Daniel Coka: el cuerpo en vitrina

Entrevistas
Ago, 2016
Artículo por República Sur
Este artículo tuvo: 328 visitas, compártelo !
Compartir por Facebook Compartir por Twitter Compartir por mail

Artículos que te podría interesar

Fuente: www.lajuanaestudio.com / Daniel Coka

Eran las 5 de la tarde de un viernes. Varios traseúntes detenían su paso (algunos por minutos, otros por horas) frente a una vitrina iluminada en una de las calles más concurridas del Centro Histórico de Cuenca. Desde lejos, lo único que se veía era la expresión de sus rostros que cambiaba minuto a minuto, se desfiguraba a medida que se acercaban al cuerpo que se exponía del otro lado del vidrio: Daniel Coka, un joven artista transgresor, conmovía y enfrentaba los prejuicios de la ciudad con CAÍN, una muestra de arte acción que recopilaba su trabajo de los últimos años.

A propósito de las cuatro acciones que comprendieron la exhibición, entrevistamos a Daniel para conocer a profundidad lo que implica su trabajo con el cuerpo y el camino que va tomando la performance, ese lenguaje tan versátil, para su obra y para el panorama del arte contemporáneo en Cuenca.

 

Preséntate para nosotros: ¿quién es Daniel Coka?

Yo soy Daniel Coka. Tengo 25 años, llevo trabajando aproximadamente 4 años con la performance, que me interesa particularmente como lenguaje dentro del arte contemporáneo, aunque también he experimentado con el dibujo, la escritura y la escultura. El eje y el centro de mi trabajo es siempre el cuerpo.

 

Decidirse por el arte como forma de vida no es una elección simple, ¿cuándo la tomaste?, ¿por qué?

Creo que todo partió del hecho de estar buscándome y de las decisiones que tomé en ese proceso. Inicialmente quería ser Director de Arte para cine, pero como no se ofertaba en las universidades de la ciudad, me decidí por Artes Visuales. Después conocí a la artista María José Machado, que es quien me lleva a la performance. Sentí una conexión inmediata con el arte acción y es lo que he venido trabajando los últimos años.

No es una decisión fácil; no es fácil ser artista dentro de una sociedad como esta. Primero porque no existe una cultura de consumo de arte, es decir, si abres un espacio, va a ser muy difícil que haya asistencia masiva y que logres ganar algo de dinero. Nadie te paga por tu trabajo, todo pasa por tu propio bolsillo y la autogestión, pero finalmente uno piensa: si yo no lo hago, ¿quién lo va a hacer? Aunque no sea fácil, hay mucho que hacer en esta sociedad todavía marcada por el patriarcalismo, la religión… por eso, como digo, hay que ponerse las faldas y salir a hacer lo que uno tiene que hacer.

 

¿Quiénes son tus referentes en este proceso de investigación artística?, ¿cuál ha sido tu mejor escuela?

Yo creo que he tenido un montón de referentes visuales y teóricos, pero una figura clave es Marina Abramović, también Cindy Sherman y Abel Azcona, hay un montón de artistas que se están desplazando y me interesen, sin embargo, creo que la influencia más importante es el espacio en el que me desenvuelvo. Venir de una socie

dad fuertemente religiosa y de una familia tradicional que está muy enmarcada dentro de sus dogmas que dictaminan qué tienen que hacer y hacia dónde deben ir, me invita a repensarme y a repensar a la sociedad. Mi trabajo viene también desde las imágenes cinematográficas, pues estudié primero cine. Hay referencias al cine b, a Hitchcock… La verdad hay muchas cosas que me alimentan, pero la verdad lo abyecto en mi obra ha sido algo muy impulsivo.

