LA RESACA DE LOS EXCESOS

Columnistas
Ene, 2017
Artículo por Rocío Pérez
Este artículo tuvo: 373 visitas, compártelo !
Compartir por Facebook Compartir por Twitter Compartir por mail

Artículos que te podría interesar



  • Enero es ese mes del año donde empieza a verse claramente que todas las declaraciones y buenas intenciones del pasado mes navideño van a caer en saco roto. Desde el “voy a hacer más deporte” hasta el “voy a ser mejor persona”, pasando por el “voy a follar más”. Todas se van por la alcantarilla. Pero no es por nuestra culpa, faltaba más. El verdadero culpable es ese último mes del año que pone el listón demasiado alto. Demasiada presión social. Demasiada presión mediática. Demasiados renos. Demasiado todo. Todo está impregnado de una melosa ostentación de una falsa bondad que no deja de repetir, por si acaso se convence a sí misma que si “sé bueno”, que si “pórtate bien”, que si “vamos a rezar por la paz mundial a ver si cantando todos juntos Trump se acojona y se va antes de llegar, dejan a Siria en paz y los campos de concentración llamados eufemísticamente campos de refugiados en Turquía se convierten en campamentos de verano”.

    Somos todo intenciones. Un exceso. Así nos va, cuesta abajo en enero.

    Porque claro, en enero ese “algo navideño” que flota en el espacio interpersonal se va a su cueva a hibernar hasta el año que viene porque su contrato de un mes ha finalizado -es lo que tienen los contratos flexibles, te quitan de la lista de parado trabajando una hora por día o un mes por año-. Y entonces, la pestilencia del mundo se muestra más cruel que nunca, y encima no hay un centavo para paliar nuestra desgracia en un mall, porque se quedaron todos en las muestras de amor tras los ostentosos escaparates de diciembre. Por todos y todas es conocida la máxima: “no tienes que regalarme nada, y sobre todo nada caro…” pero solo algunos valientes la han practicado y han vivido para contarlo. Porque se nos va la fuerza por la boca, y los principios, y los valores y el amor, pero luego a la verdadera hora de demostrarlo, fallamos, quiero decir, compramos.

    Porque claro, estereotipando con cierto patrón repetitivo, está esa cara de desilusión del nene al que el barbudo de coca-cola que entra por la chimenea no ha dejado el rifle de aire comprimido que había pedido para matar bichos o disparar a las piernas de su hermana, total, es una chica. También están las lágrimas de la nena que no ha recibido el kit completo de “ratifique usted su rol de mujer para todo desde pequeña”, es decir, la cocinita en miniatura, las muñecas que comen y cagan y otras lindezas como planchas, escobas o lavadoras, por supuesto, aderezado con un par de joyas de plástico y un pintalabios rojo, porque “antes muerta que sencilla” y vete aprendiendo que quiero una madre en la casa, un florero en la calle y una puta en la cama. Luego, cuando nos hacemos mayores está el puchero de la mujer que no recibe una joya cara para poder mostrar en sociedad el valor de su amor y el buen partido que le robó a aquella chica tonta gracias a sus nuevas tetas (regalo de una navidad pasada) -ya les dije que hoy iba de estereotipos la cosa-. Igualmente encontramos el ceño fruncido del hombre cuya colonia varonil no descansa junto su moderno y caro reloj que le marca exactamente los minutos que tiene para uno rapidito con la otra, un par de copas con el ganado y los segundos para colaborar en casa con un beso nocturno a los infantes o con levantar un plato de la mesa y ponerlo en la fregadera, ¡oh, proeza sin igual!

    Claro, esas caritas tristes, nadie las quiere soportar. Como vamos a desilusionar a todos estos seres a los que hemos educado en el consumo y en el precio. Cómo vamos a defraudar su esperanza en nosotros para seguir siendo pieza de la parte privilegiada de un sistema explotador. Qué cosas tenemos.

    Es mucho más fácil y cómodo darles lo que quieren porque es navidad, y se trata de eso, de hacer feliz a la gente que quieres, porque la que no quieres, no se ve por la luces. Y somos felices con la acumulación material, ¿o no? Venga, quien esté libre de consumo que arroje el primer ticket de compra navideño. De esta forma opiácea soportar todo es más fácil. Tenemos un mes para ser buenos y hacer felices a los demás. Así, con el bálsamo de una sonrisa comprada, no tenemos que preocuparnos de pensar en estos seres que estamos criando, ni en sus excesos, ni en su violencia, ni en sus abusos… ni en los nuestros.


    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • NUEVOS

    Luis Humberto Salgado: el Beethoven ecuatoriano


    «Hay que comprender con el cerebro en tensión y escuchar con el ánimo inmerso en la contemplación auditiva de las …

    Leer más

    La contracultura como apuesta para la construcción de una vida feliz

    Decía Facundo Cabral, el cantor de la esperanza y de la alegría de vivir, que «estás hecho para la felicidad: …

    Leer más

    El día que Gamaliel conoció a Marilyn

    Hace unos días recibí la visita de algunos familiares, entre ellos Gamaliel, el hijo pequeño de uno de mis parientes. …

    Leer más

    Volver a la tierra

    Hace tiempo que dejé mi tierra, mi tierruca, como la llamamos allí, en esa región del norte de España, para …

    Leer más

    Manuel Vilas: «Al final, somos lo que recordamos»

    Hace poco escuché decir que leer un libro es lo único que en estos tiempos convulsos nos desconecta de todo …

    Leer más

  • ÚLTIMA EDICIÓN