Entrevista el escritor Luis Carlos Mussó

Entrevistas
Mar, 2017
Artículo por Germán Gacio Baquiola
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Fuente: Germán Gacio / Luis Carlos Mussó

Te trae por Cuenca, una vez más y a los tiempos, esta nueva publicación que debió esperar bastante, pero que al final,logró salir: La Orilla Memoriosa. Cuéntanos que es La Orilla Memoriosa, cómo surgió

No tenía indicios de hacer libro, simplemente era una especie de registro de gente que no iba a estar allí todo el tiempo, esto empezó con una entrevista a Paco Tobar García hace 20 años y básicamente luego de reuniones que teníamos dije bueno ya. La mayoría de las entrevistas se hizo desde el 2008 y de ahí ya el proyecto en libro, aunque no tenía idea ni siquiera de quién iba a editarlo. La idea es hacer un corte de 50 años del pensamiento poético de este país, por eso es que tiene este inicio con Rafael Díaz y termina con Pedro Gil, no convocando a los poetas desde su creación, sino desde su reflexión sobre el oficio. Un poco partiendo desde la historia del pensamiento, cómo se percibe el poeta a sí mismo desde su percepción, desde su lugar de anunciación también; cómo quiere ser leído por otro lado. Eso es básicamente La Orilla Memoriosa.

 

 

Este tema de recoger distintas ideas sobre el oficio es novedoso en el país, ¿cómo fue que llegaste a publicarlo en la Casa de Cultura Ecuatoriana del Núcleo del Azuay?

La idea era precisamente que quedara una base de la obra de cada uno, porque obviamente las preguntas son individualizadas, según las experiencias de cada quien y vi justamente que había una especie de vacío porque a veces hay entrevistas a poetas pero en textos de revistas o libros donde también hay gente de la pintura, de la música; entonces me pregunté por qué no trabajar algo solamente con la lírica, algo literario, así que toqué puertas por ahí. En un principio, pensaba que el libro iba a salir por el Centro Cultural Benjamín Carrión de Quito pero al final el proyecto surgió por la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay, con Carlos Vásconez, por una conversación que tuvimos y se dio inmediatamente el proyecto y se puso a trabajar el editor de ese entonces Cristóbal Zapata con conversaciones de ires y venires. Yo sé cómo los cuencanos tratan al libro y sabía que en Guayaquil no lo iban a acoger del mismo modo, sabía que si lo iba hacer debía ser con la Casa de la Cultura de Cuenca o la Matriz, pero en Guayaquil no, las cosas se las debe decir como son.

Bueno, entonces se interrumpió el proceso, se alargó más de lo que yo pensaba porque hubo elecciones hubo otra directiva y el libro sale ahora con la reedición de Ángeles Martínez.

 

 

Primero, supongo, realizaste una selección de los 45 entrevistados, pero también imagino que el haber tenido a dos poetas, como Cristóbal y Ángeles, habrá aportado también. ¿Cómo fue el proceso de edición? Entiendo también que algunas de estas entrevistas fuiste publicando en El Telégrafo, ¿fue así?

Algunas entrevistas se publicaron en una revista que ya no existe, Ruido Blanco, del Fondo Nacional de Cultura, creo que unas tres, quizás otras tres o cuatro se publicaron en el Telégrafo. Cuando se murió Rafael Díaz se publicó la de él, por ejemplo. Pero, básicamente, lo que quería es mantener la mayoría de entrevistas para el libro. Definitivamente esa conversación con Cristóbal al principio y luego con Ángeles Martínez hizo que hubiera un cuidado mayor del libro, una especie de respeto grande al libro como objeto y obra.

 

 

¿Y cómo se asocia este proyecto individual tuyo de hacer entrevistas a otros poetas con lo que fue tu comienzo en lo que es el periodismo? ¿Dónde iniciaste tu labor periodístico?

