Con dos azucarillos

Escritura
Jul, 2017
Artículo por Juan Antonio Almagro
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Por su ventana penetraba una brisa añil. Parecía como si el perfume de los almendros en flor se hubiese fusionado con el color de aquel cielo y, entre ambos, lograsen que en aquella habitación se respirase la esencia primaveral de la que sólo es dueño el mes de abril. La luz invadía violentamente la estancia, como si pretendiese colonizar su cuerpo, todavía tendido sobre las sábanas color cereza. El calor, que ya empezaba a notarse durante aquellos días en los que las horas de luz solar se prolongaban con vehemencia,había permanecido en el cuarto durante la noche, lo que provocó que ella retirase su edredón estampado, dejando al descubierto parte de su cuerpo. Entre aquel caos, sólo uno de sus pies asomaba entre la ropa de cama. Tenía las uñas perfectamente decoradas en un tono rubí; otro signo evidente de la celeridad con la que se acercaba la época estival. Su pelo alborotado, en sintonía con el resto de su cuerpo, desprendía la misma sensación de libertad que el añil del cielo y el perfume de almendras entrando por los recovecos de la ventana. Todo era armonía entre aquel caos.

 

Se levantó más temprano de lo habitual aquel día, a pesar de no tener nada previsto. O quizá sí. Quién sabe. Se alborozó los rizos al mismo tiempo que tarareaba un tema de Jimi Hendrix. No solía tomar nada en ayunas, salvo una humeante taza de café que acompañaba con uno o dos cigarrillos. Después se metía en la ducha; el momento en el que volvía a conectar con la guitarra de Jimi y, en más de una ocasión, con las excentricidades de Bowie. Solía vestir de una manera especial, casi única. Las imperfecciones eran su punto fuerte. No necesitaba maquillaje para mostrar su mejor sonrisa; no obstante, si quería que sus ojos resultasen más intimidantes, alguna vez que otra «se pintaba la raya». Aquella mañana lo hizo, y su mirada era el Girls Just Want to Have Fun, de Cyndi Lauper. Luego regresó a su cuarto y sacó del armario su maleta. Le pareció vacía, sin embargo, nunca había estado tan repleta de sueños. Cubrió el hueco material con cuatro prendas y algunos objetos personales más. Y salió de allí.

 

Su vuelo hacia ninguna parte concreta estaba preparado desde hacía días. Semanas, quizá. En realidad, era capaz de volar a cada instante sin salir de su zona de confort. Pero hoy iba a ser diferente. Durante el trayecto hacia el aeropuerto, su mente comenzó a funcionar de una manera inusual. Los recuerdos eran un pastel con sabor a melancolía al que era difícil resistirse. Pero ella, a pesar de no haber desayunado, no quería ni probar un pedazo de aquello con lo que tantas veces se había saciado. Cerró los ojos y aspiró ese olor que sólo se encuentra en los vagones de Renfe. Cuando volvió a abrirlos, miró por la ventanilla y allí, en la línea que delimitaba el horizonte,el recuerdo se hacía latente. Lo veía lejano, siguiendo el trayecto del tren, regateando entre la escasa arboleda. Tenía un color ocre y, aunque desde su posición era imposible de oler, aquella imagen era el vivo ejemplo del olor que desprenden las almendras amargas. Así fue como el verde del paisaje acabó por desaparecer y, en su lugar, la incivilizada civilización se abría camino al mismo tiempo que la «musiquilla»de la megafonía anunciaba la llegada a la ciudad del olvido y las oportunidades.

