El retorno del poeta a la tribu (antinotas sobre el antipoeta)

Escritura
Mar, 2018
Artículo por Daniel Félix
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Jóvenes / Escriban lo que quieran / En el estilo que les parezca mejor / Ha pasado demasiada sangre bajo los puentes / Para seguir creyendo –creo yo / Que sólo se puede seguir un camino: / En poesía se permite todo.
Nicanor Parra (Cartas del poeta que duerme en una silla)

 

El 23 de enero de 2018 no partió el que en vida fue el antipoeta chileno, Nicanor Parra, a los ciento tres años, cuya obra gruesa, sus antipoemas, sus ecopoemas y sus artefactos, en definitiva, su trabajo poético marca un punto de inflexión en el amplio registro de la poesía de aquel paisaje (Chile) y de toda la poesía hispanoamericana del siglo XX.

No partió, no falleció el conocido poeta, porque los grandes poetas develan la muerte, y Nicanor Parra, como el gran antipoeta, debió vencer varias veces a la muerte (entiéndase, la muerte del poema, su olvido) como resultado del explosionar y del bullir poético que se formula bajo el término antipoema.

El antipoema no niega al poema, juega, se burla, se evade del sentido del convencional del poema. En el tiempo en que Parra da con este ingenio (1954), la definición de la poesía chilena ya tenía una trayectoria monumental.

Los mayores poetas: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Pablo Neruda habían marcado sendos surcos, como referentes culturales continentales, muy potentes y distinguidos, como se tratará brevemente más adelante.

En cualquier caso, para mediados del siglo veinte, dependiendo el contexto en que se lo utilizara, el concepto de modernidad no era una idea nueva:en la poesía, las vanguardias, los colectivismos y las categorías críticas en torno a la búsqueda expresiva de la belleza en la palabra proliferarían décadas atrás y, por tanto, se daba ya por sentada la definición de qué es, qué busca, cómo se construye un poema.

Por eso, con su montaña rusa, Nicanor Parra le da la vuelta a estos asuntos, con la inteligencia de un comediante, con la sinceridad de un cantor popular. En estos breves párrafos que siguen se procurará esbozar de modo sucinto el trabajo artístico del que en vida se llamó Nicanor Segundo Parra, maestro y fundador de una de las expresiones más refrescantes y singulares de la poesía, la antipoesía.

Tradición de tres patas

La poesía, ese concepto abstracto y etéreo que se compone de palabras y sentidos entretejidos con una intensión y una dirección más o menos definida, que busca la exposición estética del lector (en este caso, la poesía chilena) define sus líneas más notables hacia la primera mitad del siglo XX.

La analogía no es vana, el mismo Parra ironiza con ella: la santísima trinidad poética del país austral, los tres poetas más notables que haya parido aquella tierra: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda: La Santísima Trinidad de la Chilena Poesía / Madre / Hijo / & Espíritu Santo: / A la Mistral / En tenida de monje franciscano / A Neruda / De corbata de rosa y sombrero de alón / A Huidobro / Disfrazado de Cid Campeador.

Una tradición poética como una pirámide de tres lados, o una mesa con tres patas principales, pero sobre la que se asientan no menores referentes, no menores vates, como Pablo de Rokha, Enrique Lihn, Hector Hernández Montesinos, Raúl Zurita, Pedro Lemebel. Sobre lo más básico, lo más perínclito de las letras chilenas, Parra se propone hacer objeto de caricatura o de competición, por ejemplo, en el texto Cueca de los poetas, donde sustituye a Mistral por Pablo de Rokha:

 

Pablo de Rokha es bueno

pero Vicente

vale el doble y el triple

dice la gente

Huifa, ay, ay, ay

Dice la gente, sí

no cabe dudas

que el más gallo se llama

 Pablo Neruda

Huifa, ay, ay, ay

corre que te agarra

Nicanor Parra.