El proceso que estoy cerrando ahora con Caín fue muy intuitivo, no indagué en una escuela en particular, más bien se trató de un ejercicio de vomitar mis sentimientos: los sentimientos como fuerza creadora. Más bien el día de hoy estoy investigando más, buscando más referentes y profundizando en teorías. Tener a mi cuerpo como primera instancia, no tener que comprar materiales ni perfeccionar técnicas pictóricas o cosas similares fue mi verdadero motor. En este sentido, María José Machado y Janeth Méndez fueron importantes para mí, porque sabía que estaban trabajando desde el cuerpo, por el cuerpo y para él. Por otro lado, también me he enfrentado a un conflicto alrededor de la idea de género, “salir del clóset” me obligó a repensar mi lugar, mi obra, mi espacio. Esto también fue decisivo al momento de embarcarme en el arte acción.

 

¿Qué otros elementos destacas del arte acción?, ¿qué te permite expresar?

Es lo que mencionaba: tener en primera instancia a mi cuerpo. Si ya tienes la voz, después se trata de producir, es algo inmediato, rápido, sin la necesidad de contar con más insumos que uno mismo. Además mi obra ha sido muy intimista, siempre ha estado mediada por la relación y el conflicto con mi cuerpo, poderme expresar desde él ha sido interesante.

Creo que el día de hoy mi trabajo ha hecho que muchos jóvenes artistas que están buscando experimentar con el cuerpo empiecen a trabajar con el performance. Presenciar acciones transgresoras o desde el dolor ha hecho que muchos se vuelquen a este método. La verdad no sé si mi trabajo sea realmente un referente, pero creo que el haberme enfrentado a puertas cerradas, a censuras y críticas; abrir espacios y continuar produciendo puede estimular a que alguien se acerque al arte acción.

 

¿Crees que Cuenca es una buena ciudad para el arte acción? ¿Qué supuso el FAAC (Festival de Arte Acción) del año pasado?

Cuenca ha hecho que articule mi trabajo en torno a algunos ejes, como pertenecer a una minoría LGTBI, que no se hablan en la ciudad porque son tabúes y hay mucho drama alrededor de ellos. Mi trabajo se consolida desde una posición, desde una idea de quiebre.

El FAAC (Festival de Arte Acción) fue un boom y “quemó” a la ciudad de otra forma. Cuenca es una ciudad muy conflictiva y el festival la enfrentó con esta forma de arte. Pero mantenerlo o cualquier proyecto de arte acción es muy complicado porque falta apoyo institucional y a los artistas nos faltan recursos, trabajamos desde lo precario, “desde el cartón pintado”. De todas maneras, el FAAC nos ha dado esperanzas para seguir produciendo, conozco a tres performers, estudiantes de artes, a quienes realmente les movió ver este tipo de expresiones en la calle.

Por otro lado, creo que la gente se conflictúa porque no tiene un concepto claro sobre perfomance, creen que está inmerso dentro de las artes escénicas o de la danza. Y aunque nos movemos en una línea muy fina y hay muchos elementos de puesta en escena, también hay mucho de arte plástico.

 

¿Qué es lo que te separa como artista de tus personajes?

Creo que no hay nada que me separe, sobre todo porque no creo que construya personajes, sino más bien son la representación de mis estados anímicos o de símbolos que intento deconstruir. Son momentos muy personales que la performance me permite mostrar. La quinceañera, por ejemplo, tiene todo ese background tradicional de que la chica sale a la sociedad como mujer y dice “soy grande, ya puedo tener hijos”, pero también me interesa el resultado de ese trozo de tela (el vestido rosa) sobre un cuerpo masculino que se expone y construye un nuevo imaginario sobre los que ya están arraigados en la sociedad. Yo busco esa transgresión.

En el teatro, por ejemplo, adoptas un personaje, te pones la máscara y entras en él, pero yo estoy haciéndolo desde Daniel Coka, desde mis propios estados que trato de visibilizar: “me siento quinceañera”, “me siento militar con tacos altos”, “ me siento un burro”…

 

¿Crees que continuarás explorando estos estados?

Seguramente los seguiré trabajando porque son yo a la final, pero ya no desde ese punto tan abyecto o tan gore. El dolor como eje principal ya no estará en mi trabajo, creo que lo superé. Ya no me siento Caín, ya no me siento marcado, pero esto ha sido un proceso de más de tres años de aceptación.

