Charles Darwin era tonto (además muy feo, todo hay que decirlo)

Escritura
Jun, 2017
Artículo por Joaquín Garrido Marsal
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  • Artículo ditirámbico escrito por

    Clodoveo Tufado D’Incienso,

    Miembro de la A.A.A.1

    Debo comenzar diciendo que la redacción de esta gaceta puso serias objeciones a la publicación de este artículo, alegando que el tema carecía de actualidad. Disentí sonoramente, pues en los EEUU (antes del arrollador triunfo de Trump) estaba el asunto en el candelero desde que en el 2009 el senador Bill Haslam (que no es miembro de nuestra asociación, pero podría) promulgó una ley no firmada que dejaba a criterio del profesorado la enseñanza de la teoría de la evolución (del tío que encabeza este artículo), junto a las distintas versiones cristianas creacionistas basadas en la Sagrada Biblia, o las más modernas del diseño inteligente, objeto de sesudos estudios de la universidad de Seattle.

     

    Como el actual presidente Sr. Donald Trump es ferviente partidario del creacionismo, es presumible (muy presumible) que la polémica reverdezca, acabe por convertirse en trendig topic empujada por un colosal impulso en defensa de la verdadera historia de la creación del Hombre sobre la tierra. El peso de este argumento ‒junto a ominosas sugerencias de castigo divino que, caso de sostener el veto, podrían cernirse sobre la publicación‒ hizo que el consejo de redacción replegara velas y accediera al fin.

     

    Soy un partidario adscrito al creacionismo más genuino (uno es un clásico), es decir del que se deduce de la literalidad de las sagradas escrituras (para eso son sagradas), sin interpretaciones más o menos creativas, o aggiornamentos (como los creacionistas del diseño inteligente, que tampoco está tan mal); pero sea de una u otra forma, está claro que la presunta ciencia de ese bobo de Darwin no es más que el delirio de una mente tan flaca como perturbada.

     

    Empecemos por el principio. Estudios recientes de la A.A.A.2 han demostrado de modo incontrovertible, que el tal Darwin escribía muy mal y cometía sonoras faltas de ortografía a puñados, en medio de una sintaxis propia de un mono platirrino. Tanto es así que su obra cumbre La evolución de las especies fue encomendada a un negro contratado por unos cuencos de bazofia ‒como miserable esclavo que era‒ originario de Burkina Faso conocido por el nombre de M´pongo Oskuro. Un inciso: he aquí el verdadero origen del término negro para designar· al que escribe fraudulentamente en nombre de otro firmante. Ya empezamos con una cuestión nauseabunda.

     

    Pasemos a su viaje en el Beagle y su visita a las islas Galápagos para un presunto «estudio en profundidad» de las especies presentes en un territorio virgen, ideal (según él) para verificar «in situ» la confirmación de sus abracadabrantes conjeturas.

    En realidad Darwin no se enroló en la tripulación como naturalista, sino como ayudante de grumete (tan tonto era que ni siquiera alcanzaba el estatus de éste último). Se pasaba la mayor parte del día baldeando las letrinas de la nave y limpiando el calzado de toda la tripulación, preguntándose (el muy tarugo) como demonios hacían para atarse los zapatos. En sus ratos libres trasteaba con un lapicero haciendo dibujitos de palotes y redondeles que le salían tan mal que ideó el sistema de utilizar una moneda de medio penique para conseguir un resultado aceptable. De otro modo el redondel se asemejaba más a la oreja amputada de Resevoir Dogs de Tarantino, que a una circunferencia ¿Habían visto ustedes un sujeto más inepto?

     

    Y hablemos ahora de las Galápagos. ¿Sabían Uds. que el señor (por llamarle de modo amable) Darwin detestaba los que él llamaba «bichos» y padecía aparatosas convulsiones epilépticas en su presencia? Sí señores: una inofensiva culebra, una inocente tortuga o una estatua iguana eran motivo suficiente para salir por piernas como alma que lleva el Diablo, arrojándose al bote y remando con velocidad de un fueraborda hasta alcanzar el Beagle para, a renglón seguido, auparse a alguna de las cofas del barco ¡Menudo naturalista el lelo éste!