 

Bajó del vagón y se atusó el pelo. Cuando salió de la estación, una súbita sensación de calor recorrió su cuerpo. El sol permanecía en aquel cielo, ahora plomizo. Se sentó en una de las terrazas que hay alrededor de Atocha. El trasiego con el que las personas se movían de un lado para otro contrastaba con la tranquilidad con la que ella encendió el primer cigarrillo. Pidió una tostada con mantequilla y mermelada de fresa. De beber, café, con dos azucarillos. Observó a las personas que pasaban junto a ella. Parecían demasiado preocupadas en solucionar problemas tan urgentes que eran incapaces de detenerse a reflexionar un instante acerca de aquello que tanto les atormentaba. Fumó uno o dos cigarrillos más y se dispuso a tomar un taxi con destino al aeropuerto. Podía cruzar la calle y avanzar de nuevo hacia la estación para cogerlo allí, sin embargo, decidió caminar en dirección al centro de la ciudad y parar a uno de los muchos taxis que bullen en Madrid. Casualidad o no, al tomar la calle Atocha, su maleta se estropeó. El soporte del que tiraba para que rodase, acabó partiéndose. Una chica que caminaba cerca de ella, y que al parecer no iba ensimismada en solucionar los problemas de su caótica vida, le tendió la mano para cargar con la maleta. Se llamaba Claudia.Vivía cerca de Sol, en una calle colindante a la Plaza Mayor. Se dirigía a su casa para recoger unos objetos personales y acudir a un curso de formación en un parque empresarial que hay cerca del aeropuerto. Cuando ella le dijo que se dirigía a coger un vuelo que partía a media tarde, Claudia le contó sus planes y le propuso que viajasen juntas. Como contaba con tiempo suficiente, aceptó: así podría pasear por Madrid y hacer algunas compras antes de partir.

 

Claudia vivía en un edificio sin ascensor, en un piso abuhardillado de pocos metros. Suerte para ella que el edificio sólo tenía tres plantas. La de Claudia era la última. Entre las dos subieron la maleta, cuyos roces en las paredes debieron llamar la atención de una vecina octogenaria que abrió su puerta cuando pasaban cerca de su rellano. Era la señora Petra: viuda desde la transición cuando a su marido le dispararon durante una montería en Guadalajara. Tenía el pelo hueco y color ocre, fruto de la laca y de alguno de esos tintes que apestan a amoniaco. Vestía una bata roída y unas zapatillas similares a las que regalan en cualquier hotel para jubilados de la costa levantina. La señora Petra vivía con tres gatas que se pasaban la vida en celo, como su dueña lo había hecho. Desde que aquella desafortunada bala sesgó la vida de él, ella no dejó que el tiempo la convirtiese en una uva pasa sin más, y se dedicó a emplear la fortuna de su difunto esposo en numerosos y jugosos viajes por las costas atestadas de alemanes solteros en busca de una jubilación hedonista. Ahora, con ochenta recién cumplidos, aquel tratamiento de rejuvenecedora vorágine sexual se había adormecido y la señora Petra se dedicaba a consumir altas dosis de telebasura y un par de paquetes de cigarrillos diarios. Así, cualquier imprevisto que consiguiese moverla de la poltrona suponía una situación en la que regodearse unos instantes antes de volver al maullido constante de sus gatas y a las vanas vulgaridades del mundo rosa.

 

Si su mente tuviese que buscar una palabra para definir la casa de Claudia, sería,«coqueta». Le pareció un acogedor pisito de soltera, tanto para preparar una cenita romántica de sábado por la noche, como para follar en el sofá a cualquier hora del domingo. El baño era pequeñito, con un espejo dividido en cuatro partes de distinto color y un plato de ducha del que asomaban multitud de productos para tener un pelo económicamente perfecto. La cocina era también pequeña y funcional: desde cualquier punto en el que te situases tenías acceso a cada parte. A ella le resultó tan acogedora que, sin ganas de hacerlo, pues ya era la tercera taza que tomaba, acabó por aceptar de buen grado el café que Claudia le había preparado. Mientras bebía en aquella taza estampada de flores asiáticas, escuchaba:al parecer, Claudia había alquilado aquel piso hacía cosa de seis meses. Lo alquiló con su chica, poco antes de que la relación entre ambas se enfriase. Después vino la ruptura, y desde entonces no había vuelto a haber cena romántica de sábado por la noche ni polvo salvaje de domingo en aquel sofá.

