Cacho Gallegos: La mamitis puede arruinar buenas ideas

Entrevistas
Ene, 2016
Artículo por Agustín Reinoso
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Fuente: www.elcomercio.com / Cacho Gallegos

La noche que fuimos a la Sala Alfonso Carrasco a ver Barrio Caleidoscopio , Alfonsito, el cuencanísimo personaje de la obra, confirmó la sospecha de que era Carlos Gallegos quien debía hablar de su majestad la morlaquía. Gallegos encarna en algunas de sus obras la más pura cuencanidad, al hombre místico y escéptico, al creativo y perspicaz, al bocón e hipócrita.

 

Esta es, sin más, una entrevista para hablar sobre nosotros los cuencanos. Todos los seres humanos somos luz y sombra, así que es saludable que de vez en cuando alguien diga algo sobre los matices negativos que integran nuestra cotidianidad y nos ponga pilas sobre nuestros comportamientos en la casa, en la calle, en la tienda del barrio, en el trabajo, en la cola del banco, en el mercado… Y lo mejor sería que un cuencano mismo dé haciendo esa suerte de retrato que precisamos para reconocernos.

 

¿Qué mismo somos?, ¿qué no somos?, ¿qué hemos dejado de ser?

Gallegos es un teatrero portentoso que atesora un vasto conocimiento de la urbe y su historia y que ha acumulado experiencia y premios. Su experticia en el teatro antropológico, además, lo convierte en el personaje perfecto para desentrañar la morlaquía desde una voz distinta, fresca, que supere el anacrónico o casi siempre tendencioso análisis político o religioso.

Su trayectoria, asimismo, le otorga autoridad para hacerlo. Solo por hacer un poco de memoria, Gallegos cumplió el objetivo de dar La vuelta al mundo en 80 meses con Macario, un montaje basado en el cuento del mexicano Juan Rulfo. Hizo Plush, caló en el cine como protagonista de Prometeo

Deportado —que tuvo un auspicioso estreno en octubre de 2010 al llevar a unas 80 mil personas a las salas del país en un mes—, y ha consolidado Barrio Caleidoscopio de tal forma que en mayo de 2015 ganó con la obra el primer lugar en el Festival de Monólogos de Toulouse, Francia.

Gallegos vive en Toulouse, adonde se fue a vivir con su esposa y su hija hace cinco años por cuestiones de amor y trabajo. Regresa, sin embargo, todo el tiempo a la ciudad porque nuestras costumbres, tradiciones, comportamientos y omisiones son parte de su obra. Por eso ha estado siempre al tanto de los progresivos cambios que ha traído consigo el tiempo y la evolución de la cultura y la sociedad.

Cuando estamos lejos de nuestra casa y de nuestra gente, repara Cacho, uno llega a desarrollar la capacidad de entender mejor las cosas, de sentir distintas otras, de ver lo que antes no se veía. No importa el tiempo que pase, pero siempre que vuelve a Cuenca, a veces a los dos meses, a veces a los tres años, siempre encuentra algo distinto en la ciudad y en las personas.

Pero más allá de todo lo bueno y todo lo malo que nos define, de todas nuestras imperfecciones, ¿qué tan autocríticos y reflexivos somos con nosotros mismos? No lo tomen personal, pero en realidad esto atañe a todo el degradado planeta en el que vivimos. El mundo mismo ya no es un lugar seguro: discurren la indiferencia, el egoísmo, la mentira, el dolo, los corazones fríos, la impunidad, la muerte, la injusticia, la guerra.

Claro que somos educados, críticos, creativos, cultos, aunque paradójicamente poco tolerantes a la crítica y a la frustración, y, por la comodidad que flanquea nuestras vidas, a veces también nos cuesta concretar las cosas y movernos con independencia.

Los hay sensibles, prolíficos, cultos, unders, esnobs, activistas, buenos y malos políticos, gente talentosísima e inteligente que se ha hecho de buena fama en el país, pero que tristemente le gusta hablar mal del resto y sobre todo cuando el otro no está presente.

Podemos presumir de haber dado vida a algunos de los personajes más ilustres de la historia nacional, a notables escritores, poetas, artistas, empresarios, emprendedores. Podemos presumir de que somos un modelo de gestión pública a nivel nacional, que bebemos la mejor agua de América Latina, que vivimos con los mejores servicios básicos del país. Pero, a veces, en el ritmo trepidante de la cotidianidad, no reparamos en que ciertas nimiedades bien pueden llegar a ensombrecer todo lo honorables y talentosos que somos y hacer quedar mal a la ciudad, de largo, más bella del Ecuador.

Es tan cuencano componer falsos cumplidos y asignar gratuitamente apodos y peros a cualquier pobre hombre que se asome en nuestras vidas. Es tan común que cuando alguien nos dice las cosas de frente, sin empacho, reaccionemos hablando mal de él cuando se ha ido. Nos cuesta aprender a decir que no. Y también, de ley, nos cuesta decir las cosas de frente.

