Y, ¿si fuera él?

Columnistas
Abr, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • Ella caminaba descalza hasta su trabajo porque hace tiempo le dijeron que existían dos tipos de personas en el mundo: las que sienten la tierra bajo sus pies y las que no.

    Una mañana, con la osadía que caracteriza al “quiero viajar sola” y al “por qué debería pasarme algo por hacerlo”, había abandonado sus zapatos en la única esquina de su habitación. No se despidieron, lo suyo había sido una relación de talla normal. Nada especial. Nunca un remiendo, nunca un cambio de suela, nunca una plantilla aislante, tan solo ese aguerrido buen hacer que llevaba diez años atesorando en la ignorancia de sus pies descoloridos.

    Esa misma mañana, Ella salió descalza, en pies, como gustan decir algunos, para sentir la tierra húmeda, la tierra seca, la hierba, las flores, el agua… porque hacía tiempo que quería ser del otro tipo de personas: de las que sienten. Por desgracia, mientras caminaba hacia su trabajo Ella solo podía sentir el asfalto y las miradas incómodas sobre sus pies no descalzos, sino desnudos. Sin embargo, como buena aspirante al sentir, siguió caminando.

    Mientras caminaba descalza sobre el asfalto recordó que otro alguien le dijo, alguna otra vez, que el camino se hace menos pesado si nos vamos deshaciendo de las cosas que cargamos pero que, en realidad, no nos hacen falta. Ella rebuscó en la bolsa que llevaba colgada al hombro. Resoplando, movió todo de un lado a otro, sin poder pensar que algo de lo que allí llevaba, no le fuera a hacer falta: “mi cámara de escribir, mi parche orenáutico, mi agenda del siglo que viene, mi jersey para glaciaciones…”.

    Ante la imposibilidad gordiana de decidirse por un inuso, anuso o desuso, Ella dejó la bolsa entera apoyada en un árbol, junto al asfalto… y también dejó su abrigo. Mientras se alejaba, camino a su trabajo, mantenía vigilada, con el rabillo del ojo, la bolsa, pero esta era tan ingrata o más que sus zapatos. Tantos años juntas y ni siquiera un agujero por donde las cosas pequeñas pasaran a otra dimensión, ni unos trazos de bolígrafo destintado, ni una huella marchita de lo que una vez fuera una vegana galleta de chocolate. Nada. Allí yacería, impoluta, plastificada, hecha en China, eterna. No digamos el abrigo, tanto tiempo ocultando sus formas, sus movimientos, incluso sus pensamientos sobre sí misma, y ahora, desde el árbol, le recordaba el frío que siente una misma al verse, al reconocerse. Ya no se sentía ligera, sino desnuda… o eso le decían las miradas de la gente. Pero, como buena aspirante al sentir, siguió caminando.

    Muy cerca de su trabajo, Ella comenzó a sentir la tierra bajo sus pies. El asfalto se había convertido, por fin, en tierra; los edificios grises, en un pequeño bosque que engalanaba sus pasos.

    Ella estaba feliz. Ella sonrío.

    -He visto cómo me sonríes, muchacha-. Le susurró un hombre con zapatos, de repente, por detrás, al oído.

    Ella dio un respingo, sobresaltada. –No señor. No era a usted. Me sonreía a mí misma-. Contestó despacio.

    El hombre con zapatos rio a carcajadas. –Sí, claro. Y me dirás que tampoco te has vestido así para mí-. Dijo mientras se acercaba más a Ella.

    -No, señor. Ni para usted ni para nadie-. Respondió Ella con calma.

    -¡Mientes!- exclamó airado el hombre. -¿Por qué, si no, iba a caminar una mujer sola, con tan poca ropa por el bosque?-, le preguntó.

    -No, no miento-. Negó Ella con cautela. Camino a mi trabajo. Hace calor y dejé mi abrigo en el camino. También dejé mi bolso y mis zapatos porque me gustaría ser de las personas que pueden sentir la tierra bajo sus pies.

    -Sí, mientes. Quieres algo. Has venido buscando algo… ¿o es que nadie te advirtió lo que les pasa a las chicas que salen solas?-. Susurró el hombre con zapatos, recuperando la compostura.

    -Mnnnn, ¿lo que les pasa a las chicas que salen solas es porque hombres como usted las esperan en el bosque para hacerles daño?- Le preguntó Ella.

    -Exacto. Veo que entiendes…-.