 

–Las cicatrices siempre perduran, incluso cuando mudamos la piel–dijo.

 

Al escuchar esto último, se levantó repentinamente. Aún no había terminado su café, pero notó como si le faltase el aire. Se asomó a una ventana de ojo de buey que había en la cocina. Ésta daba a un patio interior que, a su vez, servía de tendedero. La señora Petra fumaba en su ventana. Cuando notó su presencia, le hizo un comentario casi inaudible. La señora Petra había perdido potencia en la voz. Carraspeó un par de veces y volvió a dirigirse a ella. Esta vez en un tono más vivo y claro. Sus palabras eran un desahogo. Se sentía sola. Sin fuerzas. Sin vida. Y vieja. Envidiaba la juventud que tenía delante de sus arrugados ojos. Luego se quedó en silencio unos instantes. En su mente se agolpaban los recuerdos de aquellos paradisíacos momentos, entre gin tonicy gin tonic. Luego volvió a sonreír. Quizá porque sus gatas habían acudido en su búsqueda y ya no se sentía tan sola; quizá porque tenía la fuerza y la vida que le daban esos recuerdos; quizá porque las arrugas de su rostro eran el reflejo que deja el paso del tiempo cuando se vive sin remordimientos, y quizá porque esa muerte que remoloneaba entre sus sábanas era la que le había dado sentido a la intensidad con la que había vivido aquellos años.

 

–Qué aburrido sería si fuésemos inmortales–pensó en voz alta. Se encendió otro cigarrillo para fumarlo en su poltrona, mientras ella, ebria de recuerdo, pero consciente de dónde estaba y para qué, apuró su taza de café, acordó con Claudia la hora de regreso para marchar hacia el aeropuerto, y se lanzó, ávida, a las calles de Madrid.

 

Cuando salió, el sol se había nublado. Hay mucha gente que afirma que la primavera tiene estos repentinos cambios climatológicos. En realidad, la primavera es un fiel reflejo de nuestro pequeño corazoncito: sufre las transformaciones más inverosímiles que pueden imaginarse, en cualquier momento, en cualquier lugar. Y nadie está a salvo. El cielo, plomizo ahora, parecía querer teñir la ciudad de un gris taciturno. Caminó hasta las calles más comerciales. Aquellas personas, las mismas que buscaban la respuesta a sus problemas deambulando con el destino anclado a sus pies, pero sin saber adónde, parecían haber encontrado la respuesta entre esa amalgama de materialismo insensato. La locura del libre comercio inhalándose en dosis individuales. El mundo globalizado había sido capaz de estrechar tanto la distancia entre burgueses y tullidos en aquella calle que ambos podían oler sus cuerpos. Laissez faire et laissezpasser, le monde va de luimême. Llegó hasta la plaza de Callao, en la que unos titiriteros representaban una escena de La casa de Bernarda Alba. Observó aquello unos instantes y sonrió al ver a un grupo de pequeñines palmear al ritmo de los acordes de una flauta travesera. Se acercó para dejar algunas monedas y siguió su camino hasta llegar a Gran vía,aquella arteria del Madrid más imponente: el corazón de un lugar que, por momentos, parecía descorazonador. Las nubes empezaron a cubrir de nuevo el cielo. Se quedó pensativa un instante mientras observaba al sol desaparecer.

 

Aquel cielo parcialmente cubierto le parecía esa Europa de las libertades venidas a menos. Menguantes. Se imaginó danzando entre la maraña de gruesas nubes. Saltando de un país a otro. Libre. Sin restricciones de acceso ni vainas de religiones. Sin esa «serhumanofobia»que vicia el ambiente con el humo del rencor. Que apesta a odio. Entre aquella vorágine de ideas llegó hasta la calle de la Palma, sitio fetén en el Madrid más bohemio. Una señora que vendía flores cerca de una parada de metro llamó su atención. Se acercó hasta ella y le compró un ramo de azucenas frescas. Pagó de más: algunos euros, su mejor sonrisa y la mirada del GirlsJustWanttoHaveFun.

