Hombres de fe

Escritura
Oct, 2015
Artículo por Juan Francsico Vinueza
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El hallazgo atronador no llegó por el ánimo heroico de Tifón, a quien naturalmente se le atribuiría, sino por uno de los tantísimos ingenieros a quien este se había encomendado. Específicamente, por Raúl Pristía, de modales poco ostentosos pero pasado lustroso, cuyo tío, Enrique, había dedicado muchas noches al pasatiempo de la radioafición. Fue un incomprendido. A eso de las cuatro ya salía a enfrentar a la antena e insultar a la estratósfera; luego cogía alguna de las botellas de la sala de estar, se despedía y se encerraba en la buhardilla a jugar, entre silencio e intermitencia, junto a mapas, polillas y cajones de metal. A Raúl nunca le dejó entrar, pero una vez vio cómo el cartero, absorto, llegaba con sobres con estampillas de Noruega, Marruecos, Pakistán.

—¿Qué llevan dentro? —preguntó—.

—La confirmación del contacto —dijo Tío Enrique—, que apenas y le dejó ver alguna de las coloridas cartulinas, repletas de números y símbolos y letras, de distintos portes, revueltos sin explicación—.

—¿Y no les puedes hablar?—

—Usamos el código morse, pero no se trata de eso—.

No lo entendería sino hasta el momento del suceso, pero, entenderán, entonces no pensaba en eso. Entonces no pensaba, y Raúl no era Raúl. Apenas y reverberaron las frecuencias, crocantes y violentas, desapareció el curco seboso de tecleo vertiginoso y así también las ojeras, los monitores y las torres de modulación. Tres segundos enteros fue lo que duró la transmisión.

—Dios mío —dijo Rául—.

—¿Qué han respondido! —gritó Tifón, desde la sala de control—. —No sé. Una especie de bramido.

—Increíble.

No pasaron ni cinco días que despegó el transbordador. Lo demás, como se dice, ya es historia.


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