Había una columna que compartíamos con Miguel Donoso y después con Mario Campaña sobre comentarios de libros en El Telégrafo. Pero creo que fueron casi a la par, fue estos años de El Telégrafo, que todos extrañamos, de gloria. Luego me dijeron que debía tener más canas por lo tanto querían alguien con más edad y bueno ya tenía otra columna que en cambio era sobre retratos o perfiles, trataba de algo así como de héroes anónimos del país, pero todos sabíamos que iba a tener una duración de tres años.

 

 

Más allá de tus incursiones en la narrativa, obviamente también tu carrera en la docencia universitaria, eres esencialmente poeta, ¿cómo fue ese salto al periodismo?, ¿qué te brinda el periodismo que no te ofrezca la poesía?

Yo creo que me da frescura, me da la posibilidad de estar en la calle, me da mucha apertura y saber que eso se conecta con la gente. Lógicamente sé que la poesía se encuentra en la calle también, pero ahí están otras cuestiones de mediación entre el texto y la persona a la vas a enfrentar como lectora. Pero yo creo que el periodismo tiene sobretodo esa veta, tal vez esa dirección más directa entre quien propuso un texto y quien sirve de receptor.

 

 

De los 42 escritores que han sido entrevistados, ¿tienes alguna anécdota para resaltar o contarnos? Por ejemplo, ¿quién te causo más dificultad o quién te causo mayor sorpresa?

Anecdótico… con Hernán Rodríguez Castello tuvimos por lo menos unas cuatro veces que nos cruzamos en tres o cuatro ciudades distintas, y siempre retomábamos la entrevista. Pero, en general hubo mucha apertura por parte de los poetas y también ministros que no fueron entrevistados jamás porque estaban demasiado ocupados. Por lo regular, el plan era encontrarlos en sus espacios cotidianos, algunas de esas entrevistas fueron en sus casas, como otras fueron hechas después de lecturas justamente en el ambiente literario. Algunas veces también tuve que entrevistarlos dos veces por imponderables de la tecnología (fallos de la grabadora, por ejemplo). Con Rafael Díaz, como él tiene Alzheimer, sucedió que no recordaba qué ya me había respondido, no recordaba que le había hecho la entrevista. Algunas entrevistas me hicieron cruzar el país entero, pero en otras tuve que caminar una sola cuadra en mi barrio en el centenario de Guayaquil. Con Francisco Granizo fue terrible porque yo lo contacto y quedamos en que la semana siguiente íbamos hacer la entrevista y a la semana siguiente ya estaba muerto, y yo a Granizo lo tengo una de las voces más importantes del siglo, fue una gran frustración.

 

 

Lógicamente te habrás nutrido tu como lector y poeta de las experiencias de estos poetas…

Definitivamente. Yo he encontrado vetas que no reconocía en algunos autores que tienen que ver con el mundo de la religión que tienen que ver con el mundo de la filosofía; incluso con los referentes de los poetas que a simple vista no se perciben en una obra pero que al ser confesados uno empieza hacer una especie de árbol genealógico al revés, armas el árbol para arriba no para abajo como en filosofía y poesía se acostumbra. Me resulta justamente muy interesante el hecho de poder configurar ese árbol genealógico de cada quién y enterarme de los proyectos personales de cada uno en cuanto a futuro.

 

 

Y de los entrevistados, ¿cuál fue quien te hizo volver a leer su obra desde otro punto de vista del cual no hubieras imaginado?

Jacinto Cordero, poeta cuencano, a quien yo le había dado una importancia exigua pero que luego de leerlo he encontrado una especie de revaloración. Ese cantarle a la tierra, al territorio, por ejemplo. Creo que es el poeta más cuencano, ver la tierra desde una perspectiva distinta, no la égloga o la quimera, sino una especie de celebración.

En cuanto a Ulises Estrella esas conexiones obviamente con el cine que definitivamente se hallan en su obra. Una especie de cruce, de nexo que se va armando. Es una especie ya no de árbol genealógico, sino que sería como el resumen que está en todas partes de su obra, dándome cuenta que su poesía interpela al pensamiento, al sentimiento, al inconsciente, a lo onírico, a lo lúdico, a todo.