 

Entró en uno de los tantos cafés por los que iba dejando el perfume de las azucenas y el desmán de la irreverencia. Estaba sola en aquel lugar. Se sentó en una pequeña mesita del fondo, acopló las flores en un rincón y sacó una libreta sobre la que comenzó a escribir. Al principio sólo parecían anotaciones vagas, sin sentido. Después, los renglones fueron cogiendo forma, aunque estaban torcidos. Eso le gustó. Empezó haciendo un repaso de lo que le había sucedido en aquel día que la primavera la despertó. La habitación ventilada. Golondrinas que revolotean en la almohada. El olor a café. La sensación de no tener ninguna sensación y de tenerlas todas. El añil del cielo. Las almendras amargas. La ducha con David Bowie. El inmenso vacío de una maleta repleta de nada y de todo. Un tren. El mundo en movimiento tras un cristal. Los recuerdos. El billete de avión. Los despojos que embalsaman el humo de los sueños. Gente que corre. Excentricidades. Un café. Y otro más. Dudas. Recuerdos, de nuevo. Sístole y diástole. Luego, sólo sístole. Claudia. Condenar a la hoguera a los archivos. La señora Petra. El calor de sus gatas. La morriña de los recuerdos. De otros recuerdos: la sombra del fotógrafo; un chupito de tequila; cenar después del ballet; comprar parte de un disfraz; un «no te vayas sin mí»; el frío de unos escalones; una caricia; casi amanece; dudas; una carta sin remite; viajar de noche; febrero convertido en primavera; los personajes de una novela de Dostoievski; lluvia; un metro que se adelanta; yotro que se retrasa; una despedida…

 

El camarero provocó que abandonase aquel estado de éxtasis literario. Pidió café. «El último», pensó.Con dos azucarillos. Pagó y dejó las flores de regalo. Cuando regresó encontró a Claudia diferente: sus ojos brillaban más y su pelo olía a naranjas frescas. Había tenido una conversación con la chica que una vez fue y que después se fue. Hablaron por teléfono pero sus cuerpos se notaron mutuamente. Ahora, Claudia se sentía mejor: liberada. Ella le dio un abrazo y le mostró de nuevo su mejor sonrisa. Suspiró profundamente y escuchó a la señora Petra hablar a sus gatas. Ambas estaban listas.Salieron en dirección a sus destinos con tiempo suficiente y, durante el trayecto, sonó La vereda de la puerta de atrás.

 

El aeropuerto albergaba gente de todo tipo. Siempre olía distinto en aquel recinto: una mezcla entre café recién tostado y almendras amargas. Paseó absorta hasta llegar al lugar destinado a facturar algo más que billetes con destino a otra parte. Miraba a ambos lados como si buscase a alguien. Allí sólo había gente. Y maletas. Y recuerdos. Siempre había recuerdos. Cuando llegó su turno, colocó su maleta y pasó por el arco de seguridad. «Menos mal que esto no detecta emociones a flor de piel», pensó. Recogió sus pertenencias y se dirigió hasta la puerta de embarque. La gente esperaba. Su cabeza, no. Era un hervidero de momentos en los que detenerse a jugar. Y ella lo hizo. La brisa marina golpeaba su rostro mientras las olas acariciaban suavemente sus pies, y el viento despeinaba su pelo. La armonía regresaba y el caos volvía a hacerle un hueco entre los recovecos de su respiración…

 

Subió a aquel avión con destino a ninguna parte. Y a todos los lugares que podía imaginar. Cuando pidió un café, sólo le trajeron un sobre de azúcar. Entonces se dio cuenta de que había guardado uno de los que le dieron en aquella cafetería de Madrid. «La vida no es un problema para ser resuelto, sino un misterio para ser vivido», decía aquel sobrecillo. Sonrió y miró por el marco de la diminuta ventana del avión. Flotaba en una cama de nubes espesas que parecía poder tocar. Y se despertó.

Almería, primavera de 2017

 


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