Domingo

Escritura
Sep, 2015
Artículo por Rosalía Vázquez Moreno
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  • Me gusta leer el periódico mientras desayuno, en especial los domingos, porque los domingos se separan de la línea temporal de lo real, no existen, nada sucede realmente, por eso es bueno leer el diario los domingos.

    Me acomodo en la mesa del comedor. Doblo las páginas del diario dominical (sección c) y ahí está, no tiene titular, es simplemente una fotografía ubicada en la parte inferior del diario. Definitivamente es algo inquietante; un oso pardo ingresa furioso a una tienda de campaña. La imagen fue tomada en el preciso instante en el que el oso había emitido un rugido fantástico y espeluznante, pero lo más conmovedor de todo aquello es el ángulo preciso de la cámara, la fotografía había sido tomada desde el interior de la tienda. Se puede leer:

    “Michio Hoshino, un fotógrafo japonés conocido por su vida al aire libre, fue mutilado hasta la muerte por un oso pardo en la península de Kamchatka al este de Rusia. Esta fue la última foto que tomó.”

    Mi primera reacción es algo torpe. Miro la efigie impresa en el papel, cada detalle resulta increíblemente apasionante, la tienda de campaña es como esa que tenía mi tía, esa en la que había dormido años atrás mientras el viento la acariciaba delirante. Todos los detalles que contiene la imagen se revelan poco a poco, unos utensilios aquí, otros allá. La figura imponente del oso se establece en primer plano, con una pata ya en el interior de la tienda.

    No sé cómo, ni por qué, pero mis manos dejaron de sostener el periódico, el olor a café se ha esfumado en el aire que ahora es frío y pesado. Mis manos rodean una cámara Canon AE1, que enfoca perfectamente el rugido del oso ahora en movimiento. El ángulo es perfecto, mi dedo índice derecho se encuentra posicionado sobre disparador. Podría hacer la fotografía sin problemas; pero ¿qué me pasará entonces? De seguro sería mutilada hasta la muerte, y esta sería mi última fotografía.

    El prolongado rugido continua, mientras mi dedo se tambalea ligeramente sobre la superficie del botón. Doy una mirada rápida a mí alrededor, no hay nada que me permita evadir al oso que se acerca frenético. Me decido por presionar el disparador de la cámara que sostengo temblorosa. Escucho el delicioso girar del rollo fotográfico dentro del aparato, mientras el flash se dispara veloz en el aire llenando de luminiscencia el interior de la tienda.


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