Un vestido blanco en sector 12

Columnistas
Nov, 2015
Artículo por Germán Gacio Baquiola
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  • Allí, en el alejado barrio, nunca antes habían visto un gringo caminando, apenas unos cuantos cuerpos extranjeros arrastrándose en el polvo del basural donde los motochorros de Sector 7 eliminaban los rastros de sus crímenes. Pero no solo eso fue lo que sorprendió a los vecinos de este olvidado barrio de Arequipa sino, sobre todo, el hecho de que este alto gringo siguió llegando, día tras día, con trastes y cajas que poco a poco ingresaba en la casita de los Rivera, abandonada hacía años. Aquella casa de ladrillo y adobe a la vista, que combinaba con el estilo del último barrio de la ciudad, se llenó de vida con el arribo del gringo: no había semana que no llegaran visitas de todos países a la humilde casita de los Rivera, ante los ojos temerosos del taxista y la mirada incrédula de los vecinos.

    Pronto, el recién-venido comenzó a integrarse y ganarse la confianza de la gente del barrio. El presidente lo llevaba a la cancha a compartir los domingos de fútbol y, como era la tradición, también las cervezas y el atardecer. No tardó en preguntar por aquel baldío, donde solo el polvo se acumulaba junto con la basura y la escoria de Sector 7. En un barrio obrero dividido por sectores que llegaban hasta el número 14, le inquietaba sobremanera la peculiar no existencia del planificado Sector 11. Al comienzo, los vecinos se reían de la ocurrente sugerencia del recién-llegado, reían y brindaban por su originalidad. Pero el gringo sabía que en cada trago y en cada sonrisa se escondía la única verdad posible: un acuerdo tácito entre los vecinos de nunca jamás develar el misterio de Sector 11.

    Una noche, cuando llegaba caminando desde la lejana Arequipa, un destello de luz en el volcán Chachani, “patio trasero de mi hogar” como lo llamaba el gringo, le desconcertó y le obligó a detenerse mientras cruzaba el arenal donde debía estar construido aquel sector inexistente. En medio de la noche seca, un viento confundió sus cabellos y cuando pudo finalmente retirarlos de su cara, un niño de no más de diez años estaba parado junto a él, observando también aquel volcán. Pasaron unos minutos antes que cualquiera de los dos hablara, pero en ese corto diálogo que ambos mantuvieron, sabemos que el gringo encontró la respuesta a su interrogante, y sabemos también que el niño le explicó el significado del nombre de aquel volcán.

    Todo esto lo conocemos nosotros, los vecinos, no porque el niño o el gringo lo hayan contado, lo sabemos por la sonrisa amable que encontramos en el rostro frío y apagado de aquel extranjero que se animó a compartir nuestros días en un alejado y olvidado barrio de Arequipa, ese rostro que apuntaba al volcán mientras su último suspiro repetía: “vestidito blanco, vestidito blanco”.


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