Entrevista Freddy Álvarez

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May, 2017
Artículo por República Sur
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Fuente: http://www.elciudadano.gob.ec / El ciudadano

Freddy Álvarez, colombiano, lleva más de treinta años en Ecuador. Es rector de la Universidad Nacional de Educación, UNAE. Licenciado en Ciencias de la Educación (Universidad de Lyon, 1991), Máster en Ciencias de la Educación (Universidad de Lyon II, 1992), y doctor en Filosofía en la Universidad de Paris (2004), también fue rector subrogante del Instituto de Altos Estudios Nacionales (IAEN) en cinco oportunidades y Director de Excelencia Académica de la Universidad Tecnológica Indoamérica en 2013. Además, ejerció la cátedra en las Universidad Católica y San Francisco de Quito y trabajó en la Universidad Politécnica Salesiana. Vivió cuatro años en Suiza, cuatro en Francia y dos en Inglaterra. Exiliado en Europa, la mayor parte de su tiempo estuvo en Francia desde finales de los 80 hasta 1994. Vino a Ecuador y tiene la nacionalidad ecuatoriana. Se ha especializado en el Buen Vivir y tiene cuatro hijos.

La filosofía siempre ha sido esa bestia negra, donde tú te dedicas al pensamiento, te dedicas a la reflexión, pero no hay un oficio de filósofo dentro de nuestra sociedad, la educación por otra parte, sí te da un oficio como profesor. Eso no implica un corte sino simplemente una garantía en condiciones materiales. Yo quedé atrapado en la filosofía de la educación, fue aquello de lo que me agarré.

 

¿Cómo es que llegas a Ecuador?

Yo viví en exilio en Europa. Cuando me despojé de mi condición de teólogo de la liberación, empecé a tomar decisiones sobre qué quería en mi vida profesional. Conocí una ecuatoriana y me enamoré, entonces fui a vivir con ella. Y siempre que me preguntan por qué estoy en Ecuador, les digo: es el amor el que me trajo.

Esa ha sido la razón más importante. Más allá de la visión del amor, también hay una condición que aparece: este momento. Es decir, la posibilidad de este momento de poder pensar y construir cosas bonitas que son propias del amor –pero que van más allá de lo afectivo– en un territorio tan chiquito, tan biodiverso, tan cambiante… Ese es un sueño muy profundo y una experiencia muy determinante en la vida. Yo digo que la razón por la que estoy aquí es esa apuesta por el amor dentro de este territorio.

 

¿Cómo ha sido el camino por el Ecuador? Porque has estado por aquí 30 años. Cuéntanos esa trayectoria, cómo has deambulado, cómo has visto los cambios de este país en ese tiempo.

Siento que en Ecuador hay cosas que me retienen pero también hay una parte de mi vida que no lo hace. No sé si es el estar aquí o si es el exilio que me convirtió en alguien con un alma nómada. Claro que todo este tiempo ya es una parte importante en mi vida. Podría decirte que esto me ha pasado en otros lugares y con otros compromisos fuera en América Latina… Algunas cosas que me atraparon durante un cierto tiempo me sirvieron. Pero al final siempre me libero, incluso de los afectos con alguien. Esas, son «bajas» que me gustan porque me permiten vivir con alma nómada.

 

¿Has estado en vaivenes en los últimos años?

Sí, sin embargo, hay cosas que siempre permanecen. Todo este tiempo han permanecido, por ejemplo algunas «líneas» que están en mi vida: el compromiso con los grupos de mujeres, de indígenas, de refugiados, de LGBTI, gente en la que yo me reconozco y me conocen como un militante más. Otra de las líneas de las que aprendí mucho hace ya 17 años, es aquella de «ir hacia lo nuevo», de construir lo nuevo. Esa que es casi una intuición que uno no puede

explicar. Se trata más bien que de descubrirse en la vida y posicionarse en ella como alguien que sabe qué hay que hacer. Otra quizá tuvo que ver con mi infancia: desde los 4 hasta los 12 años caminé con un abuelo campesino, porque él era diezmero del pueblo, tuve entonces una relación profunda con la gente sencilla. Eso me enseñó a vivir mi vida en términos mucho más simples. Esa es una de las pocas cosas –diría Mujica– que se necesita para ser feliz.

 

¿Por qué te dedicaste a la revolución de la educación?

Sabemos que has escrito sobre el Buen Vivir en varios libros.

Uno sería ingenuo si obviara que después de la caída del muro, la globalización se asentó y se distribuyó como una plaga por todo el planeta, y que este es un mundo con enormes desigualdades. Estas condiciones y contradicciones

del capitalismo mundial nos obligan a pensar ¿dónde está «parada» la educación? y ¿qué sociedad quiere construir?

Es ahí donde yo me encuentro.

