Nos estamos convirtiendo en unos ridículos sin tiempo, ni tiempo, ni materia humana

Columnistas
Feb, 2017
Artículo por Rocío Pérez
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  • Trabajamos más horas para ganar más dinero –aunque esto últimamente no está siendo una secuencia lógica–, para gastarlo en comprar cosas que nos ayuden a vencer la insoportable realidad del tiempo. Ese tiempo propio que ya apenas sabemos manejar. Compramos una televisión más grande que nos llene las únicas horas que tenemos libres. Un coche más grande para pasar más horas exhibiéndolo en la carretera. Una casa más grande para ocultar hacia fuera el vacío que tenemos puertas adentro. Un viaje más lejos los quince días de rigor con un pack completo para traerme recuerdos made in China que mostrar, aunque estemos en Nueva Zelanda.

     

    Trabajamos más horas para ganar más dinero –recuerden la inversabilidad proporcional que el capitalismo tardío inyecta en esta relación–, para pagar a otras personas para que hagan lo que no queremos hacer o lo que quisiéramos hacer pero ya no tenemos tiempo. Esto se nota, especialmente, en tres espacios cotidianos: los cuidados, las relaciones interpersonales/ sexo –porque beatismos hipócritas e insoportables aparte, queremos y nos gusta el sexo (no identifiquen sexo con porno machista unidireccional, hagan el favor) –, y la capacidad de protestar y actuar. Cuidar hijos, madres, abuelas, amigos, perros o gatas, se ha convertido en un “bien común” extraño y preciado. Pagamos porque otros y otras –especialmente otras– los cuiden, les den amor, los vean crecer, los paseen, los escuchen y los abracen –válido para todas las especies anteriormente mencionadas–. Nos perdemos todo porque un señor llamado Mr. Capital nos dijo que tenemos que acumular para consumir, que cuanto más consumamos, más somos. Quizás se le olvidó comentar que puede que seamos más –más cómodos, más explotadores, más inconscientes, más productores de basura–, pero no mejores, aunque igual lo puso en la letra pequeña y tuvimos pereza de leerlo. Porque, reconozcámoslo, nos hemos acomodado tanto que confiamos ciegamente en Mr. Capital y sus haceres, quehaceres y deshaceres.

     

    Conversar con una persona a la vez también se ha convertido en acción de coleccionista. Nos horroriza tanto lo humano que lo digitalizamos para controlarlo y gestionarlo. Nos incomoda mirar a los ojos, porque es invertir demasiado tiempo. Nos asusta no tener nuestro móvil 9G plus para llenar el tiempo entre silencios que hemos olvidado cómo disfrutar. Nos enloquece exponernos a no gustar superficialmente a trescientos, a no contar resumidamente a diez mil con un post lo que no nos atrevemos a contar profundamente a alguien cercano. Nos aterra invertir nuestro tiempo en una sola persona. Es demasiado aburrido, demasiado arriesgado, demasiado lento, demasiado intenso. Incluso tener sexo requiere de multitudes y simultaneidades “líquidas”, incluso gaseosas porque necesito pagar un servicio online que me facilite ganado dispuesto a tener un momento de intimidad like ante mi incapacidad de tener tiempo, voluntad y herramientas de comunicación para salir a la calle a pasear, a tomar un café, a una librería o a un bar a conocer, charlar, gustar y desear más allá de una pantalla y una imagen congelada y retocada. Debe ser que ya no nos gustamos ni a nosotros mismos en conjunto, solo en un reconstruido momento, por lo que gustar a las demás, ni os cuento.

     

    Denunciar situaciones de explotación o discriminación, salir a la calle a protestar o –cuidado blasfemia–, hacer una huelga a Mr. Capital, tampoco se salvan de esta “modernidad líquida” casi gaseosa. A pesar del potente mecanismo de convocatoria que podría llegar a ser la onlineidad, nos basta con decir “estoy interesada” o “acudiré al evento” en espíritu, desde mi sillón de la gran televisión comprada antes. Y cuando conseguimos salir, arrastrándonos en nuestra comodidad y confort individualmente adquiridos, nos dedicamos a hacernos selfies que muestren lo divinos que somos y lo comprometidos que estamos con las causas pero no tenemos tiempo de profundizar en los porqués de las mismas. La inversión de nuestros tiempos en las dinámicas analógicas y digitales debería ser un medio, no el fin –con todo su doble sentido– que aporte algo más que mercancía y liquidez baumaniana a nuestras vidas. Porque no todo tiene que ser líquido o gaseoso. Existen muchos ejemplos de lo contrario, solo tenemos que molestarnos en buscarlos. De este modo, no se trata tanto del medio como de la forma y el proceso. Dediquémonos a los pequeños momentos, a los pequeños placeres que recordamos, a las personas concretas que merecen la pena, a acciones que nos lleven a compartir nuestra humanidad, no a perderla. Digital o analógicamente, pero tomémonos el tiempo necesario para hacerlo.
    Tomémonos el tiempo necesario para decir: “Sorry, Mr. Capital, but fuck you”.


    Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

    1. Alfonso Cerpa dice:

      Es grave la renuncia a la relación humana directa. Es ada vez mas frecuente ver a los asistentes a una conferencia interesante absortos en sus celulares. Es triste. Ya nuestro ambiente es virtual, hemos aniquilado la realidad.

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