Manual Ilustrado de Proyectos Inconclusos

Escritura
Ene, 2018
Artículo por Jaime Ortega
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DON FERNANDO PESSOA CAMINA VELOZ POR LA BAIXA DE LISBOA

Las pocas fotografías que hay de Fernando Pessoa, repetidas en mil ediciones, conforman un pequeño misterio.

En casi ninguna de ellas como era habitual en la época el sujeto, es decir don Fernando, posa para el fotógrafo.

Más bien al contrario. Su imagen parece una captura casual, un documento gráfico del día a día.

Podemos rastrear sus primeros retratos de infancia en la casa Muñiz Martínez, un establecimiento fotográfico de la Baixa lisboeta que olía a tabaco inglés y chocolate.

Allí posó Fernando, de pequeño, junto a sus padres, mucho antes de llegar a ser el personaje metaliterario que su intrincado proyecto parecía necesitar.

Algunos años más tarde, pocos a decir verdad, cuando el círculo vital de los muchos Pessoas está a punto de cerrarse, hay un último retrato de Fernando en el que también posa para el fotógrafo.

Lo realizó Augusto Ferreira Gomes, el mítico autor de la olvidada obra «Ekphrasis», en noviembre de 1935, apenas unos días antes de que Fernando Pessoa muriese.

Entre ambas fotografías transcurren 47 años en los que el rastro de su imagen se difumina. Múltiples fotografías anónimas que, sin embargo, debieron ser realizadas por alguien muy próximo a él, han quedado como recuerdo.

Una, en concreto, realizada en 1927, debió ser obra de José Regio pero no existe la certidumbre de que así fuera.

El rastro que dejaron las personas que vivieron en el pasado es un acontecimiento arqueológico emotivo pero mucho menos significativo de lo que suele presumirse.

Sus vidas, aunque parece difícil creerlo, fueron tan corpóreas como las nuestras, que son tan rastreables y visibles. Los daguerrotipos y retratos que han sobrevivido son una suerte de flashes para nuestra memoria.

Flashes que, a medida que avanza el siglo van creciendo en luminosidad hasta conformar esa luz excesiva que ahora nos envuelve.

Pero es otra fotografía de Fernando Pessoa, quizás la más reproducida, también anónima, la que más nos interesa.

En ella se le ve caminar por el Chiado o la Baixa, no es posible saberlo, enérgicamente, veloz.

Lleva una carpeta bajo el brazo, es invierno, está a punto de poner en marcha su enésimo proyecto editorial, ahora se trata de una revista, «Athena», en ella ha volcado toda su recurrente multiplicidad: es editor, traductor, escritor y maestro de ceremonias de un amasijo de autores portugueses a los que les queda demasiado cerca París y demasiado lejos su propia ciudad.

Es Febrero y ya tiene los contenidos de los tres primeros números, entre ellos una traducción de «The Raven» que ha realizado meticulosamente en su oficina de la Rua de Douradores mientras fingía trabajar.

No ha quedado completamente satisfecho con su primera versión y así se lo ha hecho saber a Rui Vaz que participa en el proyecto de un modo que, desde febrero de 1924, irá concretándose paulatinamente hasta acotarse definitivamente en noviembre, fecha en que aparece como codirector del proyecto.

De la historia de Rui Vaz no sabemos prácticamente nada, parece haberse ocultado para nosotros bajo el manto de fama póstuma de su colega Fernando.

De la traducción de «The Raven» que vendría a llamarse como es normal «O corvo», no hay misteriosamente reediciones en Portugal pero parece ser que fue elogiada por los pocos contemporáneos de Pessoa que leyeron el número 1 de la revista «Athena».

Pocos lectores para un círculo cultural mínimo, en una ciudad que hacía muchos años se alejaba del epicentro de cualquier cosa.

Lisboa en 1924, al menos en lo que respecta a la Baixa, territorio habitual del día a día de Pessoa, es prácticamente idéntica a la ciudad por la que hoy paseamos.

Hay un motivo que se repite en todas las fotografías tomadas a Pessoa paseando por la calle, es el suelo. Ese sistema de adoquines tan simpático que le confiere una fantástica continuidad estética a toda la geografía urbana portuguesa.

No tenemos noticias de que a Fernando Pessoa le sugiriese nada especial este hecho, a nosotros nos gusta imaginar que sí, que en alguna parte de su baúl hay una nota y en ella, mientras hace cuentas y calcula cuánto le falta por pagar al impresor Libaio da Silva, hay un dibujito, un apunte de un enjambre de adoquines que asume como su propio enjambre de personajes, su universo literario, su obra.

Una magnitud laberíntica de seres, libros, revistas, proyectos inacabados. Sin remedio condenados a boceto de una obra no ya ambiciosa sino imposible.

