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Escritura
Mar, 2016
Artículo por Pedro López
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    Cuenca es la ciudad en la que hace 35 años mi madre folló con una sombra a la que hasta el día de hoy persigo y no encuentro, como un Peter Pan bizarro y anacrónico. Mi barrio fue siempre Todosantos, y recuerdo que de niño mi madre me llevaba a las panaderías en cuyos hornos de leña el pan era manufacturado por señoras sexagenarias, de brazos y talles anchos, dándome la impresión de ser divinidades paganas que no hacían distinciones de clase ni de sapiencia entre quienes consumíamos sus frutos.

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    Hoy salgo a caminar por Cuenca y es tan común encontrarme con turistas de la tercera edad que apostaron por las calles de mi urbe, pues seguramente en ellas encuentran la candidez y el encanto que el Primer Mundo perdió a base de artificios y trincheras.

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    En Cuenca está mi escuela primaria, en la cual fui un alumno ejemplar, con diplomas y medallas, obtenidos a costa de perderme los partidos de fútbol que por las tardes jugaban mis compañeros de clase, y de los que apenas me enteré un par de décadas después.

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    En Cuenca confluyen 4 ríos, y también la humedad de mis amores fallidos, por quienes aposté todo, creyendo que eran un oasis en el desierto, y solo resultaron ser arena y piel. Valquirias que posiblemente ya me habrán negado más de tres veces, pero que nuevamente a solas sucumbirían a mi sombra y mis dedos.

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    En Cuenca he encontrado hogares substitutos en algunos bares, donde sé que mis amigos me esperan a pesar de que casi siempre llego tarde; en Cuenca hay un balón y una camiseta roja que nos provocan alegrías y taquicardias; en Cuenca recibí de niño la bendición del Padre Crespi, quien vaticinó que yo viviría muchos años, no especificó si sería feliz.

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    Una vez, cuando era adolescente, caminé hasta perder el aliento, llegué a las inmediaciones de un río y muy cerca estuve de sumergir mis quebrantos en él, y tomando en cuenta que no sé nadar, era una buena opción para aspirar al infinito; a final de cuentas no lo hice, no sé si por cobardía o por recelo de ser salvado y pescar luego una pulmonía

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    En Cuenca está la Catedral Vieja, en donde, entre vientos y cuerdas, canté Mozart o Vivaldi y sentí lo que es lo sublime, el soplo de vida divino, el mismo que según dicen convirtió el barro en vida.

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    En Cuenca se da el Pase del Niño, con feligreses que enaltecen la infancia de Cristo, y caballos que llenan de mierda las calles. En Cuenca hay tantas iglesias como advocaciones de Jesús y de María, y para cada una de ellas devotos dispuestos a dar saltos de fe, en un extremismo inofensivo y seguramente gracioso a los ojos del Demiurgo.

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    Vivo en la misma ciudad donde nació Dávila Andrade, y de eso me siento infinitamente más orgulloso que de cualquier hazaña olímpica. Tenemos la mejor Plaza de Flores del mundo y el peor puticlub del país, y no por falta de belleza sino de vocación.

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    Me gusta sentarme y mirar a las palomas en la plaza de la 9 de Octubre o en Santo Domingo, me gusta dar vueltas por el Centro Histórico y tratar de adivinar la alegría o la tristeza en los ojos de los desconocidos que me salen al paso. De cuando en cuando me siento frente al Conservatorio de Música, o en una banca del parque de Cristo Rey y hago inventario de vida. Me cabrean los Centros Comerciales con sus teenager´s y sus familias nucleares, adormecidos a base de comida chatarra y cine bobo. Y de todos los viajes, y de todos los excesos, amo tanto volver a una casa vieja, hecha de adobe, a la que mi abuela defendió a fuerza de desvelos y costura, y en donde sé que me esperan mis libros y mis hadas madrinas, pacientes, cariñosas, dispuestas a compartir fatigas con un outsider, el cual casi ya no tiene certezas, salvo algunas: que aún se debe encenderle el cigarrillo o abrirle la puerta a una dama, que la mayoría de damas en realidad no lo son, que la mujer es el más bello enigma que a veces creemos estar a punto de resolver, pero basta que nos sostengan por un momento la mirada para que se esfume cualquier posible lógica; y es que hay mujeres tan hermosas y entre ellas una Reina, de fuentes y flores, de galas vestida, a la que cada día me aferro como el naúfrago a su tabla, como el estilita a su columna.


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