 

El asunto de la poesía y de la tradición de la poesía chilena es un tema mayor, ciertamente. En una entrevista del poeta ecuatoriano Juan Romero Vinueza a Raúl Zurita, se evoca que «Chile, antes de ser país, fue un poema», pues la palabra “Chile” más dos siglos antes de utilizarse para denominar al país, en 1824, se la utiliza por primera vez en el poema «La Araucana», del español Alonso de Ercilla, que versa sobre las luchas entre españoles y mapuches.

Mistral, Huidobro, Neruda, Rokha…, las vanguardias poéticas que componen una identidad cultural nacional, una forma definida de entender y hacer poesía, los temas, los motivos poéticos, la indagación y la búsqueda en la palabra de la atmósfera, del sentido, de la cosmología que encierran las palabras, de la solemnidad de los salones y la repetición de todas estas convenciones.

Ante todo esto dispara, explosiona, Nicanor Parra, en sus antipoemas, una posibilidad nueva, sorprendentemente inteligente, que resuena por su estilo, por su definición diferencial, por su búsqueda del disenso en este contexto grabado sobre piedra, como se expresa en «Manifiesto» (fragmento):

Éste es nuestro mensaje / Nosotros denunciamos al poeta demiurgo / Al poeta Barata / Al poeta Ratón de Biblioteca / Todos estos señores / Y esto lo digo con mucho respeto / Deben ser procesados y juzgados / Por construir castillos en el aire / Por malgastar el espacio y el tiempo / Redactando sonetos a la luna / Por agrupar palabras al azar / A la última moda de París. / Para nosotros no: / El pensamiento no nace en la boca / Nace en el corazón.

Ante el panteón de los poetas inmortales (no solo la santísima trinidad chilena, no solo el panteón hispanoamericano de la primera mitad del siglo XX, más bien se refiere Parra a las poesías Vanguardistas de modo genérico, porque la poesía no tiene patria sino que es patria) y los versos acendrados, asépticos, solemnes o inútiles, y el lenguaje que los convoca; ante esta conjunción de elementos, emerge el sentido del antiverso y del antipoema, como afirma el poeta guayaquileño Luis Carlos Mussó cuando dice que «con Parra aprendimos a leer de una nueva forma».

Porque toda lectura se compone de un texto y un contexto y encontrar aquellos senderos por los que se bifurca el pensamiento es la destreza que desarrolla el lector.

En lo que atañe a esta breve antireseña parriana que apunta a caracterizar los elementos que constituyen su obra, a trazar líneas de fuga y ritornelos alrededor del antiverso, del antipoema y de los artefactos parrianos, es necesario hurgar todavía sobre estos componentes y la afortunada forma en que se conectan como una fórmula matemática (Parra era físico y matemático, su obra, se dice, se nutre de la teoría de la relatividad de Einstein), como una paradoja geométrica.

La antipoesía lo que va y vuelve de la tribu

¿Qué es, en definitiva, el invento de Parra llamado: antipoesía? ¿Para qué sirve? ¿Para quiénes está compuesto? ¿Cómo se imbrican sus elementos? En esta antireseña se identifica y se desarrollan tres elementos entretejidos que integran la propuesta antipoética de Parra. Tres ritornelos (territorios que regresan) a lo largo de su obra, que surgen entre las palabras para decir algo; a saber, estos elementos son: el humor y la ironía, el lenguaje popular-coloquial (de la tribu), y la contravención de los referentes culturales de su entorno.

El humor en el verso

Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado/ Después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad / ¿Respondió acaso de su herejía?

Lo primero que destaca en los textos antipoéticos, la primera impresión, el primer pliegue de esta proposición es la búsqueda del golpe de humor como una irrupción violenta en el poema; la ironía y la doble negación que implica un chiste en clave de verso son la característica más notoria de aquello que buscaba Parra.

