Volver a la tierra

Columnistas
Oct, 2019
Artículo por Rocío Pérez
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  • Hace tiempo que dejé mi tierra, mi tierruca, como la llamamos allí, en esa región del norte de España, para salir a buscarme la vida por el mundo, como han hecho tantas antes de mí y como seguirán haciendo muchos otros después. Migrantes es verdad que somos todos. Porque si no lo somos nosotras, lo son nuestros padres, madres, abuelos, bisabuelas, tatarabuelos y más allá. Por desgracia, mucho más que por fortuna, me temo, las historias de la humanidad son historias de movimiento desde sus inicios. Unas, las más antiguas, por supervivencia; otras, las más actuales, por necesidad. Y entre medio de todas ellas, la humanidad se mueve por ambición, pero esto son otras historias, aunque se hayan empeñado en enseñarnos que es una sola.

    Como migrantes por necesidad, lo que ya no han podido, pueden, ni podrán hacer muchas y muchos, es volver con frecuencia a su lugar de origen. Yo soy una privilegiada, eso es algo que trato de no olvidar nunca. Quizás es uno de los ejercicios más empáticos que podemos hacer en nuestra interacción cotidiana con otros y otras. Ser muy conscientes de nuestros privilegios y de quienes no los tienen. Yo puedo volver a mi mar, a mis montañas y a mi gente. Aunque ya no me sienta parte propiamente de ello, volver me hace sonreír. Sonreír sinceramente en este mundo de mierda se está convirtiendo en un ejercicio de rebeldía. Pero incluso la rebeldía puede tener privilegios y ser ignorante.

    En este último viaje de regreso a casa, aunque casa no solo hay una,realicé unos talleres fuera de la educación formal reglada con sus títulos rimbombantes -de los que adornan nuestras paredes, o, en mi caso, un tubo portamapas que viaja por todas partes “por si acaso”-. Este curso versaba sobre la identificación, conocimiento y uso de plantas silvestres autóctonas. No hay nada mejor que aprender fuera de las lógicas de la enseñanza “oficial”, para darse cuenta de la ignorancia hacia la que nos han dirigido. No hay nada como estás necesarias curas de humildad. Una de mis formaciones universitarias es Geografía. Por supuesto, he estudiado cubiertas vegetales, interacciones y usos. Pero, haciendo una retrospectiva, lo hicimos como si estudiásemos algo que está ahí pero que nos es lejano al mismo tiempo. No se enseña a quererlo, se enseña a utilizarlo, a explotarlo, con suerte, con respeto. Sé lo que es un Quercusilex–una señora encina-, y conozco sus usos, por ejemplo, como recurso ganadero en las dehesas, pero nunca nadie me habló de las posibilidades de la ortiga –más allá de sus virtudes como infusión-, o del llantén, o de los tréboles, o del diente de león, o de la milenrama…

    Y nadie me habló, porque son plantas que crecen en todas partes, que podemos recolectar –con cuidado, respeto y agradecimiento a la tierra- y utilizar nosotras mismas. Porque no tienen valor en el mercado, porque nos hicieron creer, en occidente, que no tenemos estos usos, estas historias, estas tradiciones, esta cercanía a la tierra. Porque hemos perdido nuestra soberanía alimentaria y nuestros sistemas de organización y uso comunal de los recursos bajo un entramado de políticas alejadas de las realidades que prefieren tirar a la basura lo producido para mantener los preciosque redistribuirlo en un mundoque se muere de hambre cuando no hay ninguna razón productiva para hacerlo.

    En dos meses (re)aprendiendo sobre esto, puedo cambiar parte de mi dieta alimenticia, puedo hacer con mis propias manos remedios, ungüentos, cremas… pero quizás lo más importante es que estoy conociendo y recuperando un tipo de conocimiento que nos habían arrebatado, ocultado o criminalizado –sí, porque las grandes empresas farmacéuticas, por ejemplo, tienen algo que decir, como que “no tiene propiedades probadas” aunque empiecen a usarlas en sus productos de veinte euros el bote-. Porque solo tiene propiedades beneficiosas lo que se comercializa, el resto son “cosas de viejas” o “cosas de brujas”.

    Pues muy bien, recurramos a nuestras viejas y brujas y su sabiduría. Valoricemos de una vez todo lo que nos han dado, lo que nos siguen dando. Reconozcamos sus resistencias, sus luchas, que son las nuestras, aunque no nos demos cuenta. Salgamos por un rato de nuestra alienación científica, tecnológica e ilustrada y volvamos nuestra mirada al conocimiento local. Este conocimiento es fundamental para empezar a cambiar las cosas. Conozcamos nuestras historias, nuestras formas de vivir, nuestras gentes. El conocimiento nos hará libres, se dice. Cuidado, el conocimiento no está exento de colonialidad y poder. Hay que hilvanar muy fino en el contexto pasado de generación de conocimiento y en el marco actual de sobreinformación, y hay que recuperar saberes que no están considerados en esa fórmula de libertad. Estos conocimientos locales, tradicionales, además de hacernos libres nos harán soberanos de nuestra vida y nuestras historias.


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