Gracias por los adoquines

Columnistas
Jul, 2017
Artículo por Boris Banegas Abád
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  • En unos días, el alcalde de la ciudad firmará un decreto de liberación de los espacios públicos para los artistas. Es una lucha que empezó en la Plazoleta del Centenario.

    Inicialmente fueron un grupo de trabajadores de las artes escénicas, pero poco a poco se sumaron hacedores de otras disciplinas.

    Las convocatorias se programaron para los jueves a media mañana, y sin importar la lluvia o el excesivo sol, las reuniones se volvieron infalibles y lograron convocar a funcionarios públicos de diferentes departamentos para que escuchen sus peticiones.

    Finalmente, concejales y directores departamentales entendieron esta dinámica de trabajo y liberaron los espacios públicos: dieron luz verde para que se pueda «pasar la gorra» después de cada función y aseguraron que ni guardias ciudadanos, ni mucho menos alguna empresa de seguridad privada, podrían impedir estas manifestaciones.

    ¿Es un logro? Sí, por supuesto que lo es, ahora la ciudad Patrimonio Cultural está presta y se presta a recibir en sus calles a decenas de artistas que, no hace mucho, fueron maltratados por la fuerza pública.

    Cuenca contará con un curioso y diverso público, que dejará de lado por unos minutos sus labores urgentes y disfrutará de estos juglares contemporáneos, de estos contadores de historias, a quienes por décadas se les ha negado el gris adoquín de las calles, la rojiza y resbalosa cerámica de las veredas. Digámoslo claramente, se les ha negado la libertad de ganarse el sustento diario, el derecho al trabajo digno.

    Queda demostrado una vez más que la unión y perseverancia son armas suficientes para lograr grandes cambios en una sociedad como la nuestra. Aquella manifestación pacífica y simbólica ha creado un dialogo horizontal con las autoridades, ha roto los protocolos absurdos y la larga burocracia de procesos y borradores que se llenaron de polvo en años anteriores.

    Es un precedente histórico, que si bien hay que celebrarlo no puede detenerse en este punto, el trabajo apenas inicia y es menester incluir a todos los funcionarios públicos dentro de esta causa; no para que se conviertan en represores o en quienes escojan a capricho los proyectos, sino para que salgan a las calles, para que vayan a los centros culturales independientes, a los conciertos de bandas locales, que dejen su puesto cómodo, le bajen el volumen al «hit del momento» y escuchen los clamores de una ciudad que pide a gritos que la cultura y el arte sean una prioridad.

    Gracias por los espacios públicos, sin embargo, estaríamos más agradecidos si el pensamiento y criterio de los funcionarios no fuese tan rectangular y duro como el adoquín que adorna las calles del Centro Histórico. Aunque siempre es injusto generalizar –existe gente muy valiosa en el municipio a quienes debemos aplaudir por su gestión–, creemos que es hora, tal como se liberaron los espacios para los artistas, de liberar de la inoperancia a los pasillos municipales.

    La lucha es de gestores, ciudadanos, artistas, funcionarios, medios de comunicación, estudiantes, empresarios, todos y todas somos responsables de proponer un cambio inmediato.

    Porque si no lo conseguimos, pasaran cien años más para que otro grupo de valientes artistas se vuelva a sentar en una plaza a pedir que liberen el adoquín para trabajar.


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