luego con todo lo que me han dicho los lectores. Me decían «mi padre era como el tuyo» o «mi padre era peor que el tuyo» y fue entonces cuando noté, además, que las obsesiones de mi familia que yo creía muy peculiares, eran las marcas de toda una época en España.

    Has dicho que sería necesario que existan más novelas autobiográficas, ¿por qué?

    Más allá de escritor, soy también un lector y creo en la importancia de indagar en la libertad personal. Existe ahora una tendencia de escritura autobiográfica que encuentro más sincera y más apasionante para narrar. La ficción no siempre es necesaria, la vida tiene más verdad.

    En Ordesa insistes en la búsqueda de la verdad y afirmas que esta «es lo más interesante de la literatura», ¿cuándo un libro contiene verdad?

    Esa es la mejor pregunta y a la vez la más difícil de contestar. Creo que un escritor lo que sueña es que en su libro haya tanta verdad como en su propia vida, trasladar todo el flujo de la vida al de las páginas.

    Juan José Millás dijo que «Ordesa es un libro que lees boqueando, como si acabara de sacarte de la atmósfera, o que te arrastran a las profundidades del océano»… su belleza es tan apabullante probablemente porque está lleno de amor: a los padres, a los hijos, pero sobre todo a la vida. ¿Fue ese el sentimiento que detonó la escritura o fue el dolor de la ausencia?

    El hecho de la escritura es un sí rotundo a la vida, en la escritura hay amor, sí, pero este libro se me impuso tras la muerte de mi madre, fue una urgencia que nació con su muerte.

    Cuando muere mi madre en el 2014 se cierra un ciclo vital, ya mis dos padres, las personas que sustentaban mi memoria familiar, están muertos, y me doy cuenta de que mi pasado fue con ellos. Además esta época coincidía con mi divorcio, así que estaba diciendo adiós a dos familias, la familia de la que fui hijo y a la familia en la que fui padre, entonces me di cuenta de una cosa importante: de que un ser humano sin familia no es nadie, no tiene identidad. Necesitamos familias para poder vivir, el ser humano sin familia es como un perro apaleado.

    He escrito este libro como recordatorio de ese atavismo fundamental de los seres humanos, que son padres o son hijos. Primero eres hijo y luego padre, y en el medio están todos los grandes misterios de la vida.

    ¿Cuándo el dolor paralizante se vuelve pulsión escritural para luego convertirse en un libro?

    Cuando se trata de un asunto de supervivencia: de superar el dolor, seguir con vida y a la vez de rescatar la suya porque cuando recuerdas parece que los que se han ido vuelven otra vez. Con Ordesa yo necesitaba aferrarme a ese pasado que se fue con la muerte de mis padres y de los cincuenta años de mi vida que se fueron con ellos.

    No hay ningún ser humano que esté satisfecho de cómo ha resuelto la relación con padres y madres. He hablado con un montón de lectores que me cuentan su relación con ellos y nadie está realmente tranquilo… hay mucha gente que piensa que podía haber hecho mucho más, otros que piensan que lo hicieron todo lo que pudieron, pero aun así sienten culpa… No puedes evadir esa sensación porque cuando mueren ellos van a un sitio a donde tú no puedes acompañarlos y ahí se produce una separación devastadora. Te deja algo dentro, que creo que es un sentimiento universal.

    ¿La escritura enmienda, es decir, puede mitigar el dolor de las palabras que no se dijeron?

    Hasta que no murió mi madre no fui consciente del grado de importancia que tenía la vida de mis padres en la mía. Esto es terrible porque significa que si no mueren, nunca llegas a averiguar cuánto los quieres; por eso mi novela es más bien una carta de amor para ellos.