Hubo un momento en mi vida que me decepcioné del mundo universitario. Sentí que para mí no tenía sentido estar dentro de una universidad y me fui al mundo indígena ecuatoriano por casi tres años. Escribí con ellos, soñé con ellos, luché con ellos y descubrí el Buen Vivir. Cuando me fui a Inglaterra tenía una experiencia muy rica detrás, pero para la cual necesitaba tener un tiempo y un espacio: Cambridge fue eso. Cuando llegué acá con el desafío de la educación, encontré un imperativo ético de trabajar sobre la educación en relación con Buen Vivir.

Estos dos términos fundamentales nos dicen en qué sociedad y en qué mundo estamos, y en nuestras sociedades tejen la necesidad de construir algo. Los grandes pedagogos siempre fueron insurgentes (no en términos políticos, sino pedagógicos) con respecto al status quo. Lo que nosotros [los pedagogos] hacemos es insurrección. Aunque las sociedades y la historia condenen al hitlerismo o al analfabetismo a millones de personas, los pedagogos hacemos un gesto contrario a todo ello. No hacemos política en el sentido de crear política, lo que hacemos son actos de educación que son profundamente políticos en el aula, en la apuesta diaria por cambiar las condiciones, en el hecho de que un profesor pueda sentarse con niños de determinadas condiciones de pobreza, o con la abuela que cuida a los hijos de los ecuatorianos migrantes. Ese tipo de personas son las que garantizan la humanidad para las nuevas generaciones.

 

¿Cuál sería tu ideal de Polis o de sociedad para un futuro?

El ‘individualismo’ y la ‘competitividad’ son conceptos del capitalismo que apedrearon la educación tradicional. Las formas de evaluación de las grandes universidades forman personajes para que se adapten a las masas salariales y para garantizar la existencia de tal o cual función. El Buen Vivir en cambio, nos permite tener una visión crítica del mundo. Este concepto no pone en cuestión al estado sino al mundo moderno, a la vida y a un concepto de vida que es pobre. No trabajamos toda la vida para tener una casa, un hijo, una mujer, sembrar un árbol, cuidarnos a los sesenta, a los ochenta y cinco lidiar con un cáncer e irnos a un geriátrico; trabajamos para vivir y vivir desde que los niños son guaguas para poder mirar los árboles, los animales, el amor, la sexualidad, la gente diferente, mirarnos y sentimos. Esa condición de Buen Vivir se convierte en el gran referente que está por construirse, de forma menos antropocéntrica, más biocéntrica, inclusiva y antipolítica. El Buen Vivir no piensa el problema del mundo en términos de compartir la riqueza. No. El gran desafío del mundo es compartir la pobreza, porque eso nos permite vivir de manera mucho más simple.

 

¿Cómo es que llegas a la UNAE? ¿Cómo te proponen ser rector? ¿Cuándo entras aquí?

Siendo muy honesto conmigo mismo no puedo explicar por qué estoy acá hablando contigo. Esta pregunta tiene que ver más con los demás que conmigo mismo. Recuerdo que cuando volví de Inglaterra no tenía trabajo y alguien me dijo por qué no buscas trabajo en el Instituto de Altos

Estudios Nacionales. Fui y le dije al rector que me enganchara, que yo podría ser un investigador, que tenía algunas cosas que podría ser interesantes. Después de su salida, el ministro de Talento Humano, vio que podía confiar en mí, primero como director de Investigación General y después como rector. Después de 6 meses de estar allí, me dijeron, ¿te interesaría venir hacer una nueva universidad que queda en el sur del país? Reconozco que tengo muchas limitaciones, seguro hay gente que podría hacer las cosas mejor que yo, pero en ese momento dije, no me quedo aquí ni un día más. Entonces el ministro me preguntó si estaba dispuesto a ir y le dije: si quiere tomo un bus ahora y me voy. Vine a crear una universidad, nunca he creado una universidad, pero vine.

En un momento intentamos hacer un Centro Mundial de pensamientos subalternos con mucha gente, pero nos dimos cuenta que hay cosas que no entran en las «cáscaras» institucionales del mundo. Entonces hay que crear otras instituciones bajo ciertas condiciones para que esas «cáscaras» ya no sean «cáscaras» sino lugares abiertos donde se pueda soñar con otras cosas; cosas que no se pueden crear en Cambridge porque tiene 800 años de edad, es imposible. La cáscara institucional es muy pesada. No podemos seguir pensando la vida encerrados en estas institucionalidades, necesitamos otro tipo de aperturas, ¡prohibir y meter a la cárcel a quien se atreva a casarse!. Prohibir que se reproduzcan una serie de condiciones en las que el conocimiento se institucionaliza y el intelectual que se domestica. Queríamos hacer algo y ¡aquí está!

 

¿Qué caracteriza al modelo pedagógico de la UNAE o qué lo diferencia del resto de universidades del país y del mundo?

