Hipócritas de guante negro … … y corazón blanco

Columnistas
Jun, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • Hipócritas que se rasgan las vestiduras defendiendo a ultranza la acogida de los refugiados de una específica parte del mundo mientras han estado años y años callados cuando exiliados de cientos de guerras en toda la tierra caminaban, también por miles, hacia una vida mejor. Hipócritas que ahora exigen hogares, derechos y oportunidades para estas personas que no se han quedado sin nada, que no lo han perdido todo no se equivoquen, sino a quienes les han arrebatado todo, mientras durante años han cerrado los ojos, mirando hacia otro lado cuando el único descanso que encontraban muchos/as han sido páramos desolados en el desierto, selvas impenetrables o fondos de mares que conducían a un nuevo mundo, un mundo donde esperaban, simplemente, poder vivir. Qué poca memoria tiene este mundo nuestro, donde todas y todas somos migrantes. Qué poca humanidad posee esa única raza, a la que se le presupone intrínsecamente una su “calidad de”. Calidad de qué, ¿de ser inhumanamente humano?

     

    Hipócritas que permiten, con su silencio y su protesta remilgada y digital, que una pequeña parte del mundo acumule, destruya, pisotee, pase por encima, arruine y mate la vida y las esperanzas de aquellos y aquellas que no tuvieron la “suerte” de nacer en determinado tiempo y en determinado lugar. Y, no contentos con esto, critican a quienes intentan participar en las luchas -pues son muchas -, llamándolos locos, utópicas, ingenuos o putas. Prefiero ser loco y ver más allá que creerme una sola realidad. Prefiero ser utópica que conformista de sofá. Prefiero ser ingenuo y arriesgar que vivir a costa de los demás. Prefiero ser una puta que desafía, no una devota que calla y aguanta.

     

    Hipócritas que viven creyendo con fe ciega lo que ven en los medios, lo que les cuentan, lo que no leen, lo que no contrastan, lo que no investigan, lo que no piensan, lo que no sienten. Siguen creyendo en verdades absolutas, en que “no se puede hacer otra cosa”, en que “solo ellos no van a cambiar el mundo”, en que “tiene que ser así”. Hipócritas que siguen creyendo que, cuando algo malo pasa, es una prueba de Dios, y cuando pasa algo bueno, es fruto de su voluntad. Hipócritas que no ven la necesidad de tener la valentía de hacerse responsable de los propios actos y de no escudarse en voluntades ajenas, por muy divinas que sean, pero parece que pecar e ir a misa los domingos para que estos pecados sean perdonados, es mucho más fácil, rentable -y se puede repetir-. ¿Qué tipo de religión conoce, permite y alienta el status quo de este mundo? Una podrida hasta los cimientos, que no llega, sino que es impuesta y que roba y asesina a todo aquello que no se somete a ella y engrosa sus arcas mientas observa las desgracias, piadosamente, desde lejos.

     

    Hipócritas que cambian la camiseta cada día por una nueva causa, guardando la anterior en el cajón, porque ya han cumplido “su parte”: indignarse y publicarlo en Twitter o Facebook, dar sistemáticamente “me gusta” a imágenes de niños ahogados, gatos maltratados, toros torturados, mujeres asesinadas o bosques talados. Hipócritas que no se preguntan por qué pueden ir a trabajar en coche, tener cada año el último modelo de móvil o comprarse una televisión cada vez más grande porque no saben ni quieren saber el valor y el coste del consumo, les vale, únicamente, con el precio. Y ese no se paga con conciencia, solo con dinero.

     

    Hipócritas que no se molestan en conocer por qué ha empezado una guerra, por quiénes, e intentan, a golpes de moral y a latigazos de compasión paliar las consecuencias, no los orígenes de los problemas. Hipócritas a quienes me gustaría escuchar si los más de 22 millones de sirios deciden, con todo derecho y toda razón, no soportar una guerra que no es suya y deciden acogerse a la solidaridad internacional.

     

    Hipócritas de corazones blancos, blanquecinos, blanqueantes o blanqueados que se agarran a unos privilegios que impiden tener derechos al resto de la población. Que disfrutan de su comodidad desarrollada, civilizada, avanzada, extenuada y caduca como si fuera la panacea de la felicidad, como si fuera posible ser feliz, teniendo un mínimo de conciencia de este mundo que hemos consentido construir, del que hemos tolerado cada uno de sus desaires, cada uno de sus recortes, de sus amenazas, de sus violaciones, de sus asesinatos, de sus silencios forzados y al que hemos mimado como un niño caprichoso mientras no desease “lo nuestro”. Corazones coloniales, colonizados, colonizantes, que siguen cómplices las directrices impuestas de a quién atacar, a quién castigar, a quién robar, de quién interesa y quién no, quién da pena y quién no, a quién hay que ayudar y a quién no. Porque estos corazones blancos, blanquecinos, blanqueantes o blanqueados hace tiempo que bombean con sangre ajena, cual vampiros voraces, el vacío que deja el no tener suficiente con consumir y compartir su propia sangre.


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