Ni una princesa más

Columnistas
Dic, 2016
Artículo por Boris Banegas Abád
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  • Carolina tenía 13 años, dos cortaduras en la muñeca izquierda y una cicatriz de tres centímetros en la derecha; mientras terminaba de doblar sus blusas blancas su madre le daba la orden de tener todo listo para el día siguiente.

    A primeras horas del lunes ella cambiaría de colegio, cumpliendo así las amenazas de sus padres por su mala conducta y pésimas notas en el colegio de monjas donde le extendieron el pase del año con una condición: la de no continuar su educación en el plantel. Su madre azotó la puerta rumbo a la misa dominical y ella fue inmediatamente a su computadora, con lágrimas en los ojos y dedos temblorosos escribía un texto que bautizó como La historia de mi vida. En este describiría lo que tuvo que vivir y, digámoslo con todas sus letras, sobrevivir durante los 6 años de escuela. Habló de las etiquetas por no tener un cuerpo como sentenciaban las princesas de Disney que veía en la televisión, nunca entendió las exigencias de su madre cuando le llamaba “machona” por no cumplir con la limpieza de su habitación, jamás hizo una rabieta por no salir de “madrina” en los eventos deportivos, ni tampoco llamó su atención el equipo de cheerleaders del cual la entrenadora nunca propuso formara parte porque no cumplía con una estatura y peso que la sociedad impone cruelmente.

    Carolina describía que sus cortes eran porque no quería estar más en este mundo, porque pensaba que la vida de las otras personas sería mejor sin ella y que la única manera de “castigarse” era utilizar en su contra un cuchillo de pan que robó de la cocina la medianoche de un jueves cuando estaba en quinto año de escuela, influenciada por un blog que devoró durante varias semanas de principio a fin, donde además de encontrar casos de otras niñas con problemas similares, tenía un menú completo de “técnicas” que le permitían a su cuerpo no tener “demasiado tiempo” alimentos y así poder cumplir con el “peso exacto”.

    Sus cicatrices las exhibía con orgullo, como un soldado con sus heridas de guerra, la descripción de cada una estaba “complementada” con una fuerte depresión provocada por las palabras hirientes de sus compañeras de aula, actos reforzados además por alguna profesora o inspectora que siempre la castigaba por contestar con un “lenguaje no adecuado para una niña”. Ese texto de Carolina, mucho más largo que los anteriores publicados en redes sociales, terminaba con un “gracias” para sus fieles compañeras, Ana y Mía.

    La madre de Carolina de regreso a casa compró seis panes, una funda de leche y media cajetilla de tabaco mentolado, dejó las compras sobre el desayunador, y llamó a su hija para que le ayudará a calentar la merienda. Al cuarto grito fue hasta su habitación donde encontró toda su ropa alborotada sobre su cama y en el clóset a su única hija colgada del cuello con la chompa de su antiguo colegio.
    Carolina no se mató, la matamos todos, toda la sociedad somos cómplices de presionar a la mujer a cumplir con parámetros (totalmente absurdos) de belleza que no existen, presentados cada día en la televisión, en los reinados de belleza, en los diarios… ¿Acaso no es ignominioso tratar a un ser humano así?


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