 

Cuéntanos un poco sobre Caín.

Caín es un proceso de casi tres años alrededor del performance que responde a ese momento en el que decides tomar control de tu vida, independizarte, aceptar lo que eres, y te sientes como la oveja negra de la familia, como el marcado. Fue una de las primeras instancias en las que pude tomar mi cuerpo para expresar todo lo que estaba pasando; fue tomar decisiones y encarar muchas realidades y a esta sociedad agresiva que te oprime y maltrata, muchas veces “entre líneas”.

 

¿Dónde encuentras los límites de la intervención con tu propio cuerpo? ¿No temes hacerte algún daño irreversible?

En la performance no hay límites reales, porque no trabaja con la lógica. Creo que es como llenar la copa, si tú llenas la tuya entonces puedes parar. Hay que ser sinceros con uno mismo, en mi caso, por ejemplo, encuentro que la necesidad de seguir trabajando, la conciencia de que tengo que levantarme al día siguiente para poder seguir creando me dice cuándo debo parar. La obra debe ser el límite, el concepto, tu posición dentro del arte, la búsqueda… la intervención no tendría sentido sin esto.

 

Tu obra dio un paso de lo abyecto hacia la deconstrucción de las identidades genéricas culturalmente asignadas, explícanos cómo ha sido tu proceso de exploración a través del arte acción.

Lo abyecto siempre está presente de alguna manera, sin embargo me interesa el dolor como reflexión en torno a los cuerpos precarios que no están visibilizados en la sociedad. El dolor me hizo repensarme, saberme vivo y conocer cómo mi cuerpo es un arma poderosa. Vivo en una ciudad que está construida sobre las nociones rígidas de hombre/mujer. En este sentido, lo queer es de alguna forma un espacio que construye desde la apertura, desde la crítica a las etiquetas constituidas, desde la eliminación de los límites. El trabajo sobre género también es mi posición de vida.

 

Esta transgresión seguro causa diversas reacciones en los espectadores, ¿cómo las enfrentas?

En la presentación de Caín me gané muchos enemigos, mucha gente piensa que mi trabajo no es arte, pero más allá de eso yo creo que lo importante es hacer, crear. En algún momento mi intención sí fue escandalizar, pasar tantos años camuflado en esta sociedad prescriptiva, “dentro del clóset”, hizo que tenga la necesidad de gritar: “véanme, estoy aquí y hago esto”. Ya no estoy en ese momento, por eso me propongo dejar el dolor, que puede ser uno de los mecanismos, no sé si fáciles, pero sí más rápidos de llegar a la gente. Probablemente acostumbré al público al morbo que le generaban mis acciones, por eso, cuando el performance era más sutil, no se quedaban. Todo esto me obliga a repensar mis mecanismos y evolucionar hacia otras formas, que espero se refleje en mis próximos trabajos.

 

Fuente: Fotografia Xavo Gallego / Daniel Coka

Fuente: Fotografia Xavo Gallego / Daniel Coka

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • NUEVOS

    Entrevista a Andrés Zambrano

    Por el estreno de la obra El Público, de Federico García LorcaUna pequeña entrevista al director de la famosa y …

    Leer más

    Poesía y ciudad también se pueden escribir con M

    Una de las características menos laureadas de la poesía y su complejo transitar entre las páginas del tiempo es la …

    Leer más

    Somos escenario del mundo

    Escenarios del Mundo, Festival Internacional de Artes Escénicas de Cuenca se ejecuta del 26 de septiembre al 7 de octubre …

    Leer más

    Cuando las resistencias son (pre)históricas

    Tenemos tan interiorizada la mirada masculina que siguen sorprendiéndonos noticias, artículos o ensayos que cuestionan nuestro enfoque falocéntrico y proponen …

    Leer más

    El Sur Cine Lab o los caballeros de la triste figura

    Como un guerrillero cruzando una montaña echa de harapos, el viento aplastándole la espalda, la sonrisa casi de escarcha vieja, …

    Leer más

  • AGENDA REPÚBLICA SUR
  • ÚLTIMA EDICIÓN