 

Todos estos años has vivido como un nómada viajando por el mundo mientras en la ciudad no paran de sucederse cambios a todo nivel: sociales, culturales, políticos… ¿qué ha pasado en Cuenca en estos tiempos de globalización?

Han pasado muchas cosas y se han dado muchos cambios en la ciudad y en la gente. Pero quiero empezar mencionando uno en particular que me llama la atención: la pérdida de la vida de vecindad, de barrio, que significa, en cierta forma, la pérdida de una parte de la identidad.

 

¿Qué parte de la identidad hemos perdido?

La identidad juvenil, por ejemplo. Yo crecí en barrio, en mi barrio, y para mí crecer en el barrio de mi ciudad me daba eso: una especie de identidad infantil-juvenil con respecto a los jóvenes y niños de otros barrios. Nos uníamos y armábamos equipos de fútbol para competir en torneos contra los otros barrios. Pero ahora no veo nada eso. Cada vez que regreso a la casa de mis padres donde yo crecí, en la Ciudadela Álvarez, me da nostalgia porque no veo nada de eso. Hoy podría ser un barrio cualquiera de otra parte de la ciudad porque no se parece en nada a lo que fue en mi niñez.

 

¿Qué ha pasado?

Cuenca se ha homogeneizado y los lugares que antes parecían lejanos ahora no lo son. Antes era lejísimos ir a Baños, a El Vecino, a El Vado, pero ahora no, todo es cerca y los jóvenes tienen más libertad para moverse solos y de forma independiente.

 

Y parece que también hemos sido tocados por la cultura del individualismo, por el culto al yo, al ego. El cuencano, como el hombre de primer mundo, también se embelesa con la tecnología y la soledad.

De hecho creo que ese es otro de los factores que han incidido en la pérdida de la vida de barrio. Yo de chico iba de paseo a la montaña de Gapal, que en ese tiempo era campo, pero ahora cada uno vive por su lado. Se vive una indiferencia ante el vecino y ante la gente donde mucho tiene que ver el individualismo.

 

¿Qué otros matices definen a la Cuenca contemporánea?

Muchos, pero, además del invidualismo, lo que también me preocupa es el tráfico y la inseguridad. Ahora hay que cuidarse las espaldas, andar a la defensiva, y las calles donde jugaba fútbol de niño porque estaban vacías, hoy están llenas de carros.

 

… y de gente que pita agresiva, violenta, y que poco le falta para pasarte con el carro por encima…

Sí, el ritmo de la ciudad es otro: es intenso, estresante, muy diferente a lo que era.

 

¿Y qué ha pasado con nuestra mentalidad? ¿Seguimos siendo tan conservadores como siempre?

En realidad creo que hay un cambio de mentalidad. Así como hemos adquirido prácticas negativas, también hemos cambiado para bien en algunas cosas. Hoy percibo una mentalidad más abierta, más ambiciosa, pero en el buen sentido. Veo que hay una sana ambición de querer ser más y una apertura para recibir de buena manera a las nuevas culturas que están llegando.

 

¿Cómo así?, ¿o sea que estamos siendo buenos anfitriones y en efecto tolerantes con los extranjeros que están llegando a la ciudad?

Sí, el cuencano se ha abierto y quiere abrirse a otras culturas, ponerse en contacto con gente nueva. Eso está rompiendo el paradigma de que es cerrado a sus costumbres y tradiciones.

 

¿Abrirse así y cambiar paradigmas es evolucionar?

Hay una evolución de la forma de pensar. Abrirse a otras culturas es evolucionar. Hemos convivido tanto tiempo entre mestizos e indígenas y ahora estamos predispuestos a convivir con europeos, norteamericanos, asiáticos… Hemos hecho una buena transición del pasado hacia el futuro.

 

¿E incorporar la capacidad de tolerar y convivir pacíficamente con otras culturas nos vuelve cosmopolitas?

Ser tolerantes y buenos anfitriones ante tantas culturas nuevas nos vuelve cosmopolitas. Hoy Cuenca está llena de bares, restaurantes, cafeterías, circuitos turísticos, hay mayor organización que antes, hay calles más limpias… Está honrando su carácter de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

 

¿Qué extrañas de la Cuenca del pasado, qué te causa melancolía?

Mis paseos de niño por las orillas del río Tomebamba. Me encantaba ir caminado por allí y ver a las señoras lavando y secando sus ropas coloridas. Era un espectáculo a puro color que hoy ya no hay.

 

Te lo vuelvo a preguntar porque hace un rato finalmente no me respondiste, ¿crees que seguimos siendo tan conservadores como antes?

Sí, bastante. Creo que hay cosas que no van a cambiar, rasgos que son propios de nuestra sociedad que nunca morirán. La tendencia conservadora se mantiene y va a continuar, salvo que haya una guerra que provoque un cambio brutal, si no, no.