    No sé si haya enmienda, creo que la palabra correcta es consuelo. Eso es, la literatura, y este libro en específico que tuvo bastante de terapéutico, fueron un consuelo, catarsis, salvación y exaltación de la vida. Aunque siga conviviendo con la pérdida, ya con cierta serenidad no te la puedes quitar. Si te quitas la pérdida, te quitas el recuerdo, y yo no quiero olvidar. Al final, somos lo que recordamos.

    Cambiando un poco de tema… La cifra oficial de lectura en el Ecuador es de medio libro al año (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, CERLALC), ¿qué crees tú que puede hacer la literatura para que no se extingan los lectores?

    No creo que la cifra diste mucho de la que hay en España, ya sabemos todos que es una tendencia universal. Escribir historias más humanas y más sensibles y apasionantes, es la única forma de interpelar a los lectores y tal vez lo único que se le pueda pedir a la literatura, porque no depende solo de ella.

    Sin educación, sin un compromiso de los gobiernos y las instituciones de cultura, sin planes de lectura… no será posible revertir su creciente desaparición. Los medios de comunicación también tienen la responsabilidad de tener páginas culturales, deberían arriesgarse más por aquella literatura que también se arriesga, no solo por la literatura sino por todo lo que tiene la capacidad de crear conciencias críticas. Y claro, los medios independientes como el suyo son vitales.

    Tú fuiste profesor durante veinte años, pero en Ordesa hay una visión desencantada sobre el sistema educativo

    Sobre el sistema educativo alienado que se ha quedado varado en el tiempo y está en agonía, sí, pero no sobre la educación. Esta, como digo en el libro, debe centrarse en enseñar a los alumnos a amar a la vida y a entenderla a través de la inteligencia y las palabras.

    Debe enseñarles a usar las palabras como «balas enamoradas», que es lo que escribiste…

    Exactamente, como balas enamoradas [risas].

    ¿Qué supuso para ti dejar la educación después de tanto tiempo para volcarte a las letras?

    Para empezar, significó saltar al vacío, una renuncia necesaria. Sentí miedo porque dedicarse a la literatura era correr un riesgo enorme en un país como España en el que el oficio del escritor a veces parece absurdo. Pero si un país no tiene escritores, no tiene nada. Yo aposté por la literatura y con ello por la pobreza y la incertidumbre, pero era una responsabilidad conmigo mismo.

    Los escritores son las personas más adecuadas para recomendar libros, ¿qué estás leyendo actualmente?

    Soy un lector que come de todo y leyendo soy muy caótico porque empiezo muchos libros a la vez, ahora mismo me vienen tantos títulos que no sabría qué decir… Bueno, recién compencé lo último de Lina Meruane, que se presentó en estos días en la feria, y promete mucho.

    Para finalizar, cuéntanos, ¿tienes proyectos en la mira?

    Sí, varios, la literatura es un trabajo a tiempo completo. No es que llega el viernes y puedes decir: «ahí te quedas, me voy de vacaciones el fin de semana», un escritor vive las 24 horas del día con la literatura encima. Es un trabajo estresante [risas].

    ¿Seguirás por la línea de lo autobiográfico?

    Por supuesto, es parte de mi evolución como ser humano y como escritor, después de emprender ese camino ya no se vuelve. Lo autobiográfico es una tentación muy poderosa y dudo que pueda escapar de ella.

    La grabadora paró, y mientras Manuel se preparaba para la conferencia que daría en breves minutos y nosotros recogíamos las cosas, nos quedaron algunos minutos para seguir charlando. Le pregunté si había tenido algún acercamiento con la literatura ecuatoriana, nos fuimos alejando de la sala de escritores rumbo al auditorio conversando sobre César Dávila, poeta al que había leído hace tiempo, sobre las escritoras que han publicado en el exterior como Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Solange Rodríguez, sobre su amigo, Mario Campaña, entre otros grandes nombres de nuestras letras… Después, él se ubicó en la mesa en la que conversaría con Carolina —no sin antes desear fuerza y éxitos para la Gaceta República Sur—, y nosotros en primera fila para seguir escuchándolo.


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