Entrevista a Filmarte

Entrevistas
Nov, 2018
Artículo por República Sur
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Gabriel Páez e Isabel Rodas

Nos reunimos de nuevo, después de mucho tiempo, con los cabezas de Filmarte: Isabel Rodas y Gabriel Páez. Han pasado tres años desde su anterior trabajo Vengo volviendo que fue un éxito como película y proyecto y ha dado la vuelta al mundo. Vuelven con Sacachún, documental que ha ganado el premio del público en el reciente Festival de la Orquídea 2018. Es un placer para esta editorial entrevistarnos nuevamente.

Empecemos por saber qué ha pasado en estos últimos tres años.

Isabel Rodas: ¿Qué hicimos después de vengo volviendo? Pues estábamos decepcionados de Ecuador, no nos pagaban y estábamos endeudados. Habíamos hecho una película sobre migración y nos fuimos a New York. Estuvimos ahí seis meses, originalmente eran tres meses, pero no salió como estaba planeado, a partir del tercer mes empezaron a salir las cosas: fuimos a universidades y a otros lugares y la película empezó a girar.

Gabriel Páez: Estábamos invitados por el festival de cine ecuatoriano con Vengo volviendo y de repente ganamos el premio de público. Hicimos veinticinco funciones en seis estados diferentes. Fue increíble, todo nos resultó bien, tanto en términos económicos como en términos de asistencia y de crítica. Pudimos cobrar todo lo que nos debían en Ecuador y salimos a tablas con la película, sin deudas, que lo veíamos imposible. Y eso nos catapultó a Europa, a encontrarnos con público ecuatoriano en España y en varios otros lugares.

Mientras estábamos allá, después de haber trabajado cuatro años ininterrumpidamente decidimos darnos un respiro, así que nos fuimos de vacaciones a recorrer Asia, estábamos fundidos por el trabajo. Nos sirvió muchísimo para descansar y proyectarnos.

Y hace un año volvimos aquí. Llevamos justo un año desde que regresamos. Hemos estado viviendo en la península de Santa Elena un tiempo y decidimos quedarnos en Salinas estos últimos seis meses haciendo todo lo posible para traer a la vida a este documental que llevamos realizándolo desde hace ocho años.

¿Entonces Sacachún comenzó en el 2011 cuando volvió San Biritute a la comunidad?

G: Sí, San Biritute volvió en el 2011, pero nosotros nos encontramos con la historia un año antes, en el 2010, sin siquiera saber que iba a volver. Fue una historia que nos buscó a nosotros, nos llegó en mitad del rodaje de nuestra primera película de ficción Santa Elena en bus; así que como somos bien intensos y locos, filmábamos la película entre semana y el fin de semana el documental, y después lo hicimos durante unos cuatro años más.

¿Empezó todo entonces en la época de Santa Elena?

I: Sí todo empezó en Santa Elena, es la provincia más joven del Ecuador, la provincia veinticuatro que esta semana cumple once años

G: Llegamos en un momento donde la provincia festejaba sus tres años y las películas que estábamos haciendo eran un rescate de la identidad peninsular que estaba escondida; era «el patio trasero de Guayas», estaba bastante olvidada, menospreciada y era muy pobre. Desde que es provincia se ha visto una transformación muy positiva en todo, ha avanzado muchísimo.

Fue muy loco cómo surgió Sacachún. Estábamos sacando los permisos de rodaje de Santa Elena en bus en el municipio y escuchamos por ahí en un escritorio a dos funcionarios hablando entre risas de un «pipi gigante» y nuestras antenas se pararon para escuchar.

Averiguamos qué era esta historia del «pipi gigante» y nos fuimos a este pueblo para conocerla de primera mano. De a poco fuimos hablando con los viejitos que vivían allí. Así nació y nos encontró Sacachún.

Después de este largo silencio llegan con este documental al festival La Orquídea y ¡pum! premio de público. ¿Lo esperaban?

I y G: ¡yujuuuuu!

I: ¡Que bestia, la gente es maravillosa! Ha llenado las salas, y que vayan a ver un documental en un día que hay muchas películas en una semana con mil opciones. Nosotros estuvimos moviéndola con afiches y volantes, gira de medios, etc., pero cuando vimos la sala repleta, no lo podíamos creer. Cuatrocientas personas para ver una historia tan pequeña e intimista. Además, cuando acabo la película, todo el mundo estaba aplaudiendo. ¡Increíble!

G: El encuentro con otro público fue muy lindo. Imagínate, después de ocho años de sufrir, de levantar fondos, del proceso de montaje, de cuatro años filmando y cuatro editando.

