Encuentro provocado

Escritura
Oct, 2017
Artículo por Rocío Gutiérrez
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Fuente: Rocío Gutiérrez – Retorno, Serie

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Contener sorbos de mirar por el retrovisor es, cuanto menos, nimbo para la memoria difusora del pretérito de nuestra vida.

 

Viajar a Madrid esos días aventuraría sin duda un antes y un después preludios de una nueva etapa inminente en sus deseos.

 

Supo de las fechas por descuido de él. Celosa de ser descubierta en el papel de «Celestina-de-sí-misma», fingió de la mejor manera que supo y pudo, ignorancia primero y cariñosa indiferencia después de conversar sobre ello.

 

Llegó el día. Como en cada viaje, eligió lectura para el trayecto. Tiempo atrás se mareaba al leer, se le pasó súbitamente sin razón conocida. Tras un recorrido extenuante entre angustia e ilusión, en el que no pasó de una página releída «ene» veces, hizo una llamada al hotel donde sabía que se alojaba. Le informaron que le esperaban y que aún no se había registrado. Dictó a un recepcionista de voz histriónica un mensaje para que se lo entregaran a su llegada: Estoy en la ciudad. Si quieres que nos conozcamos llámame a este número. Beso ahí. Fiera.

 

No había plan B. Al colgar lo pensó. Tomó unas cañas en una tasca cercana a la estación con su compañera de viaje y dueña del teléfono de contacto. A las nueve tomaba el tren hacia su destino final y ahí se desvanecía su única vía de conexión.

 

Dudó en un segundo utópico entre recluirse o socializarse en caso de no recibir respuesta. Llamó a una pareja de amigas que trabajaban por esas fechas en la capital. Sorprendidas la invitaron a compartir un evento que celebraban (¡mira tú!) esa misma noche. «A partir de las nueve estaremos. ¡No toca llegar tarde! Te esperamos si falla tu plan». Anotó al dictado la dirección deletreada. Plan B resuelto. Desesperante ocupación de la inquietud. Las ocho y media. Presenciaba la charla de su acompañante con dualidad cerebral, imaginando a cada rato el encuentro… ¡por qué sería!

 

A menos cinco las nueve retumbó el ring del teléfono. Abismo sonoro de su anhelo. «¿Es él? Creo. No es número de mi agenda. ¿Hola? Sí, se pone. Chao.»

 

Sorpresa con riña a partes iguales compensadas con ternura. No daba crédito. Quedaron en una hora a cenar. «En la plaza Santa Ana en la puerta del teatro… del Teatro Español. Vale.»

 

Llegó pronto y antes que él a pesar de callejearse el barrio de Huertas, ahora De Las Letras, inflando los minutos desde la estación de Atocha. Se reconocerían. Montones de fotos reenviadas en estos dos años lo suficientemente nítidas como para no confundir en un encuentro in-live. Aun así dudó si lo descubriría entre la gente.

 

Desde una cabina que en esos años existían en las calles y los bares llamó nuevamente al hotel. Asfixia de susto por un paso atrás, eran las diez y media. «En la puerta saliendo. Se atrasó el fin del simposio del Reina y tenía que pasar por el hotel. En diez minutos estoy.»

 

Transcurrieron y llegó. Con la mirada se encontraron a lo lejos y sus pasos hicieron el acercamiento. Con timidez besaron sus mejillas. En contra de las apariencias son grandes tímidos. Propuso un restaurante que conocía en el barrio por haber vivido ahí tiempo atrás. Fueron. Le encantaban las casas de comida con su olor a guisos. Nadie sentado en un martes vulgar. Pidieron rápido. Parando de contarse solo ante la insistencia del camarero en dar palique que habiéndolo reconocido recordaba sus tiempos de vecinos.

 

Confesó que recogió su mensaje en la recepción cinco minutos después de su llamada. Y tal fue la excitación que le produjo que optó por continuar con la agenda y contestar al acabar. «Tardas cinco minutos en llamar y no me encuentras». Brotó de su boca como fuelle de acordeón parlante.

 

Tomó café él no. Y salieron del local. Con una mano agarrada a su brazo, con la otra portando el neceser, caminaban por Madrid con la noche de serena, disfrutando el placer de deambular entre calles de la gran ciudad. Reían y se detenían a mirar, a mirarse. «Con gusto tomo el penúltimo trago en tu hotel».


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