“I had a dream…”

Columnistas
Feb, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • Yo tenía un sueño. Un sueño americano.

    Soñaba con cruzar las fronteras de lo que separa el primer mundo de todo lo demás. Soñaba con ganar plata. Soñaba con ser importante. Soñaba con ser alguien y que los demás lo vieran. No importaba el coste, no importaba el viaje, no importaba el peligro, ni siquiera importaban los que nunca habían podido llegar. Flojos. Yo era joven y tenía toda mi vida por delante. Mi futuro, mi porvenir, ese ladino esperanzado que, astutamente, envuelve el pasado en un “me merezco algo mejor” de plástico duro que hace muy difícil valorar la vida que queda atrás, estaba esperando. Mi futuro americano. No había espacio ni lugar para otra cosa. Ese era mi sueño, y, fuera como fuese, lo iba a alcanzar.

    Un día, de tanto soñar, amanecí, de pronto, del otro lado. Del lado “bueno”, del lado “civilizado”, de ese lado que, haga lo que haga, siempre se mantiene ahí, porque sí, porque él lo vale, o porque se hace valer. Por fin, tras años de soñar y soñar con todas mis fuerzas, lo había conseguido. Había llegado.

    Sí. Había llegado. Y, durante un segundo, fui la persona más feliz que ojo humano hubiera podido, jamás, contemplar. Por un segundo, cada célula de mi cuerpo brilló de disneycidad. Por un segundo, tuve en mis manos todo lo que siempre había soñado: un sueño. Pero, como malditamente bien apuntaba un acomodado burgués, “lo bueno breve, dos veces bueno”, no vaya a ser que nos guste demasiado, que cojamos un empacho o, peor, que nos de tiempo a llegar a un orgasmo.

    Así, el segundo más bonito de la historia dio paso a la eternidad más horriblemente real que jamás hubiera imaginado.

    Desperté en una calle, sola, sin nada más que una maltrecha mochila a mi espalda. La calle de una ciudad amenazadoramente grande con una empatía social burlonamente pequeña y una solidaridad ridículamente inexistente. Desperté en una calle que ni siquiera iba a poder ser mía, porque cientos como yo se hacinaban en sus aceras, intentando sobrevivir a su propia real eternidad. “Skid Row”, me susurró el viento al oído, “welcome to Skid Row, donde los sueños se hacen realidad…”.

    Aquello no parecía Hollywood.

    Retrocedí asustada. Pero era imposible volver atrás. Cuanto más lo intentaba, más profundamente me enredaba en aquel amasijo de presentes, pasados y futuros, aquella dolorosa confusión de sueños y realidades. De repente, mis manos sostenían un arma muy pesada y el ruido era ensordecedor. Un momento después, acariciaban, por última vez, el plácido rostro de un niño muerto. Había una fiesta en Venice Beach, un porro de marihuana, sol, cocaína, este maldito sol que nunca descansa. Gente llorando. “Asesino” parecía decir una mirada. “Puta”, me decían, “sin papeles, no hay otra, o puta, o te mueres de hambre”. “Bastardo” se burlaban. Gente gritando. “Disfruta del sueño americano, honey”. “No hay contrato, pero si no quieres el trabajo, hay muchas que sí lo querrán”. Gente luchando, “¡corre!, ¡La migra!”. “What’s up, man”. “No hay trabajo”. Gente maldiciendo. “Esto es lo máximo que puedo pagarte, sin papeles”. Guerra y más guerra. “Se trabaja catorce horas al día, si no le gusta…”. Gente muriendo.

    Aquello nunca acababa.

    Intenté tapar mis oídos, pero la realidad no responde a tales banalidades. La realidad utiliza el sueño para atraerte y, cuando te atrapa, ya nunca te deja marchar por mucho que te tapes los oídos, cierres los ojos o aprietes el corazón. Lo sé bien.

    No sé cuánto tiempo ha pasado. Podría ser tanto un día, tres meses o diez años. Pero, para su fastidio, yo no me doy por vencida. Sigo luchando. Aunque tengo que volver cada noche junto a ella, he encontrado un refugio donde apenas escucho sus voces. Un rincón en el que ella no puede acariciarme con sus dedos desesperados. En este lugar, desde las diez de la mañana hasta las siete de la tarde tengo mi propia silla y mi propio escritorio, como si de una alta ejecutiva “me tratase”. No hace frío ni calor, tampoco llueve. El viento no susurra, lo tiene prohibido. En este lugar también hay miles de historias, pero vienen a mí de una en una, con paciencia, con respeto, esperando el momento preciso para empezar a ser compartidas. Ya conozco cientos de ellas y espero conocer muchas más.

    En este lugar estoy empezando a soñar de nuevo. Pero mi sueño ya no es americano. Ahora sueño con las historias que hablan de mi viejo pueblo, de mis gentes, de mis costumbres, de lo que había antes.

    Y sonrío. Sonrío con tristeza porque ahora sueño con estar, de nuevo, allí.


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