Este ha sido nuestro primer acercamiento al género documental. Además, fue muy aleccionador entender el montaje pensando mucho en el público: ¿a quién estamos contando la historia?, ¿con quién queremos conectar? Eso nos obligó a editar de una manera muy particular, manejando un lenguaje cinematográfico que busca conectarse. Y después de esta acogida que hemos recibido por parte del público, vemos que realmente ha valido la pena el esfuerzo y que hemos logrado mucho.

En la página web de Filmarte vemos que cuentan con un crowdfunding para ayudar con la distribución de la película. ¿Cómo funciona?

I: Realmente tenemos un espacio de donaciones y subvenciones en general que está abierto todo el año para todo el quiera aportar a nuestro proyecto, porque hemos intentado el tema del crowfunding y no es nuestro fuerte. Pero siempre que haya alguien que pueda aportar nos ayuda muchísimo. Con campañas específicas no hemos tenido mucho éxito.

¿Qué supone para el documental el premio del público de la orquídea?

G: Pues, en primer lugar, un orgullo y mucha alegría, pero aparte de esto, lo recibimos en nombre de una comunidad que fue olvidada y maltratada por muchos años. Significa también la posibilidad de acercarse a su cultura e identidad desde nuestro punto de vista y su historia.

El obtener el permio para el documental representa una buena plataforma de lanzamiento, ya que fue su estreno nacional. Es un buen inicio y una puerta para que, esperemos, nos vaya bien en festivales a nivel mundial y en diferentes plataformas. Ahora mismo, por ejemplo, nos han seleccionado para un festival muy importante en Holanda llamado IDFA, que es uno de los festivales de documentales más importante del mundo y nosotros estamos en el apartado de «mercado», o sea, que nuestra película está ahora en vitrina, exhibiéndose para programadores y distribuidores de todo el mundo, festivales y agentes de venta. Además, en noviembre vamos a contratar a un agente de ventas para que la mueva aún más a nivel mundial. Un premio del público en su estreno pues le dota de un prestigio y un aval, le da fuerza.

Ahora nos dan muchas ganas de encontrarnos con ese público nuevo, con esas miradas ajenas a nuestra realidad.

I: También para nosotros ha sido muy importante la sección que ha tenido el festival La Orquídea, Orquídea Pro. Ha sido un punto encuentro donde la gente de la industria, quienes estamos haciendo cine en el país, hemos podido conectar con diferentes invitados de talla internacional, tener su atención y compartir experiencias del mercado internacional. Ha sido increíble, además, darnos cuenta que tal vez el cine ecuatoriano no esta tan mal. En realidad lo que pasa aquí pasa en Latinoamérica y hay que crear nuevas estrategias para abrir nuevos mercados en el cine con nuestra propia identidad.

¿Su visión sobre el festival es positiva?

G: Totalmente, el festival ha crecido, ha madurado. Desde luego sigue siendo aún una plataforma política pero ya le han dado más importancia al festival en sí que a lo propagandístico.

I: Como plataforma ha sido muy interesante y se nota que hay un equipo que ha crecido, que lleva trabajando siete años con mucho esfuerzo, que no necesariamente trabaja para la prefectura y que, desde luego, sabe la importancia de un espacio así.

G: Además, el Festival se trata un espacio de encuentro para directores ecuatorianos, para la gente del cine. Uno de los peros de la industria [del cine en Ecuador] es la poca interconexión entre nosotros, entre los que nos dedicamos a esto. Aquí podemos aprender los unos de los otros y corregir errores que seguimos cometiendo, contarnos qué estamos haciendo bien y qué no, unirnos, sumarnos y hacer crecer esta industria que todavía es muy pequeña, pero que cada vez tiene más fuerza y sobre todo más identidad. Hay un cine ecuatoriano al que tú puedes identificar y eso es muy bonito de ver.

¿Qué tan fácil será ver Sacachún en las salas de cine?

I: Ya está en las salas de cine. Está ahora en Supercines de La Libertad, que es el único que hay en la provincia de Santa Elena. Ha estado por dos semanas y va a entrar una semana más, estamos esperando los resultados de asistencia. Es un documental y hay que ver qué tipo de espacios se presta para la distribución. Pero esperemos que llegue a muchos espacios y de nuevo a Cuenca.

Retoman las señas de identidad de Filmarte de trabajar con comunidades y con personas mayores después de Vengo volviendo que fue con gente joven. ¿Qué tal la experiencia?

G: Nuestra búsqueda y proyectos siempre han estado alineados y enfocados en la memoria transmitida por la tradición oral y que define nuestra identidad y cultura. Siempre es un aprendizaje y por eso, como he dicho antes, Sacachún nos encontró a nosotros. Ha sido un bello proceso. Nos encanta encontrar las historias y que se desarrollen dándoles nuestro punto de vista, pero dejándolas correr naturalmente. Especialmente con esta historia de una comunidad y su fe, con esta deidad, San Biritute, tan maltratada y esta creencia tan denostada. Sacachún tiene que ver con la fe y la esperanza de un pueblo que fue tratado como hereje por sus creencias: creía en una imagen desnuda con un pene erecto, que traía el agua y la fertilidad a la comunidad rodeada de ritos muy mal vistos en nuestros días. El tema había sido muy mal utilizado por la prensa, se notaba al intentar hablar con la gente y ponerse frente a la cámara. Para nosotros fue importante entrar desde el respeto y la humildad, queríamos darle fuerza a esta memoria y que perdieran ese miedo.