     

    Pero, entonces… ¿Cuál era la actividad de tan ínclito «científico» en las islas? Pues, el muy simple, permanecía en la playa próximo al suave oleaje que lamía, ojo avizor a la menor aparición o asomo de cualquier ser animado (exceptuando las palmeras mecidas por la brisa marina) o «bicho» (no lo olviden), recogiendo conchas y caracolas destinadas a hacer collares, pulseras y otros tocados que testificaran ante la comunidad científica británica, alardeando de: «yo he estado en la Galápagos y vosotros no».

     

    El resto del periplo que recorrió buena parte del resto de Sudamérica, Tahití, Australia, Nueva Zelanda, etc… permaneció a bordo del buque sin descender jamás y vomitando como la niña posesa de El exorcista. Había que elegir entre las convulsiones epilépticas y el pertinaz mareo y el memo congénito optó por lo segundo.

     

    Alguien argüirá (con todo derecho) que ‒al menos‒ su luenga barba y su centelleante calvicie, le otorgaban el respetable aspecto de un sabio de alcurnia. Pura apariencia no deliberada (ni siquiera tenía la picardía de fabricarse un disfraz). La barba fue producto consiguiente del abandono del afeitado. Cada vez que cogía la navaja barbera y procedía a eliminar las cerdas faciales, acababa por desangrarse adquiriendo el aspecto de Ecce Homo que no era la imagen más apropiada para presentar la dignidad que un «naturalista» requería. Tras varios cientos de intentos infructuosos por adquirir la técnica adecuada para no herirse, y verse obligado a ponerse continuamente parches balsámicos para contener las hemorragias, decidió que lo mejor era dejar que la Naturaleza siguiera su curso: «¿Qué mejor para una naturalista?» se justificaba el muy imbécil. Llegar a esta decisión le tomó años (era lentito el andoba) de llevar la cara vendada casi a permanencia. En cuanto a su alopecia craneana que, por lo general se asocia injustificadamente a la tenencia de un cerebro privilegiado, no se debía paradójicamente a razones naturales o genéticas, si no a que (el muy gañán) utilizó repetidamente lavados de sosa cáustica que el tonto confundía con champú + acondicionador y ¡vaya si acondicionó la capota!

     

    Y ahora pasemos al meollo del asunto, aunque sea sucintamente. Es bien sabido que el Sr. Darwin era tan aficionado a la fábula como el hooligan a las banderitas y bufandas de su equipo del alma. Esopo, los hermanos Grimm, Andersen, Samaniego, etc., eran sus lecturas (?) de cabecera, en especial El patito feo (suponemos que por afinidad). Incluso la Biblia formaba parte de sus lecturas en la creencia que el Génesis era también un cuento (el muy lerdo)3.

     

    Fue esa irreprimible atracción por la fábula, el motor último que le impulsó a escribir (negro mediante) La evolución de las especies concebido como «un gran cuento». Al observar la expectación que había despertado entre el público infantil y ‒por el contrario‒ el escepticismo entre los sesudos caballeros de la Academia Británica de las Ciencias, se vio impelido a justificar el invento con nuevos apaños disfrazados de investigaciones, con objeto de hacer comulgar con ruedas de molino a los que le habían humillado con indiferencia y desprecio. Invenciones sobre invenciones para conseguir venganza. Al tiempo las distintas confesiones cristianas, levantaron lógicamente la voz hasta el aullido, condenando y anatemizando la blasfema afrenta contra las enseñanzas de la Santa Biblia. ¿Cómo podía este caballerete afirmar sin asomo de rubor, que el ser humano era el resultado de la evolución natural a lo largo de millones de años4 obviando la intervención del Supremo Hacedor como creador de todo lo existente en general, y del Hombre en particular a partir de Adán y Eva? ¿Quién es más inteligente Dios o un botarate? la respuesta es obvia: el segundo no puede ser. Y esta sencilla reflexión, zanja definitivamente la cuestión desde ya.