UN CUERVO MARXISTA ACTÚA EN UNA PELÍCULA DE PASOLINI MIENTRAS, POCO A POCO, SE FRAGUA «PETRÓLEO».

Bar las vegas, carteles de cinzano, camareros con camisa blanca y pajarita negra, chicos jóvenes, pasos de baile, música de Ennio Morricone. 1965. Moda en la periferia.

Pasolini ríe aunque es un señor mucho más serio de lo que parece, cada poco tiempo enfoca el debate político y cultural de una Italia vibrante.

Pier Paolo Pasolini es, en las décadas de los 60 y 70, un trueno en el cielo del capitalismo europeo.

Pero ahora, de nuevo, está rodando en las afueras de Roma, al sur, rodeado de jóvenes de clase obrera, en el camino antiguo a Fiumicino, entre Corviale y Eur, en un punto en el que Roma se difumina lentamente hacia el mar.

Sopla un viento que los romanos llaman Ponentino, una brisa que llega del mar y refresca Roma desde el oeste.

Ha hecho calor todo el día pero durante el rodaje ha pedido a los chicos que lleven ropa de sport, lo que en 1965 viene a significar, jerseys de rombos, chalecos, pantalones ajustados y zapatillas de deporte.

Hay una escena en la que bailan una música imposible de Ennio Morricone, y, aunque la fotografía en blanco y negro no permite apreciar los colores, podemos imaginar un gran lío cromático de marrones y naranjas, posiblemente verde para una chaqueta de skay con palmeras bordadas.

La belleza de la periferia no reside en la armonía, hay que buscarla en otras certezas: en las pieles jóvenes, en los ojos negros que miran desde las ruinas, en las risas cuyo eco resuena bajo puentes de autopistas inacabadas.

Allí busca Pasolini con su cámara Arriflex de 35 mm, allí encuentra la pureza sucia y bella entre el barro y la basura.

Porque su pasión es desvelar la juventud, atrapar esa fuerza vital que todo lo inunda. Así traza día a día una trayectoria creativa saltando de un medio a otro, del texto periodístico a la novela, del cine a la pintura.

Ahora está con Ninetto Davoli y Totó, han rodado una secuencia en la que han improvisado disfrazados (no llega a ser caracterización) de monjes medievales, no ha salido especialmente bien pero no se repetirá.

Es como si Pasolini tuviese prisa por saltar a otra batalla, por acometer otra empresa. Y así es. Desde Uccellini, rodada en 1965 hasta su asesinato en 1975 rodará 20 películas, escribirá cientos de artículos, publicará al menos 5 poemarios, 4 novelas, 4 obras de teatro, pintará decenas de cuadros y esbozará miles de dibujos.

Parece tener la fuerza de un adolescente. Una energía inagotable. Además, desde 1967 hasta su muerte, día a día, robándole tiempo al tiempo que no tiene, irá escribiendo la gran novela inconclusa italiana del siglo XX, Petróleo.

Porque este especialista de la periferia, en la mirada del suburbio, avanza con su pequeña tropa de cámaras, actores, novios y escritores, jugándose el pellejo por las afueras de Roma, siempre mirando al sur, perdiendo cada día un poco de felicidad, amargándose en la corrupción indestructible de una sociedad caída en manos de criminales.

Lejos del glamour de Cinecittà, con el lodo hasta las rodillas, intentando contar una historia mucho más tórrida que la más tórrida de las aventuras sexuales con las que le acecha la moral de su tiempo.

Así, solitario, comienza una investigación por la que, (todo es confuso aunque probable), será asesinado una tarde gris de un noviembre sombrío de 1975.

En ella irá describiendo y dramatizando los mecanismos físicos y mentales de una mafia hiperbólica infinitamente más poderosa que esa otra mafia pequeña que impregna la vida de Italia.

Y la mafia que intentará plasmar en su novela no es otra que el Estado, el mismo Estado que intentará ocultar que fueron sus fuerzas oscuras las que de un modo brutal, ensañándose, intentando dar más miedo del que ya dan, terminaron con su obra y con su vida, si es que había alguna diferencia.

Pasolini muere en la periferia, en Ostia, al sur de Roma, en 1975, mientras un arquitecto psicópata llamado Mario Fiorentino ponía la primera piedra de un monumento que enterrase lo que tanto había amado, el suburbio.

Apenas a doscientos metros de una de las localizaciones de «Uccellacci e Uccellini», en Corviale, donde se irá edificando un edificio monsturoso, en uno de los lugares en los que Pasolini fue feliz, cuando aún no sabía que el capitalismo italiano no podría soportar su obra, su destino de grito en la periferia, y que debía hacer algo al respecto, no sólo matarle, sino enterrar su recuerdo en un edificio brutal donde también fuesen enterradas las esperanzas de las mujeres y hombres del suburbio. A los que Pasolini tanto amaba.



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