El humor, ese contenido que apela directamente a la inteligencia del interlocutor, que hace una separación entre la realidad, la sensibilidad, la situación o circunstancia que se evoca y la misma evocación como un guiño, algo cuya utilidad puede apreciarse exclusivamente desde el razonamiento, algo de utilidad inútil cuya reacción inmediata varía entre la sonrisa y la carcajada.

El humor, ese elemento discordante, esa patada por debajo de la mesa destinada a sorprender y causar inquietud. Parra lo explora y explota en el verso para sonsacar al lector la duda, la pregunta. ¿Es que lo bello contradice lo risible? Parra iza el enigma a los poetas de su tiempo: «Quiero reírme un poco / Como lo hice cuando estaba vivo: / El saber y la risa se confunden.»

El sentido del humor en los antipoemas es una provocación cuyo objetivo desorienta, impulsa a nuevas posibilidades de exploración mediante la palabra. El giro burlesco, la ironía, es decir, afirmar lo opuesto de lo que se enuncia, llevar al límite el enunciado hasta sacarlo de su contexto.

Como Zaratustra y la serpiente, cuando al eremita lo ataca en el cuello con mortal piquete el reptil, Zaratustra se despierta y tiempla hacia el cielo una carcajada estremecedora, como solo ríen los que retornan de la muerte ligeros, libres de todo lo que constriñe a sus almas, para burlarse de sí mismos. Como el antipoema «Epitafio».

De estatura mediana, / Con una voz ni delgada ni gruesa, / Hijo mayor de un profesor primario / y de una modista de trastienda; / Flaco de nacimiento / Aunque devoto de la buena mesa; / De mejillas escuálidas / Y de más bien abundantes orejas; / Con un rostro cuadrado / En que los ojos se abren apenas / Y una nariz de boxeador mulato / Baja a la boca de ídolo azteca / –Todo esto bañado / Por una luz entre irónica y pérfida–/ Ni muy listo ni tonto de remate / Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y de aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!

El lenguaje de la tribu

… sepan esos reverendos señores / que soy un hombre totalmente normal / y perdonen si me he expresado en lengua vulgar / es que esa es la lengua de la gente.

El segundo elemento del antipoema parriano es el uso de la lengua popular-coloquial, las palabras como se utilizan fuera de los salones; el trabajo de la poesía operando sobre la realidad. Parra simplemente se propone matar a la metáfora –el metaforón–, ese constructo complejo por el cual se dicen las cosas en clave, tapiñadas o extraviadas en sus complejidades.

Con Parra los poetas bajan del Olimpo, que es lo mismo que elevar las cosas mundanas a materia de poesía. Esta afirmación y negación son simultáneas. Si la poesía afirma el mundo abstracto y la profundidad del lenguaje evocativo, también niega como objeto poético al mundo cotidiano y las cosas mundanales.

Asimismo, pero en vía opuesta, la antipoesía afirma todas las cosas que pueblan el saber popular, los objetos cotidianos, las formas simples y concretas de la vida humana, al tiempo que niega esas características elevadas, altruistas, que advienen materia poética.  «La palabra arco iris no aparece en él [en el antipoema] en ninguna parte, / menos aún la palabra dolor, / la palabra torcuato./ Sillas y mesas sí que figuran a granel, / ¡Ataudes! ¡útiles de escritorio! / Lo que me llena de orgullo / Porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos…»

Valga la aclaración: el antipoema no rebaja la dignidad del lenguaje poético a un estilo populachero, a la vulgaridad plebeya. Al contrario, antepone a la agonía de las fórmulas retóricas «cultas» (el barroco, por ejemplo, que aborrecía el vacío), la frescura serena de la sabiduría originaria de la tribu, fuente de un saber pragmático relacionado con la naturaleza y sus ciclos, y la simplicidad que retorna, la luminosidad del antiverso parriano que se dirige al lector común, para despertar o referir las cosas de este mundo sobre el texto, zambulléndose en el lenguaje coloquial de uso y comprensión generalizados.

