Y es que…

Columnistas
Mar, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • Reconozcámoslo. La democracia comenzó mal desde el principio. Quizás si hubiéramos tomado como referente algo más que a los griegos atenienses -porque han existido otras sociedades que ejercían modelos “democráticos” mucho más democráticos que estos aristocráticos señores-, la cosa hubiera sido diferente. Pero nos fascinan los viejos referentes europeos. Especialmente aquellos envueltos en blancas togas lavadas por esclavas y exquisitamente atendidos por esclavos que podían, de este modo, hacer un noble uso del tiempo para filosofar.

    Y es que es desgraciadamente conocido que, con jornadas diarias de trabajo de ocho horas -o más-, cuidados, quehaceres, actividades extraescolares, gimnasio, televisión e internet, entre otras muchas cosas, es muy difícil utilizar el tiempo de manera tan noble como lo hacían ellos, y menos aún, para pensar.

    Y es que, si nos ponemos a pensar, todas y todos a la vez, igual tenemos un problema. Por eso, mejor que sigan “pensando” los de siempre, porque no parece haber evolucionado mucho la democracia griega de, aproximadamente, un diez por cierto de la población, a las democracias actuales. Por supuesto, ahora votan mujeres, minorías étnicas (minorías después de haberlas diezmado), parados, perroflautas o ancianos con alzheimer (esto lo hacen algunos partidos por ellos) una vez cada cuatro años (el culmen de la democracia). Sí, igual estoy equivocada. Sin duda, en 2500 años hemos corrido el maratón de la democracia.

    Y es que, si seguimos pensando, del “gobierno de la multitud” de Platón y del “gobierno de los más” de Aristóteles se ha heredado una idea de democracia bastante antidemocrática. Tanto, que, a veces, parecen monarquías disfrazadas de gobernabilidad o dictaduras vestidas de gobernanza. En algunos casos, simplemente, son gallineros donde dos o más gallitos -y alguna gallina- se pelean por empollar el “huevo de oro” de los recursos de un país. Egosincracia o demosincracia deberían llamarlo.

    Y es que, en vez de conseguir hacer realidad -con su heterogeneidad correspondiente-, una idea interesante de este maelstrom de helénicos cerebros, no hemos parado hasta vaciarla completamente de contenido y significado. Todo entra en la democracia, todo juega, todo vale. Todo, menos lo que opine la gente, por supuesto, pero no hace falta redundar en esto, creo que ha quedado claro desde el principio. ¡Ah, no! Podemos votar cada cuatro años y tenemos algunas figuras que velan por la integridad, decencia y buen funcionamiento de nuestras evolucionadas democracias.

    Y es que va a ser verdad que nos quejamos demasiado, con lo “bien” que vivimos. Que no sabemos lo difícil que es trabajar para gobernar y ser decente al mismo tiempo. Que no tenemos ni idea de los sacrificios que deben hacerse para no coger algo de todo ese dinero que circula por ahí -encima, todos lo hacen-. Que desconocemos las ventajas de colocar a amigos que nos deban un favor en puestos de poder. Que olvidamos lo mal que se pasa teniendo sueldos cinco o diez veces mayores que cualquier persona trabajadora en la mina, en el mar o en el campo, trabajos menos cualificados claro, porque para dirigir gobiernos te piden una alta cualificación y pasas exámenes muy duros. Que ni nos imaginamos lo difícil que es enfrentarse a las políticas internacionales que te obligan a tomar medidas que enriquezcan a unas cuantas corporaciones y maten de hambre y/o de malas condiciones de trabajo a tus ciudadanos y ciudadanas. Que estamos locos al pedir una reducción sostenible del consumo y del desarrollo, con lo cómodo que se vive así, con el estatus que otorga. Seguro que esto no le hace daño a nadie, yo no lo veo, demagogos.

    Y es que somos unos idealistas por querer un mundo en el que algunos tengan que perder sus privilegios para que todas y cada una de las personas tengan derecho a vivir una vida, de verdad, digna, la que elijan, en la que se sientan a gusto, no la que le ofrezcamos como modelo. Que somos unos ignorantes que no saben lo que significa, realmente, democracia; que no es más que unos segundos como figurantes en una costosa producción de Hollywood que, aunque no nos guste, vemos y comentamos, señalando que, a pesar de tener algunos fallos, se puede ver y, encima, hemos participado, esto no es “moco de pavo”. Quizás se hubiera podido hacer un poco mejor, pero nada iba a cambiar, en esencia, porque la idea principal es la que es y así se refleja en la película.

    Y es que no sabemos hacerlo de otro modo. O quizás sí, pero Fobos con su terrible mirada advierte desde el backstage y el miedo se apodera del pensamiento, diseña el guion y se instala en la democracia.

    * Doctora sin bata. Viajera, antropo(i)log(ic)a, feminista y amante del buen vino. Obrera de escritorio aficionada a la locura pseudocontrolada y la búsqueda de un mundo mejor. Piensa que existen momentos de felicidad, pero que nunca hay que perder de vista que no todo el mundo la tiene. En los días malos renueva su carnet en una sociedad secreta que aboga por la extinción de la raza humana.


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