    -Entonces, para que no nos pase nada, por qué no son ustedes los que se quedan en casa para que nosotras podamos salir tranquilas?-.

    -No, no has entendido -. Resopló el hombre con zapatos. – Esto es por tu culpa. Es porque tú sales sola y te vistes así y, claro, vas provocando que te pase algo…-.

    -¿O sea que la culpa es mía porque tú quieres hacerme daño?- volvió a preguntar Ella.

    -Qué cabezota eres. Mira. En este sistema patriarcal-machista, hombres como yo tenemos, digamos, más poder que tú -y el resto no hace mucho más que criticarlo en Facebook o en políticas públicas para conseguir subvenciones muy vacías de conte-nido, con lo que no nos va mal -. Digamos que me creo con derecho sobre ti, y claro, en lo sexual, yo no tengo que pedirte permiso, porque tengo derechos y necesidades… digamos, de hombre, de un hombre como yo. Y los derechos y necesidades de este tipo de hombre implican obtener todo lo que se desea de las mujeres en el momento en que se desea, en lo social, familiar, afectivo, político, económico, sexual… ya sabes, tú con tus roles y yo con los míos-.

    -¿O sea que yo tengo que acceder a hacer todo lo que tú quieras, aunque yo no quiera?-

    -Pues… es una forma acertada de decirlo-. -¿Y si no accedo?-

    -¿Es que no has visto la televisión?-

    -No mucho- respondió Ella. -La verdad, prefiero hacer otras cosas más enri-quecedoras-.

    -Pues te amenazaré y golpearé hasta que accedas y, si aun así no accedes, te mataré por llevarme la contraria-.

    -Eso no es muy agradable, señor. Creo que tiene un problema. Debería hacér-selo mirar-. Contestó Ella muy seria.

    -Vamos a ver, muchacha, el problema lo tienes tú , ¿o es que no lo ves? -preguntó extrañado el hombre con zapatos -.

    -No, señor- contestó Ella. -Yo solo veo un problema, pero lo tiene usted. Usted quiere hacerme daño porque soy una mujer, mi vestimenta es tan solo una excusa, mi soledad es tan solo otra excusa. Usted quiere sentirse con poder y eso solo puede hacer-lo dañando a personas que considera menos que usted. Menos fuertes, porque se trata de eso. No es capaz de conseguir lo que quiere si no es mediante la fuerza o la amenaza. Y piensa que las mujeres somos débiles, que somos menos que usted. Pero le advierto que yo soy igual que usted.

    -Sí. Tú mucho hablar…- sonrió el hombre con zapatos.

    -Mire. Podría quedarme y seguir explicándole su problema, pero tengo que ir a mi trabajo, señor. Voy a seguir caminando descalza. Le aconsejo que no intente nada contra mí, porque voy a defenderme. Y las chicas que vengan andando detrás de mí solas, descalzas y sin abrigo, van a defenderse también. Porque van a venir muchas más. Hasta el día que no tengan que preocuparse por tener que soportar conversaciones de desconocidos con malas intenciones en un bosque. El problema no es estar sola, el problema es estar mal acompañadas por señores como usted.

    Le aconsejo, también, que revise esto- le dijo Ella ofreciéndole una tarjeta. Se llama Feminismos y ahí le informarán, desde distintas perspectivas, sobre formas de alcanzar derechos, deshaciéndose de viejos privilegios machistas. Y no, feminismo no es lo contrario al machismo, haga usted el favor de apagar la tele y leer antes de opinar con argumentos de bar o tertulias de famosillos que no han dado un golpe al agua en su vida.

    Y le aconsejo, por último, quitarse los zapatos e intentar sentir la tierra bajo sus pies. Quizás tenga otra perspectiva de las cosas. No lo ha hecho y no se ha dado cuenta de que está hundido de barro hasta las rodillas. Bueno, así tendrá tiempo de pensar en su problema.

     

    -Pero…

    -Que repiense usted bien, señor con zapatos, y que sea pronto.

     

     

    * Doctora sin bata. Viajera, antropo(i)log(ic)a, feminista y amante del buen vino. Obrera de escritorio afi-cionada a la locura pseudocontrolada y la búsqueda de un mundo mejor. Piensa que existen momentos de felicidad, pero que nunca hay que perder de vista que no todo el mundo la tiene. En los días malos renueva su carnet en una sociedad secreta que aboga por la extinción de la raza humana.


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