El final del mito

Escritura
Ene, 2016
Artículo por Juan Fernando Bermeo
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Penélope espera, está sentada en su llanto, no parece, pero más que melancolía siente rabia. Impotente se recuesta, aún espera, aparca sus sueños frente al espejo, único testigo de su comparecencia. Ya no teje, porque esperar le ha tomado demasiado tiempo como para perderlo en trabajos banales. Tiempo atrás, se hartó de deshilar su hipocondría y para ahorrar sus lágrimas ya escondió los telares. Ahora está sentada nuevamente, la ira no la deja ni apenarse. Su medidor de desconsuelo ha dejado en su rostro cicatrices irregulares de aislamiento disoluto. Ahora abraza una almohada, sólo para ver si recuerda lo que es un abrazo, para asegurarse de que no ha olvidado como conjurar uno. Duda, aunque esté recostada otra vez. Sus manos se descuellan buscando un domesticador para su escarmiento. Encuentra el mismo libro viejo que aún la entretiene, el mismo libro que anteriormente fue otro, que fueron muchos. Viaja, aunque sus ojos tengan que navegar para llegar a las letras, pero sonríe, pues sus mares funcionan como un catalejo, y las ideas se adhieren con menos somnolencia. Sólo la ira la mantiene en vigilia, ya la desmoralización y la desesperanza no afectan desde la profundidad de la lesión. En el espejo, algo cambia. Desaparecen los fantasmas de la conformidad. Nace en su pequeña cabeza un concepto desatinado, una pequeña semilla que se aferra en lo más áspero de su afectado hipotálamo, y que palpita, retumba, resuena: ¡pum! ¡pum! ¡pum! No ha parado, pero ella sí. Ya no espera. Camina por primera vez desde que el suspenso se llevó también sus pasos. El libro fue consumido. Punto. No aparece más, es miembro de su reciente aspiración de cambio, de sus ínfulas odisiacas fundacionales. Ya no es ella, ya no es él. Soy yo, eres tú, y podría ser cualquiera, ya no importa, nunca lo hizo. Sale de casa. Respira. Grita:

— ¡No esperaré más, puesto que los libros son peligrosos! —

Se marcha.

Vive.


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