     

    Y esto nos conduce a otra reflexión más, que convendría tener presente en lo sucesivo. La ciencia en estos tiempos de descreimiento está sobrevalorada (especialmente cuando no es más que la mera elucubración de un farsante) mientras que se menosprecia a la fe. Ante esta disyuntiva los creyentes elegimos la segunda, como principal (y, a veces, única) fuente de conocimiento, porque: «así es, si así os parece» o dicho de otro modo, «así es, si al Altísimo le parece». Hay que añadir, además, que la explicación darwinista atenta contra la sublime poesía de la creación humana (ese árbol de la ciencia del Bien y el Mal, esa serpiente del Averno, esa manzana ponzoñosa, esa ambición de Eva por saberlo todo, ese desafío al Todopoderoso, ese idílico Edén…) convirtiéndola en un prosaico, a la par que tosco, acontecimiento en el que un simio arborícola se convierte en un ser pensante (¡con alma!). De un comedor de plátanos y maní, pasamos al Homo Sapiens. Nula sensibilidad lírica.

     

    Aún cabe una consideración más de este humilde escribidor. El caso Darwin no es el único perpetrado por un lelo sin remedio contra las revelaciones divinas, y dispongo de un nutrido arsenal de improperios, vejaciones y epítetos infamantes para arremeter contra otros «ilustres científicos» tan tontos (o más) que el objeto de este artículo.

     

    Ahí tenemos a Galileo (que ni había nacido en Galilea ni nada) Galilei (¿no quieres caldo? dos tazas…) ante quién la Iglesia se ha bajado los pantalones no hace mucho, «autor» del descacharrante heliocentrismo. Isaac Newton, otro figura, con su Ley de la Gravitación Universal basada en la caída de una manzana (¿casualidad? no… obsesión con la fruta del infierno) en lugar de la Ley de Dios. Sigmund

     

    Freud (¡otro que tal baila!) que parió el complejo de Edipo para alimentar sus libidinosas fantasías en su degenerada afición por las manualidades de Onán. O Albert Einstein, el «genio» que se sacó de la manga el as de la Relatividad frente a lo absoluto como emanación divina. En fin, hay muchas cuentas pendientes por saldar con una pléyade de «sabios» imbéciles (Marx, Bernoulli, Planck, Bohr…) adornados algunos de ellos con premios Nobel (que bajo han caído los laureles profanos) que si mis lectores lo demandan con sincero frenesí, meteremos en vereda en futuros artículos (si Dios quiere).

     

    Conclusión final: Darwin era tonto de remate. La naturaleza NO es natural; es obra del Altísimo y ‒por tanto‒ Sobre-natural. Y además: era muy, muy feo5.

     

    1 A.A.A: Alianza de Amigos del Altísimo.

    2 Para los malintencionados: nada que ver con la otra A.A.A. (Alianza Argentina Anti-comunista) de los tiempos de Videla y Masera… ¡lo juro!

    3 Probablemente fue la terrible conmoción que le produjo el episodio del diablo/serpiente que ofreció la manzana a Eva, el origen de su aversión por los bichos (y por las manzanas, que no podía ver ni en compota).

    4 ¿Cómo es posible que este pertinaz Abundio sea capaz de hablar con insultante desparpajo, de «millones de años»? Según el obispo de la iglesia irlandesa James Ussher, la tierra se creó el 23 de octubre de 4004 A.C. Aunque el Génesis no establece edad alguna, él dedujo (y dedujo mucho) esta fecha. Existen ‒sin embargo‒ otras interpretaciones, igualmente pías, que llegan a un tiempo más remoto de 60.000 años atrás. Sea como fuere, cualquier cifra estimada está muy lejos de los 4.500 millones de años (¡CUATRO MIL QUINIENTOS MILLONES DE AÑOS!) que los delirantes científicos datan la edad del planeta con base en el carbono 14 (rimbombante nombre para referirse a un cacho de madero chamuscado) y la vida radioactiva del inventado (me juego un dólar) estroncio (a cualquiera se le podrían ocurrir denominaciones más biensonantes para el elemento, pero esos pedantes son amigos de lo irreconocible y difícil de pronunciar). ¿A quiénes quieren engañar esta pandilla de esnobs?

    5 ¿Han visto ustedes la producción del daguerrotipo del tipo? Pues mírenla, mírenla… Es más feo que un ornitorrinco, mamífero que Dios creó el sexto día (minutos antes de Adán) para echarse unas risas. Aunque si la tiran bien, bien… el Charles tienen un no-sé-qué que no parece tan repulsivo… incluso atractivo… para algunos ¡claro está!

     


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