A ratos pienso que siempre hay una contradicción en el mundo: sabemos por dónde ir, pero al final se siguen los mismos cánones, tal como las cloacas, el sistema es una cloaca. El modelo pedagógico es como una pequeña llave hecha por nuestros académicos de la Comisión Gestora que sin embargo, nunca puede entrar en las cáscaras institucionales porque la [institución] universidad sigue la catedra común y corriente: el profesor que llega inalcanzable y los libros sabios emanan las teorías para indicarnos qué hacer, qué pensar, qué decir, cómo posicionarnos en unas dinámicas narcisistas. Las innovaciones que se quieren hacer –yo diría– están «prohibidas». La [institución] universidad tiene un ritmo propio casi como en The Walking Dead, caminando por los pasillos con sus profesores, sus títulos y sus capas, y los estudiantes siguiéndolos. Aquí, estamos intentando hacer una cosa diferente. Somos gente que vino de la vieja academia, algunos más otros menos, algunos sonrojados de saberse acá, otros sin querer adaptarse, y otros con ganas de comerse al mundo y decir «bueno, por fin estamos aquí». El desafío más grande es el de hacer algo novedoso, pero no por novedoso, sino por emancipador, algo que garantice el futuro de la humanidad. Esto no es otra cosa que el desafío de la coherencia –lo único que nos da fuerza–; se trata no solo de un problema político, en el fondo, es un problema ético.

 

¿Dónde está la UNAE a dos años después de haber empezado? ¿Cómo está cumpliendo la UNAE con lo que se esperaba de ella?

Creo que lo que hemos hecho en estos dos años es increíble porque la universidad la recibimos con 18 chicos, ahora son mil trecientos estudiantes. Muchos de ellos están en prácticas de inmersión. Estamos haciendo una maestría junto a la Universidad de Barcelona con cerca de quinientos profesores, quizá es la maestría más grande que hay en el país. Tenemos entendido que el presidente impulsará la construcción de la ciudad universitaria, que son 24 edificios. Muchas cosas han pasado: recibí un video de nuestros profesores yendo en canoa por uno de los ríos de la Amazonía este fin de semana.

En 2010, todo esto estaba «en papel» ahora estamos aquí. Los chicos ya están en el quinto semestre, quiere decir que en dos años se van a graduar los primeros 200 estudiantes y uno dice ¿Cuándo pasó todo esto?

No ha sido nada fácil. Cuando empezamos, éramos apenas una parte. El presidente me había pedido que trajera a los 22 o 24 chicos que rindieron el examen de ingreso en la Amazonía. Eran chicos que nunca habían salido del agua [la Amazonía], y nunca hubiesen tenido posibilidades de estudiar.

Tenemos profesores de 14 nacionalidades España, Cuba, Colombia, Venezuela, Filipinas, EE.UU., Grecia…, quienes han venido con pocas cosas, pero con un equipaje de sueños impresionante. Así mismo, los chicos que estudian aquí, son chicos de 800 puntos que hubiesen podido elegir cualquier otra carrera pero quisieron ser maestros, maestros de escuela. Aquí queremos estar, queremos entregar nuestra vida. Todo ello es parte de lo que hay ahora, luego de dos años.

 

¿Cuánto tiempo se necesita para que un proyecto de estos cuaje?

No lo sé… Las universidades en las que yo estuve, en Paris, en Inglaterra, en Friburgo, todas ellas son universidades de siglos, de las que aprendemos cosas buenas pero tampoco queremos llegar a ser ese modelo de universidad. No nos interesa eso, queremos una cuestión mucho más auténtica.

 

Se cuestiona mucho a la UNAE en medio de una supuesta crisis en el país ¿Cómo se puede sustentar una universidad así? ¿Están las rendiciones de cuentas?

Bueno la UNAE y las cuatro universidades milemáticas somos universidades de creación reciente, pero somos universidades del estado, es decir que [el presupuesto] va a ser mucho más corto con el tiempo. Nosotros debemos acceder a un porcentaje que se reparte entre todas las universidades de acuerdo a los impuestos, al número de estudiantes y a otro tipo de variables. Sin embargo, no accedemos porque a pesar de que hemos pasado de tener 18 a 1300 estudiantes, la universidad no podría ser [económicamente] sostenible. Además, estas universidades, al ser nuevas, no tienen campus; de los 28 o 29 millones de la rendici ón de cuenta del 2016, más del 70 % está dedicada a la construcción de edificios. Afortunadamente, el estado tiene una propuesta sobre la educación y está haciendo una inyección económica, porque de lo contrario, desapareceríamos inmediatamente. Esto no puede ser por siempre, al final de este año tendremos la capacidad de pedir el porcentaje correspondiente de acuerdo al número de estudiantes, porque tendremos alrededor unos 2.000 de pregrado y otros 1.000 de posgrado; así entraremos en las mismas condiciones que el resto de universidades del país. Los salarios se pagan de acuerdo al escalafón docente que es para todo el mundo. Ahora bien, sabemos que hay gente que tiene mucha experiencia en el campo de la educación pero no tiene «los títulos». En la carrera de artes por ejemplo –el mundo de los artistas no es un mundo institucionalizado– tenemos un reglamento propio, construido por la universidad de las artes, en el que no cuentan escritos sino exposiciones, obras, presentaciones, pinturas y más. Todo esto es un tipo de escalafón. Nuestra prospectiva, siempre ha sido privilegiar la formación y la experiencia académica por encima de cualquier otro sistema.


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