Hablemos ahora un poco de lo que quedó fuera del libro, estas nuevas generaciones, como la tuya y las más jóvenes.

 

 

¿Cómo ves hoy en día el panorama de la literatura, en este caso de la poesía, en Ecuador? ¿Qué cambios has visto en los últimos 10 años?

En Ecuador hay una especie de fuerza latente que está haciendo que los autores se conecten más entre sí y dejen de mirarse el ombligo. Estamos más conectados con el mundo; incluso se están dejando de leerse a sí mismos para, más bien, mirar a Europa mirar América latina, mirar a Estados Unidos, mirar a Asia, mirar a otros espacios. Yo creo que hay mucha fuerza en este momento, algunas bien dirigidas algunas no tanto. Al mismo tiempo esta obra deja también una tarea encomendada a futuro, porque si se cierra con Pedro Gil significa que alguien en algún momento podría tomar la posta y hacer un trabajo que tenga las características similares pero ya con poetas de generaciones distintas.

 

 

El cambio generacional es profundo desde aquellas generaciones que están en tu libro y las siguientes. Anteriormente se llegaba a escritores de Europa o el resto del mundo a través de la literatura que pudiera conseguirse en librerías, hoy –en cambio-con herramientas como Internet o las redes sociales se permite más la conexión entre los poetas, entre la literatura de distintos países. ¿Cómo ves este cambio?

Existe una especie de redireccionamiento. Ya no es sólo consumir literatura sino hacer retos propositivos para que la literatura del país sea leída fuera. Antes, las nuevas escuelas de pensamiento o de poesía, por así decirlo, llegaban con mucha tardanza a estas tierras. Ahora sabemos en tiempo real lo que se está escribiendo en otras partes e intentamos incorporar al Ecuador más rápidamente. Recordemos que, durante un lapso importante, Ecuador se ha convertido en un país casi invisible, como ha pasado también con Paraguay o Bolivia. La literatura de estos países ha estado, generalmente, más ocultos al resto del mundo, y hoy día se está cambiando esa realidad gracias a estas nuevas oportunidades o herramientas.

Podríamos afirmar que existe un paralelismo entre la literatura y el cine, en cuanto a la dinámica de funcionamiento de diversos circuitos. Hace 10 años, en Europa empiezan a premiar al cine iraní, luego al de Finlandia, luego al peruano, empiezan a buscar de algún modo cierto exotismo desde los grandes festivales europeos, que son de algún modo el termómetro de la producción mundial. Pienso que este exotismo, o llamémoslo voluntad de ampliar horizontes, también va a llegar de algún modo a visibilizar la poesía ecuatoriana, boliviana o paraguaya que siempre estuvieron al margen de la gran latinoamericana.

 

 

¿Cómo ves desde esta perspectiva el lugar actual de la poesía latinoamericana?

Definitivamente se conectan, son eslabones que van tratando de pautar un recorrido de la literatura ecuatoriana hacia afuera. Yo creo que también tiene que ver en su momento lo que fueron diferentes elementos como las editoriales cartoneras o bien esa especie de ansía de estar conectado con diferentes espacios, con el hecho de saber qué se está produciendo en América Latina. Observarse más desde nosotros, ya con una mirada distinta, más adulta. Por lo general, el autor ecuatoriano tenía una mirada infantil, faltaba maduración. Yo creo que ahora hay propuestas de jóvenes que han cuajado muy bien y no se debe solamente al transcurso del tiempo del artista.

 

 

¿Qué consejo le darías, como poeta, a estas nuevas generaciones?

Aunque suene complicado, les diría que traten de encontrar un orden a lo caótico. En ese ir y venir de lecturas todos empezamos así, leyendo con mucho desorden. La escritura vendría a ser una lectura crítica del mundo. Encontrar filtros propios es una responsabilidad fuerte que pesa sobre cualquiera.

 

 


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