 

Y lo que es más, en Cuenca todavía hay familias ultraconservadoras que forjan sus generaciones especialmente a través de la tradición.

Sucede porque lo conservador está vinculado a la religión, a la educación, a la familia, al poder económico, y aquí en Cuenca pesa mucho todo eso.

 

Cuando te escucho me acuerdo de Prometeo y Alfonsito, dos personajes insignes en tu obra y que son muy cuencanos, muy conservadores…

Ambos son cuencanos, y de hecho algunas de mis obras y personajes se han inspirado en la cuencanidad, en amigos míos, en el comportamiento tan peculiar que tenemos a veces quienes hemos nacido en esta ciudad.

 

¿Cuáles comportamientos?

Jajaja (…) Prometeo, por ejemplo, era un mitómano, un charlatán, alguien que decía el montón de cosas que ha hecho en su vida.

 

O sea somos habladores, bocones…

Algo así jaja (…) En la construcción de ese personaje me inspiré en algunos amigos míos que se la pasaban contándome de los proyectos que iban a hacer y de lo mucho que iban a cambiar el mundo. Yo les creía, me quedaba fascinado, pero al regresar a Cuenca tras unos años me daba cuenta de que no habían hecho nada y más bien se inventaban un montón de pretextos. Me decían: “Lo que pasa es que… Lo que pasó fue que…”.

 

Y Prometeo deportado convocó a 80 mil personas en menos de cuatro semanas en las salas de cine del país.

Y el protagonista de esa película fue el cuencano bocón.

 

¿Por qué dices que somos habladores?

Porque tendemos a hablar y a prometer más que a concretar las cosas y los proyectos de vida.

 

¿Y por qué al cuencano le cuesta concretar las cosas?

Creo que por falta de necesidad. Yo conozco otros lugares del mundo donde si no haces las cosas, te mueres. Pero aquí, en Cuenca, siempre hay alguien que puede salvarte y te confías de eso. Siempre está la familia, los amigos, los abuelitos… Siempre hay solución de ayuda. Si falta comida, van a almorzar donde la mamá y todo se arregla. La gente termina haciendo las cosas por verdadera necesidad, y aquí tenemos la suerte de que no se pasa esas verdaderas necesidades.

 

Pero entonces los padres también tienen que ver al seguir tratando a sus hijos adultos como niños, aunque nada justifique aquello.

Sucede de lado y lado. Por uno, los hijos cómodos y por otro los padres que enseñan a sus hijos a ser cómodos. Pero eso también tiene un lado positivo, porque se crece en medio de fuertes lazos afectivos.

 

¿Dices que la comodidad atenta contra la creatividad y el progreso?

En cierta forma, pero en cambio el amor de la familia evita la depresión, el suicido, males del primer mundo. Pero igual pienso que uno no debe construirse sobre los padres.

 

Entonces hay que vencer el síndrome de la “mamitis”.

La mamitis puede arruinar buenas ideas, porque muchos quienes la sufren no sienten una necesidad vital de hacer las cosas porque viven cómodos y los hace inconstantes.

 

¿O sea a los cuencanos nos cuesta mantenernos en el camino que algún día elegimos?

Se evidencia la inconstancia porque la gente no persigue lo que realmente anhela, no todos tienen una visión a futuro y dejan caer proyectos. El otro día, cuando fui al SRI a cambiar el RUC, la chica me preguntó: ¿Y ahora qué va a hacer? Y yo le respondí riéndome: lo de siempre, actor, y ella dice: es que como la gente de Cuenca cambia de trabajo a cada rato…

 

En el país, el cuencano tiene la fama de hipócrita, ¿es tan así?

Yo, de mi parte, sí lo he sentido así. Lo he escuchado siempre y en varios lugares del país. A mí me ha pasado en todas las clases sociales y económicas de la ciudad. Estuve en una escuela fiscal y pasé a un colegio privado y siempre lo sentí. Yo nunca me metí de lleno en eso porque no me interesaba, pero en la ciudad sí pasa y se percibe más a nivel familiar y de los grupos de amigos.

 

¿Por qué el cuencano se ha ganado esa reputación?

No lo sé, aunque también puede ser por una cuestión de apariencias. En la época de la colonia mucha gente se cambiaba de apellido porque tenía raíces indígenas, por vergüenza. Había personas que nacían indígenas y se pasaban al lado de los criollos y españoles, supuestamente, para vivir mejor. Eso le llevó a fingir ser otra persona para ser aceptado con base en la construcción de un personaje falso.

 

¿Crees que esa es una de las cosas que están tan fuertemente arraigadas que puede resultar difícil cambiar?

Me parece que ahora hay más información y el cuencano tiene la oportunidad de verse en comparación con los otros, con los extranjeros que están llegando a la ciudad. Eso es bueno porque la convivencia con estas nuevas culturas ayuda mucho a cambiar.

Afiche Prometeo Deportado una pelicula de Fernando Mieles.

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