I: …y entrar a su forma de entender la fe, porque hay muchas diversidades de fe en el mundo, muchos dogmas que nos separaran, pero la fe nos une, hay una sola fe, la creencia, todos creemos en algo. A mí me hizo creer. Eso nos deja la peli.

G: Yo era ateo hasta hoy [risas]. Y esa es otra de las cosas importantes de la película: ¿de dónde viene la fe? y ¿cómo podemos entenderla? Cuestionarnos como seres humanos.

Existen muchas verdades y en el montaje las fuimos encontrado; por eso fue un proceso tan largo, tuvimos cuatro editores diferentes y al final acabamos haciéndolo nosotros porque no encontrábamos la historia que queríamos contar: nuestro viaje a Sacachún, nuestra llegada a la comunidad, a las historias, a la fe, a la esperanza, al encuentro con estos abuelos maravillosos que necesitaban una voz para contar una historia poderosa. En esto nos convertimos nosotros, en el documental, en esa voz. Una voz que cuenta una historia de lucha de vida, setenta años esperando que se les devuelva su identidad, su propia historia y sin perder la fe ni la esperanza.

¿Cómo refleja el documental esa espera y esa esperanza de tanto tiempo? ¿Cuál es el cambio desde que vuelve la deidad de Guayaquil?

I: En Sacachún había como veinte parejas de adultos mayores, ahora algunos ya han fallecido. Como ha dicho Gabriel, han sido maltratados por los medios (El Universo, El Extra han hecho mofa), pero nosotros, desde adentro, conseguimos que después de romper esas barreras, contaran cómo viven la fe y la esperanza que habían tenido oculta desde hace tiempo, especialmente las mujeres que callaban por vergüenza. San Biritute era como rescatar algo que sus abuelos cuando eran ellos niños, les habían enseñado a respetar y a creer, con San Biritute llegaba siempre la lluvia y la fertilidad, con eso el trabajo. Con su regreso, después de una lucha de sesenta años significaba también el regreso del trabajo, la lluvia, la prosperidad y los hijos.

G: Toda esta historia realmente gira en torno a un personaje. Después del montaje se convirtió en el protagonista, el único niño que vivía en ese tiempo en el pueblo, un niño de cinco años que se llama Josu y que vivía solo con sus abuelos porque su madre había fallecido. Le veíamos jugando solo o con los animales, pero él estaba rodeado de ancianos. La película gira en torno a esta idea, de que a pesar de la oscuridad y de la sequía, hay una nueva esperanza y en el porvenir de nuevas generaciones.

Y eso es la película una esperanza en un mundo que se está cayendo a pedazos, un mundo negativo y con noticias terribles. Esa esperanza de Sacachún se ve reflejada en el documental.

El pueblo se ha transformado en nuestros días, ha muerto mucha gente de la que sale en la película, pero ha cambiado para mejor, porque hay nuevas familias viviendo, gente joven, ha vuelto algo de trabajo. Esos viejitos y la gente de Sacachún tienen más motivos ahora para tener esa fe ciega en San Biritute.

I: En algunas proyecciones que hemos hecho al aire libre, vimos lo poco que se sabía de la comunidad, la película sirvió para visibilizar al pueblo y su historia, y San Biritute se ha convertido en un ídolo que representa a la provincia. Sacachún es sinónimo de gente luchadora y persistente. Por más de medio siglo lucharon y lo lograron.

¿Podemos decir entonces que aún hay esperanza más allá de los 60 y 70?

I: Totalmente, ese es el poder de Sacachún. Seamos indígenas, mestizos, ecuatorianos, españoles de cualquier país o raza es importante entendernos en el aquí y ahora. Esto nos enseña esta historia y estos viejitos. Yo no tengo más que agradecer sus enseñanzas.

Ultima cuestión, ¿nuevos proyectos?

I: Tenemos en mente trabajar en Galápagos y, como siempre, a través de la gente, pero de momento está en sus primeros pasos. Queremos apropiarnos de las necesidades de Galápagos a través de historias, mitos y leyendas y la conservación del medio ambiente. Pero, de momento, es una idea.

G: Sí, es un proyecto que llevará mucho tiempo y la producción es complicada, pero siempre nos planteamos retos más difíciles, en eso andamos y en girar con Sacachún.

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