Qué pena, pero…

Columnistas
Ene, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • Al final, hemos llegado a un punto en el que observamos el mundo a través del prisma de nuestras pequeñas pantallas de alta definición, que, verdade-ramente, no definen nada más que nuestra incapacidad y nuestro acomo-damiento en un mundo geopolíticamente agotado, socioeconómicamente maltrecho y religiosa y culturalmente perverso. Este es nuestro pequeño universo de confort en el que somos nuestro propio dios o diosa, con espe-cial capacidad para juzgar cualquier pensamiento, palabra o acto que llegue a nuestras cuadradas ventanas para ver el mundo. Es nuestra nueva estrate-gia para aliviar la conciencia. Mucho mejor que una buena psicóloga o un cura, y, si tienes suerte y “pillas” wifi, incluso es gratis. Una ventana cuadri-culada donde puedes observar cómo algunas líneas descendientes del homo sapiens —a quién denominaremos como homo serpentis, por hacer un guiño a nuestra impuesta religión católica—, señalan con cierto aire de resentida venganza postcolonial y postoccidental —haciendo un malévolo ejerci-cio de generalización, por supuesto—, que Francia, se “merece” algo así, por participar en el entramado, lucrativo y jugoso negocio de invadir, saquear, matar, cartografíar fronteras económico—estratégicas y demás juegos “es-tadocorporatifalocentristas” que llevan mucho tiempo sobre aquel tablero del mundo que tanto me remite a Borges.

    Sobre este tablero, las atrocidades han sido constantes, porque al ser humano, especialmente al lado de la testosterona colgante, “le sobran los motivos” para enzarzarse en encontrar distintas formas de control y extinción de todo lo que exista más allá del arco trazado entre su pene (léase también, en ocasiones, en su versión femenina), su cerebro, su ansia de poder y su egocentrismo, que, como es bien sabido, depende del tiempo, del espacio y de lo que determinados territorios puedan ofrecer.

    Pero, sin desviarnos del tema que nos acontece, y sin perder nunca de vista las miserabilidades del pasado, del presente y del oscuro futuro que se vislumbra en el horizonte —porque recordarlas debería servir para no repetirlas, aunque esto ha sido mucha retórica y poca práctica—, retomemos la idea inicial sobre “quién merece qué” y de esta ligereza en la capacidad de juzgar a partir de una noticia aparecida en un medio o a través de un “sentido común” —por cierto, muy cultural-, elucubrados, ambos, en la comodidad de un sofá.

    En los complejos —y muchas veces miserables— sistemas que conforman el mundo, no solo Francia, Estados Unidos, Israel, Arabia Saudi, Inglaterra o España participan de su sostenimiento. Tirar del hilo en un ejercicio tan simple como conocer el impacto que tiene en el mundo cambiar nuestro modelo de movil cada año puede ayudarnos mucho a tener más en cuenta nuestro consentimiento y participación “indirecta” en esta miserabilidad, independientemente, aunque sin perder de vista, nuestro contexto y nuestra historia. Sin embargo, lo que llama la atención es nuestra doble moral de hipocresía y verdad absoluta al mismo tiempo. Bajo el lema “sí, que pena lo de París pero aquí hubo un genocidio indígena y nadie prayed for Latinoamérica”, o “sí, pobres franceses pero que se jodan los gabachos vendedores de armas” escrito por un español que debe desconocer la participación masiva de su país en esto”, o “todo el mundo prayed por París pero nadie prayed for Beirut, Siria o Bagdag”, dicho por aquellos y aquellas que jamás han enarbolado no ya una bandera o una pancarta en la calle, sino un simple post por un conflicto, un TLC, una catástrofe medioambiental, un feminicidio localizado o una injusticia, parece todo demasiado estúpido y demasiado humano. De esa forma adquirida de humanidad que daña y que cada vez duele menos a uno mismo. De esa humanidad peligrosa.

    Y aún así nos creemos lo bastante buenos para atrevernos a juzgar. Nos imbuimos de un halo de moral irrefutable y proclamamos a las cuatro esquinas de nuestros muros —que no lee casi nadie—, o a los pies de foto de la construida noticia del día —que leen pocos más—, por quién hay que sentir pena y por quién no, quién se merece nuestro apoyo y quién no, quien debe vivir y quién no. Y todo ello en base a un video de diez minutos donde se explica el problema sirio, dos artículos online de marcada línea ideológica en los que ponen fotografías impactantes correspondientes a otros conflictos, o imágenes con frases pegadizas que se suceden en moda, según el día y la desgracia que ocurra. Y todo esto, con suerte.

    Somos lo más patético que ha parido la Madre Tierra, Gaia o la Pachamama, como guste usted llamarla, quien debe estar deseando que nos extingamos.

    Había mucha gente limpiando oficinas en las torres gemelas, había mucha gente camino del trabajo en el metro de Madrid, había mucha gente sirviendo mesas en París, había muchos estudiantes en las universidades de Siria, había muchas personas que no se conformaban con lo que estaba pasando en Beirut, había muchas personas manifestándose por cambiar las cosas en Turquía, había muchas niñas en las escuelas de Nigeria que se educaban para tener una vida mejor.

    No, nadie se merece esto. Especialmente, la gente que muere por las guerras de otros.

    Y no hay “pero”.

    Siempre ha habido gente que ha luchado, más allá de sus pantallas, por tratar de cambiar las situaciones de vida de mucha otra gente. Esa gente está en Ecuador, en Estados Unidos, en Francia, en Israel, en Arabia Saudita y en todas partes. Este es el otro ejercicicio que hay que hacer para mantener la mente sana, escapar de las generalidades y simplificaciones que dibujan el mundo de una forma recíprocamente bipolar: tú eres de occidente, tú eres subdesarrollado, tú eres blanco, tú amarillo, tú verde, tú feminista radical, tú francés, tú de izquierdas. Este ejercicio nos permitirá no meter todo y a todos en el mismo saco de odio y rencor de nuestro heroicismo de ratón y empezar a señalar y a preguntarnos por los orígenes y las causas específicas de los horrores. Quizás, nos permita acercarnos también no solo como pueblos, naciones o estados, sino como personas que están en contra de las guerras, las muertes, el miedo, la violencia y las injusticias. Y, siendo muy optimista, quizás se puedan esbozar ideas y prácticas de cambio y volvamos a salir a las calles.

    Porque se nos olvida que hay mucha gente harta y cansada de este mundo en todas partes.


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