En el antipoema «Oda a unas palomas» [fragmento], el antivate dice:

Qué divertidas son / Estas palomas que se burlan de todo, / Con sus pequeñas plumas de colores / y sus enormes vientres redondos. / Pasan del comedor a la cocina / Como hojas que dispersa el otoño / Y en el jardín se instalan a comer…

Desmantelar los referentes (Artefactos Visuales)

La última parte de este ensayo se concentra en el efecto parriano. Es decir, en la consecución, la estela que dejan los elementos previamente mencionados (el humor y el saber de la tribu). Parra, como Duchamp, sabe leer en su tiempo los signos y reciclar–como los antropófagos paulistas, aquello cuyo uso ha caducado– o trasverterlo, cambiarlo, darle una vuelta de ingenio y enfoque.

Por ejemplo, los Artefactos Visuales que desarrolla desde finales de la década del sesenta. Se tratan, a brevísimas señas, de la conjunción de un objeto (una imagen, una fotografía, un dibujo) y una leyenda (una frase ingeniosa, o de conocimiento popular, o una ironía elaborada con maña), que apuntan a sintetizar y disponer de una nueva o anterior realidad evocada por el artefacto.

Por ejemplo, una bombilla rota luciendo sus filamentos como extremidades de un animal, acompañado por la leyenda: «El insecto de Edison»; o una foto de una bacinilla de plástico tapada con una olla de metal, seguida de la frase: «AL PASO QUE VAMOS / En el año 2000 comeremos KK / Dificulto que alcance para todos».

El Artefacto Visual condensa en una imagen y una frase la multitud de contenidos lingüísticos y simbólicos de un modo que hoy recuerda el nacimiento de esa forma tan actual de expresión que es el Meme: un contenido reducido a su mínima expresión, que sintetiza las posibilidades interpretativas sobre la base de un referente cultural previo, desarmado y rearmado con otros fines.

Todas estas vueltas de tuerca que componen el antiuniverso parriano, elementos que retornan, desterritorializan, desnudan la idiotez del signo y acusan, de cierto modo, a sus adeptos son los modos en que Parra afronta y da combate desde su trinchera de palabras. Existe una pregunta esencial en la poesía, en la lectura de un poeta o en los recovecos de la lengua: ¿Para quién escribe el poeta?, o en el tema en ciernes, el antipoeta.

Como toda pregunta poética, no hace falta responderla. La obra, eso sí, debe arder, bullir, derretir las fronteras mentales entre el autor y el lector. Se ha dicho anteriormente que Parra escribía para la tribu, pero cuando evocamos a la tribu no debemos ir hacia atrás, como si el tiempo fuera una línea recta, sino hacia delante en el ciclo.

No es la tribu del pasado la que se aúna entre los versos de Don Nicanor Segundo Parra. Es la tribu del futuro a la que relata, con humor, ingenio, sin truculencia, con su voz que este 23 de enero se fue de una vez de este paisaje, pero vuelve.

 

Cambios de nombre

A los amantes de las bellas artes

Hago llegar mis mejores deseos

Voy a cambiar de nombre algunas cosas.

 

Mi posición esta

El poeta no cumple con sus palabras

Sino cambia de nombre las cosas.

 

¿Con qué razón el sol

Ha de seguir llamándose sol?

¡Pido que se llame Micifuz

El de las cuarenta leguas!

 

¿Mis zapatos parecen ataúdes?

Sepan que desde hoy en adelante

Los zapatos se llaman ataúdes.

 

Comuníquese, anótese y publíquese

Que los zapatos han cambiado de nombre:

Desde ahora se llaman ataúdes.

 

Bueno, la noche es larga

Todo poeta que se estime a sí mismo

Debe tener su propio diccionario

Y antes que se me olvide

Al propio dios hay que cambiarle de nombre

Que cada cual lo llame como quiera:

Ése es un asunto personal.

 

 



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