Mi primera vez o de cómo me convertí en beatnik en la línea ecuatorial, desafiando erupciones volcánicas y comas etílicos, hasta alcanzar el Prostíbulo Deprimente

Columnistas
Sep, 2015
Artículo por Germán Gacio Baquiola
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Lima es como un desierto y como el edén: todo comienza allí pero nada se desarrolla dentro. El relato envuelve a un libro (Desfiguraciones, del poeta Víctor Vimos), pero supera su forma. Fue hace 5 años cuando decidí viajar por primera vez a Ecuador, invitado a la Feria del Libro de Quito donde presentaría el poemario mencionado. Claro que el libro en sí aún no existía y faltaban dos semanas para el inicio de la feria. El proceso de edición fue un polvo de adolescente: rápido, desprolijo, sin técnica, pero con sabor a victoria. Ajusté los detalles planificando todo para que la cuerda del reloj solo alcanzara a rozarme el cuello: viajaría desde Arequipa (donde en aquel entonces residía) por tierra hasta Quito, con una única y breve parada estratégica en Lima, donde recogería los ejemplares de la imprenta. Pero el desierto y el edén también se parecen en esto: ambos crean ilusiones que fermentan en mito. De este modo, mi visita pasajera por la imprenta se alargó unas cuantas horas, mientras codo a codo con el maestro de máquinas empastábamos los libros uno a uno.

Algunos días de viaje después, que incluyeron secuencias de secuestro con frases como: “en este terreno botamos los cuerpecitos, y nadie se entera de nada” o “¿a que tú no sabes cuánto pagan por un pasaporte así como este?”, la Feria de Quito iniciaba y terminaba bajo lluvia. Y así comenzaba la tan anhelada gira de presentación por tres ciudades del Ecuador, acompañado del autor y dos poetas amigos; mientras, sin saberlo, se tejía mi destino en el mundo prostibulario.

Primera estación: Riobamba. Presentación más bien formal, pero con un festejo que incluyó vómitos, pájaros azules y desmayos. Habríamos acaso acariciado el sueño, cuando el autor devenido cocinero se dignó a expulsarnos de la cama en plena madrugada al grito de: “¡Caldito de gallina Sr. Baquiola!”. Devoramos en silencio, masticando la furia del desvelo, la resaca y el olido de la noche pasada. Pero el desayuno recién comenzaba: nuestro chef nos aguardaba con dos javas de bielas. Entre risas, cumbias, cigarros, idas a la tienda, llegó el mediodía y la hora en que el Director de Cultura del Núcleo Chimborazo pasaría a recogernos en su camioneta para llevarnos hacia nuestra segunda parada: Baños.

Allí viajábamos, en la cajuela, los tres poetas, yo, y el frío de la ruta, entre guitarras y cantos de borrachos, hasta que un estruendo partió la atmósfera en dos. El Tungurahua rugía y expulsaba nubes negras; el día se tornaba noche y la ruta lloraba pánico. Los soldados ordenaban evacuar la ciudad y no dar paso a quienes quisiésemos avanzar. Pero a un poeta no se le niega su palabra, y mucho menos a un borracho la posibilidad de un brindis de cortesía en una vernissage. Cubiertos con el halo de la cultura, nos abrimos paso entre los gendarmes al grito de: “Una pasadita, somos poetas”, llegamos a la ciudad vacía, presentamos el libro y cantamos ebrios en un karaoke canciones de Sandro y Leonardo Favio que nadie escuchó.

Al día siguiente partimos hacia Guaranda, tercer y último destino, donde en el Teatro Municipal nos esperaban cientos y cientos de escolares, para oir al gran poeta y su editor argentino. Algo raro sucedía: ser argentino en este pueblo era como ser un extra de Hollywood en el tercer mundo. Terminada la obligación de las fotos y las preguntas infantiles, partimos al hotel para darle un poco de respiro a nuestros cuerpos trajinados.

El descanso duró lo que el instante tarda en convertirse en momento: alguien llamaba a nuestra puerta. Sorpresa fue encontrar a uno de los músicos invitados en Riobamba, que si bien ausente de nuestra aventura, parecía haber corrido igual desfiguración durante aquellos días. Ya montados nuevamente en las alas del pájaro azul, este entrañable sujeto, dotado de la sabiduría local, nos promete llevarnos al lugar más especial de la ciudad, un rincón hecho y desecho para hombres como nosotros. Teletransportados llegamos ahí, al final de todo, donde se alzaba una cueva de ogros con luces fluorescentes, vitrola incansable y gritos desafinados: sin duda alguna, un prostíbulo.

“Mi primera vez”, pensé al entrar por el portal de aquella taberna medieval. Excitado, ansioso por descubrir un nuevo mundo, me apresuré a descargar todo aquello que pudiera entorpecer mi disfrute. Corrí al baño. Frente al espejo me observaba y pensaba:

“Años y años negando invitaciones a burdeles, y ahora aquí, sin opción, porque la poesía no es terreno para dudas.”


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