Y qué más me gustaría a mí que no tener que ser feminista, pero no puedo

Columnistas
Nov, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • No puedo dejar de ser feminista porque sigues considerándome un ser humano de segunda clase, eso cuando te permites considerarme algo más que una mercancía en un mercado de libre y de permitido acceso. Puedes silbarme o decirme estupideces en la calle, en el trabajo, porque llevo un vestido, una falda o unos pantalones cortos. Te sientes “el más macho del lugar”, especialmente en grupito, ¿no?, ahí, como un baboso hijo sano de un patriarcado miserable, ostentando tu privilegio construido de poder. Porque el piropo ni siquiera es para mí, ¿no?, es para tu ego, ese ego que te dice que vales mucho más que yo y que eso justifica poder disponer de mí como te plazca. ¿Por qué eres más fuerte y puedes amenazar?, ¿Porque puedes insultarme y golpearme más fuerte si no me someto a tus deseos? Por eso, ¿crees que vales mucho? ¿Qué vale alguien que ejerce violencia continuamente contra otra u otro para obtener lo que no podría obtener de otra manera? Yo te lo digo: nada, menos que nada. Patético. Eso es lo que eres.

     

    No puedo porque raras veces soy algo más que “la hermana de”, “la hija de”, “la mujer de”. Raras veces soy una persona. Raras veces soy yo misma. Crees que no puedo hacer algo porque soy mujer. Me interrumpes y me dices que no sé nada, que no entiendo nada y hablas por mí. No puedo expresar mi opinión, porque, según tú, no tengo o es ridícula. Minimizas mi trabajo como “trabajito”, desvalorizas mi ocupación de cada día riéndote mientras dices “que paso todo el día en casa sin hacer nada”. Como si tener una persona veinticuatro horas haciendo todo lo necesario para la vida —y que no te interesa hacer porque no te pagan—, no te permitiera a ti no preocuparte nada más que por servir al capital fuera de casa. Como si yo le pusiera precio a lo que hago “en casa” tú pudieras pagarlo. En casa y fuera, porque siempre he estado en los dos, aunque para ti fuera más cómodo ignorarlo. Soy tu compañera, no tu esclava y si no sabes planchar tu ropa, aprendes. Si no sabes poner la lavadora, aprendes. Si no sabes cuidar, aprendes también.
    No puedo porque parece que todo el mundo tiene la obligación y el derecho a juzgar y decidir por mí cuál es mi sitio y qué debo hacer en cada momento de mi vida.
    No puedo vestirme con escote o minifalda porque te parece mal. No puedo salir con mis amigos a tomar una cerveza porque no es de “buenas chicas”, ¿no te fías de mí o no te fías de otros porque son como tú? No puedo decir que estoy agotada y me gustaría no ver a mis hijos por un puñetero día porque “soy mala madre”. No puedo decirte que tienes amantes, que no me respetas, que te dejo, porque encima “la culpable soy yo por no darte lo que te merecías, porque te descuidé”. Porque en vez de dos hijos, parece que tengo tres, y no voy a decir lo que te mereces porque sería rebajarme a tu nivel.

     

    No puedo porque me ahoga y no me deja respirar cada voz silenciada, cada grito de protesta, cada llanto, cada herida. Me han anulado. Me han matado y me siguen matando. De las formas más crueles posibles. De las formas más degradantes. De las formas más violentas. De las formas más inhumanas que solo un humano puede concebir. Porque soy una mujer. Y a tus ojos, no soy nada. Este es el motivo. Haga lo que haga. Me quede quieta o luche. Así que, si vas a seguir matándome, a pesar de mis ruegos, a pesar de mis intentos de hacerte entender que somos iguales y merecemos el mismo trato, respeto y rasero por el que ser juzgados, te lo voy a poner, cada vez, más complicado. Empiezo a no tener miedo, por eso me matas más. Empiezo a no tener vergüenza, por eso me matas más. Empiezo a no quedarme callada, por eso me matas más. Pero no estamos solas y cada vez tenemos a muchos más de nosotras y de vosotros a nuestro lado, porque cada vez, muchos más de vuestras y vuestros compañeros sienten asco de vosotros, cada vez, muchos más pelean con nosotras de igual a igual. Tenéis los días contados.

     

    Por esto, entre otras cosas, soy feminista. Entre quedarme quieta o luchar, elijo la lucha. Y voy a seguir luchando porque me obligáis, día tras día, a ver esta opresión en niñas violadas o sometidas contra su voluntad, en mujeres que habéis conseguido que se sientan una basura y no quieran vivir, en niñas enfermas por ser princesas y encajar como objetos en una sociedad esclavizante que disfruta conscientemente de ejercer su poder y sus privilegios de género, clase y etnia. Lee, mija, y sal a la calle. Estudia, desobedece, pelea, protesta, vive, pero no te conviertas en princesa. Ser princesa te mata. Mata tus sueños y te mata a ti. Y, si vas a ser princesa, al menos que sea una princesa guerrera.
    No tenéis ni idea de lo harta que estoy, de lo hartas que estamos, de cómo nos trata este miserable mundo y de qué poco le importa.
    No os dais cuenta de que sin nosotras el mundo no se mueve, cuando os deis cuenta, quizás sea demasiado tarde.


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